Técnica de vuelo*

PARTE 3

Después de aquel primer encuentro con la ingravidez no volví a ser la misma. Se materializó la urgencia con que sentía las ganas de vivir. Se convirtió en un romance incontrolable, furioso e imprescindible. Desde entonces, el deseo del rencuentro con el firmamento me vuelve ajena, me distrae de lo que sucede a ras de suelo, me deja noqueada. Me identifico con la música del viento, el abrazo helado de la atmósfera que congela mis manos y pies hasta el punto del dolor absoluto, el silencio de lo cuasi-sideral, la armonía de la soledad, la belleza de lo esencial, el espacio infinito, la luz y el vacío en el que me lleno, lleno, me llena.

Sin embargo, antes de dejarme llevar por completo por la emoción, debo hablar del aterrizaje. A diferencia de lo que se pueda pensar, no es algo técnico ni peligroso, si es que uno ha sabido controlar su velocidad y altura. Tan sólo hay que poner el cuerpo en posición vertical y dejar que este se pose suavemente sobre la tierra. Al principio pueden haber caídas, torceduras de pie, raspones con objetos extraños que se escapan del rango visual, pero la práctica hace al maestro, dicen, y creo que sin mayor dificultad, uno puede volverse hábil en esta actividad del despegue-vuelo-aterrizaje y aplicarla a la vida diaria como mejor le venga.

Por ejemplo, yo usualmente vuelo cuando quiero huir de una situación incómoda, cuando quiero pensar o cuando el hecho de volar puede ser de utilidad para salvar a la ciudad de un robot asesino gigante. Eso pasó una sola vez y como iban a televisar el evento me pusieron un mini capa de súper héroe de cómic. Fue un disfraz ridículo y lo odié apenas me lo puse. No sé porqué me dejé convencer de usarlo. Tal vez porque era más apremiante intentar salvar a la ciudad y no había tiempo para discutir. Aunque debo admitir que me pudo la vanidad y me fui a una peluquería itinerante a que me aplicaran un poco de maquillaje y me peinaran. Era gracioso que ante la gravedad de la situación, la ciudad había tenido tiempo de organizar la cobertura mediática de la batalla, y que los ciudadanos se habían reunido para observar, cual partido de fútbol, lo que podía potencialmente ser el final de sus días. Ahí, entre las carpas de los medios de comunicación, los foodtrucks y los baños portátiles, encontré una vagón que hacía las veces de peluquería. Le pedí a la peluquera que me hiciera un look natural, pero que me alejara de mi cotidianeidad esperpéntica. No creo que paré en la peluquería porque no sintiera la urgencia de la situación, sino porque tenía miedo de enfrentarme al robot y estaba dilatando un poco los minutos.

En fin. En otras ocasiones he decidido volar cuando estoy triste o enojada, y usualmente el volar me alegra inmediatamente. Si algo puede ayudar a revertir los efectos de una depresión permanente o temporal, es volar. No sé si así como la técnica, los efectos del vuelo sean los mismos para todos, pero tampoco creo que le haga mal a nadie.

Mejor ya no sigo. Podría alargarme incluso más sobre este tema que finalmente no fue tan breve como había prometido, pero espero haber podido compartir algo de utilidad o haber invitado a alguien a buscar en sí mismo la habilidad de volar. Despegar los pies de la tierra, aunque sea brevemente, ya es terapia suficiente.

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*Sin ayuda artificial

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Técnica de vuelo*

PARTE 2

Recuerdo cuando descubrí que podía volar. Fue una reacción que nació del miedo y la necesidad. Desde entonces nunca he dejado de hacerlo, aunque ahora lo hago por placer. La primera vez que volé me perseguía un grupo enfurecido de aldeanos. Debía ser el año 1500 y el mundo se veía en blanco y negro. Los aldeanos llevaban rastrillos, picos, hachas y fuego, que era lo único que brillaba con un color naranja tan colérico como sus portadores. Yo corría por una calzada de piedra, intentando ocultarme entre las casas, hasta que encontré una granja con la puerta abierta y entré para esconderme. Me oculté tras unos muebles viejos, pero enseguida oí entrar a los campesinos.

Salí corriendo nuevamente y me vieron. Me gritaban y acusaban de bruja. Yo no entendía porqué, si nunca había hecho algo que pudiera ser interpretado como brujería. Estaban cada vez más cerca y sentí que la muerte era inminente. De pronto vi hacía arriba y noté que faltaba un gran pedazo en el techo de la granja. Salté para alcanzarlo y sin darme cuenta no volví a caer al piso, sino que seguí elevándome, aunque a una velocidad tan lenta que los aldeanos ya me tocaban los pies. El momento que me volteé para ver cuán cerca estaban, vi que la muchedumbre se alejaba de mi vista rápidamente y que me elevaba cada vez más alto y más deprisa.

