The dimming lights

Before the lights leave completely
The city shines as if innocent.
Concrete seem harmless
Streets are empty
Only a hum.
Echoes
Cars, screams, anger.

Nothing but air.

Rain has been falling.
Lovingly falling
Over the city.
Covering it with a sweet silver blanket.
That shimmers under the leaving lights.
It welcomes the resonance of blackness
The brightness of blackness
The temptation of blackness.

What creeps there in the shadows?
I hear it breathing
Staring
Without a blink
Its ears pressed
Waiting behind the line
The thin line where my lamp shines no more.
There it dwells and grows
Reproduces
Gruesome figure
Skin decomposing
The stench..

I felt safe just a minute ago
Watching the lights leave
Marveled by the shimmer
Seduced by the softness of the sky.
The cold wind knew
He hugged me and knew
That he would leave me
To fight the night alone
To face the demons alone
To shiver on my bed alone.

If only I could sleep
Let myself sleep
Leave my body to its mercy
Let my dreams own me
Let the night own me
Flood me
Be me.

The last sunbeams leave the city
Oh, the colors!
The glow!
I loose myself.
The vastness
I feel it.
It feels me.
We flirt.
We kiss.
Our secret.

IMG_8784

Foto: Nathalie M.

El ruidoso silencio de la selva

Anochece con lentitud, con pereza, con modorra. Como si el final del día arrastrara a la noche forzosamente, hasta que ésta empieza a ceder resignada, aunque no a regañadientes. Es muy perezosa como para ponerse de mal humor. Eso no es lo suyo. A ella le gusta llegar con calma y elegancia, sin mirar de reojo y parpadeando lentamente, sabiéndose dueña del momento y de todos los secretos que le han sido confiados.

Con ella llegan las cigarras, algunos pájaros que conversan entre sí, y otros bichos que prefiero permanezcan en la oscuridad. Me basta con los sutiles soniditos que hacen. En mi mente no tienen forma, son sólo música. Si de repente llegan a aparecer con sus espeluznantes y a veces peludas anatomías se les va el poco encanto que tenían.

La luna, no llena del todo, cubre con su manto verduzco a la selva, y con ella a nosotros, tres individuos que dormitamos en las hamacas y que nos sabemos diminutos entre tanto espesor. Diminutos, un poco perdidos, y a la vez, estando justo donde debermos estar.

“¡Mira! Las estrellas se mueven”, y bailan un dulce ballet. Una se queda quieta, muy quieta, eternamente quieta, y la otra gira callada a su alrededor, viéndola un rato a los ojos, otro dándole la espalda para que la estrella quieta vea como la luz le resbala por los hombros y las alas, revelando sus lunares, que dibujan constelaciones como las que ellas dibujan y desdibujan a medida que la enamorada danza se desarrolla.

La noche ha llegado en su entereza, ha llegado a abrazarnos, y nosotros nos abrazamos a ella.

Image

La selva, de noche, iluminada por la luna