Crónicas de Montaña

Rumiñahui, cumbre norte

(o una pequeña lección de humildad)

Versión original del artículo publicado en la revista Ecuador Infinito

Es verano. El viento pasa silbando afuera de la ventana. Quito amaneció parcialmente despejado, y estamos listos para ir al Rumiñahui. Es murphiano que el día que se decide salir a la montaña, el cielo despejado del verano quiteño haya decidido no hacer acto de presencia. Sin embargo, los que viajamos en un destartalado trooper mantenemos el humor. ¡Montaña es montaña! Salimos tarde de Quito y al llegar al Parque Nacional Cotopaxi vemos que unos nubarrones cubren las tres cumbres del Rumiñahui, por lo que decidimos coronarlo al día siguiente.

Antes de ir a Limpiopungo, la laguna ubicada bajo las faldas del Rumiñahui, vamos a visitar el refugio del Cotopaxi, José Rivas. Encuentro a algunos guías conocidos y al siempre amable Wilo, como llamamos cariñosamente al encargado de esta casita en la altura. Me cuenta que el fin de semana anterior unas tres mil personas habían subido al refugio, y de repente no me sorprende el tráfico de gente y carros que me encontré subiendo al parqueadero. Nos brinda té y chocolate caliente. Cómo se agradece el gesto a esas alturas y con ese frío. Al salir del refugio regresamos a ver al imponente volcán, siempre vigilante, y siento un poco de nostalgia y mariposas en el estómago. Estando ahí es difícil aguantarse las ganas de subir, o mejor dicho,  de hacer el alegre esfuerzo de subir. “Namaste”, me despido y bajamos a Limpiopungo a armar el campamento.

El Parque Nacional Cotopaxi está a una hora de Quito y es el lugar perfecto para tomar un descanso del tráfico, del ruido, de la ciudad y de uno mismo. Quito tiene su encanto, a pesar de su falta de planificación urbana, pero el contacto con la naturaleza revitaliza, repone y reanima. No hay que dejarse disuadir por el frío del páramo. Un buen sleeping bag, una buena chompa, un impermeable, botas de trekking y uno está listo para conquistar el mundo. Armamos las carpas y mientras atardece vemos como los últimos rayos de sol pintan la laguna y el valle. Cocinamos pasta, la típica comida de paseo. (Nota para el lector, llevar spaghettis. Nosotros llevamos fusillis, y a esa altura tardaron mucho más en cocinarse). Prendemos una pequeña fogata, y con el Cotopaxi de un lado, el Rumiñahui del otro y  una noche brillante sobre nosotros, se termina el día.

Cotopaxi, al fondo, cubierto de nubes y LImpiopungo cubierto de sol

Amanece y llovizna. Con un tiempo inclemente es mejor no subir montañas con cumbres rocosas, como el Rumiñahui. Se suelen cargar de estática y caen rayos. Un montañista debe estar atento a esto. Con ver los vellos del brazo o los pelos de la cabeza se nota inmediatamente si hay carga eléctrica. En caso de que sí la hubiera se debe apagar cualquier aparato electrónico que se lleve consigo y bajar lo más rápido posible. (Otra nota para el lector, nadie quiere que le caiga un rayo en la cabeza). Hecho verídico, hay gente que sube con los celulares prendidos y los iPods conectados. Es mi opinión que cuando se sale de la ciudad se debe hacer un esfuerzo por desconectar al urbanita y conectar los sentidos. Soy amante de la música, y temerosa de los vacíos que provoca la ciudad, pero en la soledad del páramo, uno no está solo. Las melodías del viento y de los pájaros llenan con creces ese vacío que los seres humanos tanto tememos sentir.