Ahí descubrí tres cosas. Una: que, en efecto, era bruja y nunca lo había sabido. ¿Cómo más podía explicarse que pudiera volar? Dos: que podía volar. Y tres: que si me ponía de espaldas al horizonte, o sea de espaldas hacía donde me dirigía, podía ir mucho más rápido y ganar mayor altitud. Qué alivio sentí mientras veía como el fuego que anunciaba mi muerte se hacía más chiquito y las casas del pueblo se convertían en motas de polvo.

Fue extraño darme cuenta que los aldeanos supieran antes que yo sobre mi condición de bruja. Sin embargo, no me sentí avergonzada o asustada cuando lo supe, sino feliz, y más aún cuando sentí el viento helado en mis ojos y mejillas. ¡Me iban a quemar viva! ¿Cómo puede la gente hacerle eso a otro ser humano? El miedo a lo desconocido nos acerca con extrema facilidad al animal que somos, aunque incluso los animales se dan la oportunidad de oler algo e investigarlo antes de atacarlo.

Desde esa ocasión, volar ha sido una de mis actividades favoritas. A veces el ánimo no me permite mantener un vuelo y altura constante, tan sólo consigo realizar saltos muy altos. Tan altos que puedo atravesar grandes espacios de un solo impulso. No está tan mal. El resto de veces suelo poder volar con normalidad. Me encanta el poder escapar de la ciudad, sobrevolar carros, edificios y gente, ver cómo se hacen cada vez más chiquitos. Me encanta ver los rostros anonadados de los incrédulos y a veces incluso me sorprendo de alguno que me ve volando y se mantiene impávido.

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*sin ayuda artificial

Técnica de vuelo*

PARTE 1

A través de los años he podido perfeccionar mi técnica de vuelo y experimentar con ella. Esta explicación se basa en mi experiencia personal y no es necesariamente aplicable a cualquier persona, sin embargo tal vez partes de ella se pueden poner en práctica y luego acoplarse al estilo propio. No llevo mucho tiempo volando, tal vez unos 7 u 8 años, lo cual es poco si uno considera lo rápido que pasa el tiempo. Durante esta etapa no he visto volar a muchas otras personas, sólo lo vi un par de veces. Tampoco sé si es una habilidad que todos tenemos, o que no se nos ha ocurrido que podemos tener. En todo caso, por lo pronto sola en el cielo me siento bien acompañada.

A continuación relataré paso a paso mi técnica de vuelo y de esta forma intentaré compartir, lo mas escuetamente, este pequeño pedazo de conocimiento. Esto es algo que me encanta hacer y me emociona finalmente atreverme a compartirlo.

En primer lugar, para alzar el vuelo lo más importante es coger impulso. Tomo un poco de viada, no mucho, de cinco a diez metros bastan, y salto como si tuviera la intención de llegar a lo más alto que mis piernas pudieran. En ese momento, cuando los pies se despegan levemente del suelo, es cuando hay que aprovechar. Si no se actúa rápido, el proceso deberá ser repetido hasta cogerle el tino al momento exacto entre el salto y el despegue. Es un mili segundo y la manera de identificarlo es prestando atención al cuerpo. Éste se desconecta de la gravedad tan sólo ese instante, para reconectarse a ella inmediatamente después. Ese instante eres dueño de tu peso. Nada te amarra. La liviandad es palpable. Presta atención y fucking cease it!

Continúo. Para adquirir más altura recurro rápidamente al estilo de nado conocido como “sapito”. Creo que en alguna ocasión puse en práctica otro estilo, pero este es el que primero se me viene a la mente. Puede verse gracioso en un principio, pero qué más da, un par de impulsos bastan para empezar a elevarse. Después de haber conseguido cierta altura, pego los brazos al torso y junto las piernas. Esa posición recta y estirada es la más cómoda para mantener una velocidad de vuelo cómoda. Yo personalmente no extiendo un solo brazo mientras vuelo, ese estilo Superman no es lo mío. Si quiero ganar más altura dirijo el cuerpo hacía el cielo, y si quiero descender lo dirijo al suelo. Física básica.

Los objetos tienen comportamientos diferentes con respecto a la gravedad según su conformación física. La reacción natural de un cuerpo debería ser la de caer de nuevo al piso cual saco de papas, pero algo sucede el momento en que alza el vuelo y la gravedad se vuelve controlable (¿o deja de existir?). Debo recalcar que no por eso hay que confiarse. Una distracción o disminución súbita de velocidad puede ocasionar un descenso repentino y difícil de controlar. Un pequeño truco para mantener el vuelo es sostener una velocidad constante, no dejar de moverse o en este caso volar. No es tan agotador como suena. Después de un buen rato volando el ritmo cardiaco empieza a agitarse, pero es más relajante que correr y no afecta a las articulaciones. En ese sentido se parece más al nado.

