GYE – UIO – GYE

Hay dos viejitas junto a mí en el avión. Una, menos viejita, es la que ayuda a la otra, más viejita y que mientras escribo estas palabras se traga una flema sin decoro alguno. Delicioso. Puedo escuchar hasta acá como la regurgita desde el fondo de su garganta y la devuelve a su lugar de origen. Lleva un bastón negro, y sobre la empuñadura su manito arrugada muestra unas uñas bien cuidadas, pintadas de un rosa nacarado. Son lindas las tonalidades nacaradas. Colores pasteles, pero con brillos estelares.

El avión empieza a moverse y desde mi asiento veo como desaparece la torre de control, algunos árboles, el cerro Santa Ana con sus antenitas (no estoy realmente segura si es ese el cerro Santa Ana), y otros edificios guayaquileños. Estoy ansiosa por despegar. me atrasé a mi otro vuelo y tengo que llegar a tiempo al matrimonio de mi amiga Caro.

Las viejitas conversan. Bueno, conversa la de la flema, la otra, puesta sus gafas de sol, bosteza y la escucha con atención. Sus voces son agudas, dulces, temblorosas y bajitas, como de pitufo, como de viejita. Ellas también son bajitas. Unas ancianitas bastante minúsculas, redonditas sus caras, sus espaldas y todas ellas. Y son amables. Lo sé porque cruzamos un par de palabras. No creo que hay ancianitas que no sean amigables. Es como si la vida las hubiera ido suavizando y han hecho las paces con la realidad y todas sus inevitables complicaciones.

Las viejitas

El avión despega. Hay un inicial bajón súbito y se oye en unísono un “ayyyy”. Algunos niños se ríen porque no les asusta la sensación de que el estómago se les suba a la garganta. El avión despega y yo en mi mente llevo a cabo mi pequeño ritual de mandarles mi amor a mis seres queridos, no vaya a ser que éste sea mi último vuelo. Este tipo de pensamiento me viene a la mente. ¿Cómo me sentiré el momento que el avión esté cayendo en picada? Mierda… estas ideas mejor sacarlos de la mente ipso facto. Me tengo que decir a mí misma ocasionalmente, “Nathalie, no seas sádica, no pienses estas cosas, ¡De verdad!”

Las dos viejitas se durmieron. Qué envidia. Yo quiero dormir. Dicen que dormir es también un saber dejarse ir. Eso me cuesta. Hasta dormida necesito saber que estoy en control de mí misma. Por eso creo que me gusta tanto bailar, escuchar música. Me olvido de mí y dejo que mis brazos, piernas y cerebro se muevan como plazcan. A veces creo que parezco poseída. Estoy verdaderamente a dos pasos de que los ojos se me pongan en blanco, mi cuello de un giro de 160 grados y empiece a caminar como araña con el torso hacia el cielo, manos y pies en el piso, y la cabeza viendo hacía atrás mientras yo camino erráticamente hacía adelante. Me gustaría ver la cara de la gente si me llegara a pasar eso en media pista de baile.

No gracias. No quiero que me exorcicen. Me gusta estar poseída por la música y ver como todo y todos a mi alrededor se van desdibujando hasta que desaparecen del todo.

Qué plácidamente  duermen las viejecitas. Y qué buen trasero tiene la azafata que acaba de pasar. ¡Uy! De frente no está tan bonita. Bueno, a mi me gusta pensar que todas las mujeres somos bonitas de diferente manera. De lo que si estoy segura es que la sinceridad, la transparencia, deben ser de las cualidades que más bonita hacen a una mujer. Y también a un hombre. Qué más lindo puede haber que ver la esencia misma de la persona. Digo lindo porque creo que en la esencia, en el fondo, en lo más humano, es donde somos nosotros mismos. Y si alguien te quiere sabes que te quiere a tí, y no a lo que aparentas ser.

Suficiente Deepak Chopra. Wacala. Me disgustan los intentos de verdad universal, las frases de autoayuda, las “sabidurías” cotidianas que a veces ponemos en Facebook para mostrarnos más brillantes e iluminados.

“Estimados pasajeros, estamos próximos a aterrizar. Por favor regresen a sus asientos, vuelva su respaldar a la posición vertical, bla, bla, bla.” ¡Hey! Ahí fue el trasero otra vez. Creo que le gusta que lo miren, y veo (obvio) que no soy la única que se lo queda viendo mientras pasa presuroso por el pasillo. Las viejitas se despertaron, y se volvieron a dormir… y se volvieron a despertar. A mi derecha veo por la ventana al siempre imponente Cotopaxi, frente a él, el Rumiñahui y sus tres puntas. Siempre he preferido el asiento de la ventanilla, pero esta vez decidí no pelear por él. Entré a este avión pagando una diferencia, porque el otro lo perdí por pendeja. Mi castigo es no tener la ventana.

Se siente la clásica turbulencia que siempre da la bienvenida a Quito. “Ayyyy”. Otro súbito bajón. Tengo que llegar corriendo, enfundarme en el vestido y maquillarme a la velocidad de la luz. Me entran ganas de café. Quiero un café. En Quito está haciendo sol. Nice! El avión se detiene por completo. La gente aplaude. Ecuador.