Amaina y a pesar de las nubes, subimos. Rodeamos una ladera a la derecha del Rumiñahui para dirigirnos a la cumbre Norte. Hay que llevar casco, arnés y cuerda. Es una cumbre muy expuesta y escarpada. Todo se disfruta más si se toman los menos riesgos posibles y si se tiene en mente que no hay que subir por coronar, sino para darlo todo de sí y luego volver sano y salvo a casa. Llegar a la cumbre es tan sólo un regalo inigualable por el esfuerzo hecho. Hace viento frío, pero se siente bien contra la piel. El cuerpo entra en calor enseguida. Con cada paso se va sintiendo y controlando la respiración, se coge un ritmo, y así, se sigue como la tortuga de la fábula, “lento, pero seguro”. Uno de mis lemas de montaña.

En ninguna montaña de las que he ido en Ecuador he visto tanta fauna como en esta. Hay cientos de conejitos que huyen despavoridos al oír nuestros pasos. Estoy encantada y en mi imaginación me convierto en Alicia y salgo corriendo atrás de ellos. Subimos y va cambiando la flora. Aparecen las chuquiraguas, van escaseando poco a poco los pajonales y al llegar a una arista se divisan las tres cumbres del Rumiñahui y los arenales que llevan a ellas. ¡Oh, el arenal! Siempre es una molestia subirlo y una diversión absoluta bajarlo con patines imaginarios.

¡La vista! El valle, los riachuelos que parecen venas plateadas, el Sincholagua al fondo. Hay que respirar lento y profundo. Llenar los pulmones de toda esa grandeza. Seguimos subiendo. Llegamos al arenal y luego a una cueva. “Aquí empieza lo bueno”, oigo a alguien decir. No estaba equivocado. Debo enfatizar que en esta montaña, lo que era bueno para mis compañeros de montaña, no lo fue necesariamente para mí. Soy una aficionada de este deporte, aunque ese adjetivo se queda corto. Me apasiona, pero no tengo la experiencia que tienen, por ejemplo, los guías de montaña.

Vista de la cumbre central y norte del Rumiñahui

No es la cumbre más accesible que he hecho, pero tampoco es imposible. La cuestión es pisar con seguridad, con todo el peso del cuerpo y con toda la confianza que uno tiene en sí mismo. En esto fallé. Con crampones, en el hielo, me siento más segura, aunque saber cramponar también tiene su técnica y hay que aprender a hacerlo. Aquí me vi frente a un arenal bastante compacto, piedras sueltas, y una pendiente muy empinada. Mi confianza flaqueó y requerí bastante apoyo para llegar a la cumbre, y luego para bajarla. Lección de humildad. Es lo que amo de la montaña. Siempre enseña algo nuevo. Me muestra cosas de mí misma que desconocía. Me pone en mi lugar.

Mis compañeros no tuvieron el problema que tuve yo, que dos veces llegué a sentarme y decir, “déjenme aquí, no importa.” (Nunca había claudicado de esta manera). Pero eso es algo hermoso de este deporte, si uno no lo hace en solitario: el compañerismo, los ánimos, la buena energía. Me dieron la mano y gracias a ellos llegué a una nueva cumbre.

La bajada fue rápida, la tarde se despejó y un cóndor enorme salió a alardear de su majestuosidad. Nosotros, en silencio y maravillados, nos sentamos a verlo volar. Oportunidades como esta no son usuales. Hay que aprovecharlas, inhalarlas, y luego ponerlo todo en perspectiva: nuestra vida, el trajín del día a día, la gente de la que nos rodeamos. Todo tiene más sentido si sentimos la naturaleza y la vida tan cerca y tan pura como ella misma. De eso se trata. Ver las cosas desde otro ángulo y dejar que la mente vuele con el viento del páramo, y se vaya lejos, lejos, muy lejos.

Cóndor volando sobre nuestra cabeza

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Elegía a la uña

De algunos hechos que nos acontecen quedan siempre algunas reminiscencias, no de todos los hechos though. Una mancha en una camiseta, un número de teléfono en una servilleta, una conversación, una carcajada de las que efectivamente ejercitan los abdominales, un llanto en secreto, una cicatriz, el sueter de un amigo, una bolsa de café molido, un par de fotos, un regalo especial de alguien especial, una uña que del frío se puso negra y tres meses después se cayó por si sola, porque le dio por caerse y transmutar en algo sin vida, a algo sin vida y que no pertenece ya a ningún cuerpo.