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* (sin ayuda artificial)

 

El último domingo del invierno

La canción típica que ponen en todos los matrimonios quiteños (todos a los que yo he ido, que son pocos, pero como son los que conozco equivalen a todos los del universo) apenas si se oye bajo los gritos, risas y advertencias de seis personas que emanan un vapor caliente con leve olor a perro mojado. Sobre este tumultuoso turco antropomorfo cae una tormenta ecuatorial de esas que absuelven pecados. Por un lado una neblina lechosa abraza a la ciudad, por el otro un granizo violento la castiga. Te amo, pero te odio. El sumum de la existencia misma. Este aguacero tropical golpea un carro que navega a ciegas por los ríos de la capital. Un vaho espeso se ha apoderado de los vidrios del vehículo donde viajan las seis personas que desprenden vapores emparentados , convirtiéndolo en un lienzo temporal donde los dedos de la imaginación dibujan vampiros y conejos de pascua. Dentro de esta lata de sardinas el cerebro se deja hipnotizar por el ritmo de música, tormenta, conversación, empujones y todo lo opuesto al silencio. Es un momento familiar ensordecedor, en el cual, la figura de la madre limpia diligentemente el vidrio del conductor, que se mueve con experiencia a través de la neblina interna y la externa.

Niña perdida

Rondando los abismos de la negatividad. Es tan fácil quejarse. Culpar de todo a todos. Resignarse a que todo está mal y que no podemos hacer nada al respecto, porque así nos libramos del esfuerzo. Si algo no tiene remedio, ¿por qué seguir intentándolo? Incluso dejamos que otros se salgan con la suya. ¡Qué pereza pelear! Todos somos tercos y necios y todos tenemos la razón. Siempre. Universalmente. Mucho complejo de Dios diría yo. No creo que sea muy saludable. Además ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está bien o mal? La eterna ética. Siento a Aristóteles intentando decirme cosas, pero no lo quiero escuchar. Yo sé lo que está bien. Creo. Sé lo que sé, y eso es nada. Cada intento de descifrarlo todo, algo, la muerte, la felicidad, el desorden, la amistad, la verdad, me pierdo en mi propia cabeza, y al final del día, no hay quien me saque de ahí. Una niña perdida, de los niños perdidos que viven en Nunca Jamás. Esa es mi dirección si alguien alguna vez necesita encontrarme. “Second to the right, and straight on till morning (..) always at the time of sunrise”. Imposible perderse.

La niña perdida se sienta al filo del abismo negro. Algo parecido a los cráteres de la Luna. Desolados. Agrestes. Solitarios. Grises. Sombríos. Fríos. La caída parece ser fatal, pero la niña no va a caerse. Sólo ve la vista, extrañada. Lo amplio que se ve hacía el horizonte, sin alcanzar a ver el horizonte. Y lo oscuro que se ve abajo. Más que oscuro, negro imán. Negro hoyo negro, negro incertidumbre, negro miedo. Negro.

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De repente el paisaje empieza a mutar. Se mueven las rocas, se abre la tierra, salen árboles enormes, baobabs, una flor vanidosa y necia que se cree la reina del planeta. El cielo gris se pinta de nubecitas naranjas. Empieza a salir el sol allá a lo lejos en ese horizonte que no se ve. Un poquito de calor. Unas canciones de Rodriguez. Unos rayitos de luz. ¡Vaya abismo más bonito! El fondo es negro, pero ya no tanto. Unos pajaritos vuelan sin rumbo. Todo se observa en silencio. La hierba crece bajo sus manos, el abrazo del viento la levanta. El fondo de verdad no es tan negro, ni tan profundo. Y la noche no es tan oscura. Y la sombra no es un fantasma. Y la caída no es fatal. De verdad que no. Allá abajo corre el agua, con sus zapatos deportivos y su ipod en shuffle. Le gusta sorprenderse con la música que sale al azar, y luego, sólo dejarse llevar y seguir su curso. Para siempre.

Running Water

Niña perdida de mi corazón, si te acompaño al fondo del abismo, ¿prometes no dejarme nunca? ¿Dejamos este lugar conocido? ¿Dejamos este cómodo sofá? ¿Dejamos los zapatos de plomo que alguien nos puso un día? ¿Dejamos el enojo? ¿Dejamos esa gente de máscaras cuadradas? ¿Dejamos las formalidades, los procesos y los sistemas? Abajo habrá poca gente, no sé. Tal vez unos cuantos ciudadanos del abismo verde, verdes ellos también. Raros, muy raros. Cantan en voz alta, bailan por la calle. ¡Van desnudos! Qué ligeros. Qué alivio.

Parece que va llover. Se anuncian unos truenos a lo lejos. La luz dentro del cuarto se opaca y el blanco del cielo se difumina y lo envuelve todo en una especie de humo. Suena una sirena. Suena el teléfono. Las uñas fueron recortadas, recogidas, y tiradas al basurero. El celular se está descargando. Nosotros seguimos quejándonos porque es lo más fácil, y actuar, es lo más difícil. Y seguimos mintiéndonos, porque es lo más fácil y la verdad es más difícil.

Es hora de hacer café. A la niña perdida le gusta el chocolate con leche. Le gusta muy caliente y con galletitas. La niña perdida no está perdida. Sabe exactamente lo que quiere. La perdida, soy yo.