Crítica teatral

Image

Intento de plasmar el show y los baldes de agua que caen del cielo

¡Deliciosa lluvia! El agua se desborda. Golpea las ventanas del techo. Los rayos toman fotografía tras fotografía de un valle inmerso en una blanca espuma de capuccino. Los tambores redoblan. La intensidad de la lluvia sube y baja controlada desde la sala de producción. Es un show increíble. Todo en perfecta sincronización. Las luces se van atenuando y la espuma blanca se convierte en un lila oceánico. Algunas luciérnagas artificiales se encienden en medio del oleaje. La música de las gotas que no dejan de caer son comparables a nada más que a ellas mismas en su acto de lluvia andina. De repente se apagan las luces. Quedan sólo las luciernagas quietitas en su asiento, un paparazzi que quiere robarle una foto a doña Pacha Mama, y un tambor malgenio que quiere llamar la atención. Califico la obra de espectacular y recomiendo a aquellos aficionados a las producciones terrestres, como yo, que tomen asiento y disfruten tranquilos, porque este show es gratis.

Image

Apréciese el cambio de luces y atenuación de la caída de agua

Advertisements

Serie – Bar de paredes naranja

#1

Bar de paredes naranja. Dos personajes. Un hombre y un hombre. Uno mira por la ventana, el otro a una mujer. Por la ventana la lluvia que acuarela la calle. Por la mujer, una raja en su falda que le sube hasta la entrepierna. ¡Y qué piernas! De fondo, dos personajes. Un hombre y otro hombre. Uno toca en la flauta traversa una sonatina de Beethoven, el otro, lo acompaña en la guitarra eléctrica con una bossa. Por algún motivo parece que suena bien, pero la realidad es que la flauta quiere ver si se luce, y la guitarra está metida en su mundo y le vale mierda la flauta. La gente no se entera de nada y aplaude cuando terminan de tocar.

le bar

Lluvia a las cinco de la tarde

Son las 5:12pm según mi computadora. Es gracioso. Cada que necesito ver la hora veo el celular o la compu o me tomo la molestia de aplastar botones en el control remoto para verlo en la tele, y no veo el reloj que llevo en la muñeca. Yo tengo una manía con la lluvia, o mejor dicho, con los días grises. No me desagradan ni me deprimen, sino todo lo contrario. Bueno, tampoco me pongo a hacer fiesta. No debí haber dicho todo lo contario. Sólo me gustan. Son tranquilos. El viento y la lluvia arrullan incluso cuando no lo hacen y se transforman en una tormenta de la que me dan ganas de ser parte, estar en medio de ella. Entre algunas de las cosas a las que creo que sabe la libertad se encuentran el viento y la lluvia. Sobre todo el viento. Supongo que muchos estarán de acuerdo conmigo. Es tal vez lo más cercano a lo que se sentirá ser pájaro, sin tener que recurrir a paracaídas y demás artefactos de ese estilo.
Dentro de toda esa calma de un día gris, lo cierto es que nada está en calma. Las nubes convulsionan arriba del todo preparándose para asustar a la humanidad con un diluvio (que luego no lo es, pero es su forma de divertirse). La gente también convulsiona. Todos quieren huir del frío, del agua, del lodo en los zapatos y las medias mojadas que luego parece que nadan en lugar de caminar. Convulsionan los carros, aquellos que deciden ir más lento porque las calles se ponen como jabón, y aquellos que no porque tienen pequeños complejos de Schumacher. En fin. Los días grises son geniales, desde la ventana y al otro lado de ésta. Y fuera del romanticismos de la tormenta, significa que todo está vivo. Lo cual es irónico porque cuando la gente se muere se pone gris.

lluvia desde mi ventana