La desafortunada crema de aguacate

Al que no la haya probado, la crema de aguacate es realmente deliciosa. Una sopa de sabor delicado, de color verde pradera, nutritiva, pero ante todo, facilísima de preparar.

Las indicaciones de mi madre fueron sencillas y pensadas para prepararla en muy poco tiempo. Lista a no fallar en mi acometido y cumplir mi misión de preparar el almuerzo, puse a recalentar el cuscús de la noche anterior, a freir unas salchicas (nunca fallan), y con la camisa arremangada me dije, “Crema de aguacate, ¿cuán difícil puede ser?”

Instrucciones de mi madre: hierve agua, cantidad suficiente para tres. Ponle Bovril (concentrado de carne), anda probando, usa dos aguacates maduros y licúalo todo. “Don’t worry mom. I got this.”

Seguí los pasos, a sabiendas que usar concentrado es hacer trampa según los cocineros profesionales, pero absolutamente salvaplatos cuando uno quiere ser práctico, rápido y no sabe  lo que hace.

Usualmente mis papilas gustativas, exigentes y mimadas por los gustos sibaritas de mis padres, suelen achuntarle al sabor cuando cocino. Así que fui probando el agua a medida que añadía el concentrado de carne. La cosa no me sabía  a lo que es…nada. Le puse más… y más… y un poquito más y me detuve cuando vi que el agua ya parecía un caldo oscuro. Decidí confiar en que al momento de licuarlo con los aguacates, toda la vaina tomaría forma.

Corté, despepé, desaguacaté las frutas. (Estoy suponiendo que el aguacate es una fruta). Fueron directo a la licuadora. Caldo. Tapa. On. Presto! Crema de aguacate.

Puse el cuscús y las salchicas a fuego bajo. Saqué los platos. llamé a mis padres. Puse la mesa. Puse hasta flores. Y serví la sopa. “Mmmm. Qué sospechoso color verde. Se ve nasty. Bueno, seguro está más rica de lo que parece.”

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Mamá, “¿Porqué te salió tan oscura?

Yo, “No sé. ¿El caldo?

Bueno. “Buen provecho.”

Tomo mi primer bocado….. “Mmmm…. Mierda. Está fea. Si no digo nada tal vez nadie lo note.” No me aguanto. “No está muy rica, ¿no?”

Papi, “Está bien, tal vez le falta sal.”

Sal! Todos le echamos sal. Pero nada. Es un caso perdido. Yo sigo comiendo ¿Qué más voy a hacer? Pido perdón a los comensales.

Mami, “Tal vez hubiera sido mejor usar un cubito Maggi.”

Yo, “¡Pero dijiste Bovril!”

Mami, “Sí, pero hay que ir probando.”

Papi me sonríe, “Sí está buena.”

Yo me termino el nasty potaje marrón a la fuerza. Madre no pasa de la tercera cucharada. Padre se lo termina o por pura pena, o puro amor, o pura hambre, insistiendo que no está tan mal.

En conclusión, malogré lo imposible de malograr. Tres ingredientes simples los convertí en una cuestión sospechosa, inestética y bastante desagradable. En fin, como fracaso, fue un éxito rotundo.

En cierto momento le escribí a mi hermano que vive en Berlín. Él terminaba de cenar. Yo le contaba de mi fallido intento de crema. “Ña, una crema de aguacate. ¡Lo más simple!” Decidí que ya había hablado suficiente con él por el día.

Lección: si debería ser verde claro, y es marrón oscuro. Sospechar inmediatamente.

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