Estado cubano de ánimo

Capítulo 2 (Este capítulo aún necesita edición, pero lo posteo igual mientras tanto)

La Habana es un personaje demacrado y lleno de vida. Haraposo y vibrante. Triste y alegre. La contradicción misma. Se queda bailando y escuchando la radio a todo volumen hasta muy tarde por la noche. Se levanta temprano con el horario laboral. No se lava la boca. Sacude sin mucho esfuerzo sus calles llenas de transeúntes. Se enorgullece de sus coches antiguos. Le gusta el ron, tiene el mal hábito de pedir plata al turista y pocas veces descuida sus modales.

DSC_0708La Habana es una jinetera, me dijo alguien que sabe. Jinetera en el mejor sentido de la profesión. Es mujer, curvosa, con experiencia y una sabiduría dulciamarga que guarda en su mirada, en sus ventanas sin vidrio, en sus labios entreabiertos. Su maquillaje corrido, de mal dormida, de haber llorado, de haber entrado al mar, de saberse dueña de un encanto y atracción que hoy se ocultan tras paredes despintadas. Pero nadie le quita lo vivido, eso si que no. Y es orgullosa hasta la médula. Se ofrece sin reparo ni vergüenza. Camina altiva, se sabe absolutamente sensual cuando camina por el Malecón y se deja acariciar por el rocío salado de las olas que la reclaman con fuerza.

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Cuando la llaman a trabajar ella se despide de sus amigos gritando. Se ríe, coge de la mano al rojizo regordete de turno, también conocido como su fuente de ingreso, y se va ladeando su cadera de lado a lado bajo una falda azul eléctrico que contrasta con la lumbre naranja que cubre la ciudad por las noches.

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La Habana es una mujer culta e ignorante, risueña y deprimida, elegante y sucia, amable y directa. En efecto, la contradicción misma. Es muy difícil no enamorarse de ella, pero ella no se enamorará de ti.

 

Estado cubano de ánimo

CAPÍTULO 1

Más que un lugar, en tanto que punto geográfico, lo que llega a cansar y aturdir es la monotonía, la actitud a veces cuadrada, previsible y ensimismada, y las presencias grises de las personas que sienten eso mismo causado por esas u otras diferentes razones, en ese mismo lugar. Suena a trabalenguas. Me disculpo. Mi intención final es siempre lograr que lo que digo sea comestible (que no masticado), placentero (que no superficial), y que no deje indiferente al que lo lea. Incluso a mí misma.

He dejado de escribir. La asiduidad de antes se me antoja complicada. Sobre todo porque empecé a sentir que lo que escribía no era auténtico. Desde hace un par de años tengo, a pesar de que siempre ha estado ahí latente, una obsesión con la autenticidad. El dejar y dejarse ser. La transparencia de intenciones. La sonrisa verdadera. La risa no forzada. El sentimiento sin calcular. El no juzgar ni juzgarse. La explicación podría ser más larga, pero sobre una taza de café sabría mejor, ya que en persona se me podría ver en los ojos la pasión que siento sobre este tema.  (He ahí un reto para el futuro: transmitir por escrito lo que a veces sólo puedo transmitir con la mirada. ¿Autenticidad?).

Las relaciones humanas no son fáciles, pero podrían ser menos complejas. Tal vez por ese motivo me ha vuelto el amor hacia los perros. Durante un tiempo me dejaron de gustar. Tal vez porque mis propios perros (y demás mascotas) habían encontrado finales drásticos, tempranos y tristes. Pero los animalitos son lo que son. Si te quieren se dejan tocar. SI no te quieren te ladran, te muerden, se te alejan, te pegan, te comen o te botan al piso. Una verdadera relación basada en sinceridad  e intuición.

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Intuición, un tema que quisiera tocar en otro momento. Algo de lo que siento nos alejamos cada vez más mientras más intentamos racionalizar, analizar, tener, nombrar, y entender. No que eso sea malo. Pero el instinto también está ahí por un motivo. Empezando por el de sobrevivir. Vivir ya es una cuestión del sentimiento y el intelecto, sin mencionar las posibilidades y situaciones en las que nace una u otra persona. (Mierda…Vuelve al tema en cuestión Nathalie).

Hubiera querido que la siguiente frase empezara “Hace dos semanas…”, sin embargo he dejado pasar el tiempo, un muy mal hábito, y ahora empiezo así… Hace más o menos un mes viajé a Cuba. Un viaje que me propuso mi nómada amiga Cristina Salas ahí por, ¿septiembre? Después de una sobredosis de análisis decidí que lo responsable y (esperado de mí) era no ir. Pero llegado el momento de la verdad, cinco días antes de que mi amiga viajara yo le comentaba por Whatsapp lo agobiada, enferma y gris que me sentía, ella me respondió muy acertadamente, “Deja de llorar y ven a Cuba”. Acto seguido, cogí mis ovarios, compré un pasaje y dos días después estaba esperando encontrarme con ella en La Habana. No sin antes informar en mi oficina, donde había empezado a trabajar freelance, que me iría por dos semanas laborales (o sea tres) al día siguiente. Sí, la mejor manera de ponerse seria, ahorrar y pensar en el futuro es irse a la semana siguiente de empezar un trabajo. No, no soy tan irresponsable, pero sopesemos: viajar a Cuba, antes de que el capitalismo entre con todas las fuerzas de sus capitalistas tentáculos, en compañía de una de mis mejores amigas y su amigo Carl, PhD, fotógrafo, 72 años, y asiduo visitante de Cuba. No son oportunidades que aparecen con frecuencia. La bifurcación era la siguiente: cuidar mis modestos ahorros y empezar a sentar cabeza o ir a descubrir un lugar absolutamente nuevo y diferente con buenos amigos? Es una pregunta retórica.

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Sala de espera del Aeropuerto Mariscal Sucre