Este es un tema un poco escabroso, pero un tanto simbólico, esto de la caída de mi uñita del pie. La pobre se puso negra después de haber subido el Aconcagua en enero (cabe recalcar que esta vez no coroné). El día de ataque de cumbre tenía los pies muy congelados (eso fue una redundancia), y el rato que se empezaron a calentar cuando al fin salió el sol, los dedos empezaron a doler. Después de unos días la pobre se veía enferma y oscurecida, parecía triste y malhumorada. Yo la vi un poco preocupada (y un poco orgullosa) y se me ocurrió mi lema montañero de “mejor la uña que el dedo”.

Es común que los montañistas pierdan sus dedos en alta montaña y espero yo mantener siempre todos los míos hasta el final de mi tiempo. Oh, que fatalista me puse. Odio pensar en mi propia muerte, aunque el tema se me pasa por la cabeza a diario y antes del medio día ya se me ocurrieron más de seis posibles formas en las que podría morir. Luego yo misma me tengo que decir “ya basta Nathalie, no pienses en esas cosas. Focus”. Será que como no tengo ahorita un punto en el cual enfocarme mi mente divaga a lugares extraños, donde la indecisión me rodea cual neblina y cuelgan telarañas de árboles invisibles. Si, todo muy a lo Cuentos de la cripta. ¿Era un programa de televisión que pasaban por Nickelodeon,no? Ya me confundí. En todo caso, escenarios de miedos infantiloides que han crecido conmigo.

A lo que iba, el simbolismo de la uña. Su caída fue ocasionada por un momento de mi vida en el que me esforcé mucho: por caminar, por subir, por soportar el frío, por concentarme. Y aunque por pronosticos de un mal tiempo que no llegó no se pudo coronar esa cumbre que se vía tan hermosa y tan cerca, la uñita igual se resintió. Quedó como un pequeño recordatorio de todo lo que aprendí y sentí y viví, que en definitiva es todo aquello por lo cual amo la montaña. Arriba aclaré que esta vez no había coronado, eso es porque algún rato voy a volver y voy a ponerle otra vez todo mi yo para ver si esa hipotética vez sí se llega a la cumbre.

Como hoy la pobre dejó del todo mi cuerpo y se fue casi sin avisar (porque yo pensé que ya no se iría) me sentí un poco desolada. La pequeña evidencia de mi esfuerzo ya no estaba ahí para acompañarme, y es que después de tres meses ya le había cogido cariño, a ese pequeño trofeo que tenía en mi pie y que mi mamá insistía que la pinte  para que no se vea tan fea. A mi la verdad no me molestaba para nada su apariencia fea, como de muerte.

Así que se cayó mientras me despintaba las uñas, me pegó un buen susto porque yo esperaba que fuera algo muy doloroso y desagradable y no lo fue en absoluto y como no quiero botarla así nomás, cual basurita, la metí una una bolsita lila de aretes, de esas traslúcidas que te dan en las joyerías, y la estoy mirando mientras escribo este post. Quería tomarle una foto y colgarla, pero creo que eso podría superar el límite gore de la gente buena que de repente pasa por este humilde blog.

La uñita se va a ir directo a mi cajita de los recuerdos. Tengo varias cajitas ya. No se cuan saludable será guardar los recuerdos, pero algun día que las vuelva a abrir, aparecerá por ahí la uñita elegantemente vestida en su fundita lila y yo pensaré, “¡Qué mierdas estaba pensando al guardar esto!” La cosa es que hoy sí tiene todo el sentido del mundo. ¡Adiós uñita de mi pie!

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Disculpen el dibujo, mi mano sigue enyesada (aunque sin yeso tampoco es que destaque por mis habilidades artísticas)