Los edificios

Junto a mi edificio botaron dos casas viejas que llevaban abandonadas mucho tiempo. En realidad no eran tan viejas, seguramente de finales de los setentas. Es posible que esa década para otra persona no signifique antigüedad. Y tal vez tampoco era tanto el tiempo de abandono, calculo que unos diez años o menos. Nunca he sido buena para calcular, aunque sí divido bien la comida. Dicen que eso es señal de que seré una buena madre, quién sabe. En realidad, suelo dividir bien la comida entre los comensales sólo por el temor a quedarme sin alguna de las cosas que hay en ese momento para comer. El origen de este temor lo desconozco y posiblemente no tiene ningún fundamento, o tal vez mi hermano Johann se terminaba las cosas ricas de comer sin pensar si le quedaría o no algo al resto. Pero la división más importante es la que hago para mí misma.

Desde que tenía unos diez años (o tal vez antes, pero recuerdo con claridad ya haber estado haciendo esto a los diez) siempre comí matemáticamente, preocupándome por que cada bocado tuviera un poco de todos los elementos del plato, de tal manera que en la boca todo se mezclara equilibradamente. Sin embargo, este cálculo dependía (depende) a su vez de lo que se encuentre en el plato: nutrientes, sabor, acidez, sal, dulzor, textura, picor, sequedad, humedad y a veces incluso color. Si todos los elementos son igual de ricos, y tras el primer bocado se comprueba que quedan bien juntos, entonces la división en el plato será siempre equitativa. Si hay un elemento más rico que otro, a un sabor demasiado dominante, a veces los elementos se comen por separado, pero de modo que todos se vayan consumiendo en la misma medida. Si hay algo que supera al resto de alimentos en el plato, o sea si algo es ultra delicioso, como se dice académicamente, entonces se deja un mayor número de bocados sólo de eso para el final, para darle un regalo a los sentidos. El objetivo es que todos los elementos se terminen a la vez.

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Por lo menos, ahora que soy pseudo-adulta, ya superé algunos otros hábitos, como el de darle formas geométricas a los sánduches. Sin embargo, hay otros vicios que no creo que superaré y me da lo mismo; como comer la pizza, los tacos y las frutas con cubiertos, y coger la hamburguesa con los pulgares hacía arriba en lugar de hacía abajo.

Lo cierto es que en algún momento fui una matemática hábil y disciplinada, mi mente infantil disfrutaba intentando desentrañar los números y variables. Era satisfactorio poder entender lo aparentemente incomprensible. Pero un buen día de sol o de lluvia, todo terminó cuando en sexto curso un gemelo se cruzó en mi camino, me enamoré y las matemáticas se convirtieron en jeroglíficos indescifrables. Nunca más pude entender algo que no fuera la simple división de la comida en mi plato. Es posible que ese haya sido el momento exacto en el que perdí mi posibilidad de convertirme en la primera astronauta ecuatoriana. Puto, delicioso y miserablemente intenso primer amor de los cojones….

Continúo. Números, tiempos, edades, distancias, espacios, realidad, cantidades y prioridades no caben en mi cabeza. Son hilos de una cometa que el viento quiere llevarse y yo corro tras ella para evitar que se pierda en el espacio sideral. Corro con desesperación, pero de pronto en medio del camino veo un perrito y olvido la urgencia. Cuando alzo la mirada los hilos están lejísimos y debo echar a correr otra vez. Mis colegas humanos tienen varios hilos en la mano y manejan sus cometas con maestría o por lo menos eso aparentan. Uno que otro corre atrás de un hilo, como yo. Nos identificamos, sonreímos en son de camaradería, bajamos la mirada con nostalgia y seguimos corriendo. En el cielo observo cometas parchadas, brillantes, estiradas, arrugadas, unidas con grapas e imperdibles, agujereadas. Algunas cometas se aguantan de una ínfima hebra, otras se sostienen de trozos de hilos amarrados entre sí. ¿Es el humano el que sujeta la cometa o la cometa al humano?

Las casas viejas que botaron junto a mi edificio tenían unos lindos jardines donde vivían varios árboles altos y viejos, y en ellos, muchos pájaros. En su momento, cuando construyeron mi edificio, habrán matado árboles y pájaros, pero mi conciencia infantil me salvó de entender lo que eso significaba. El día que vino el tractor a botar los árboles los observé impotente, pensé en los pajaritos, en los gatitos que se habían adueñado de las casas vacías, en una gran flor roja que se veía enorme incluso desde nuestro quinto piso. Todos desaparecieron en un par de días, en cinco minutos. Golpes secos hicieron vibrar nuestra sólida estructura y llegué realmente a temer que fuera posible que el edificio entero se desmoronara. En realidad llevaba varios días pensando cómo salvar esos árboles y evitar quedar más sumidos en nuestro pequeño mundo de asfalto. Ese día vi llegar el tractor, pensé que quería hacer algo al respecto, pero fui a hacer una siesta y al despertar ya no quedaba ni un árbol en pie. Soy lo que pienso que quiero hacer y no hago.

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Han pasado un par de meses, las bases del nuevo edificio fueron construidas y un gran e inútil reflector se mantiene encendido a lo largo de la noche, a pesar de que no están fundiendo cemento. El reflector ilumina más que la más llena de las lunas, atraviesa las rendijas de las cortinas y es un gran estorbo visual. Como esos nuevos letreros de pantalla LED que he visto en algunos lugares de la ciudad y que no hacen más que cegar el ruidoso silencio de la noche citadina. Luz de interrogatorio.

A modo de rutina recientemente adoptada, todos los días nos acercamos a la ventana del comedor a ver los avances de la construcción. Mis padres se fascinan ante la maravilla que supone la capacidad de construir. Entiendo lo que esto dice del ser humano, pero no puedo evitar disgustarme. Echo de menos los árboles. Echo de menos a mi yo de pequeña jugando en los árboles. Echo de menos la ilusión de la niñez de jugar en los árboles. ¿Qué será de los pajaritos que vivían ahí abajo? ¿Habrán muerto de pena? ¿ Habrán buscado un nuevo hogar? Supongo que la segunda opción, sino, ¿qué sería de nosotros, hijos de Darwin?

Nuevas construcciones rodean nuestra vista. Esqueletos metálicos por cientos, cubriéndose lentamente con sus abrigos de cemento. El espacio se torna encierro, la luz ensombrece, el reflector encandila, pero por suerte, cada mañana el sol amanece por el vitral de oriente y llena, aunque sea por minutos, toda la casa de color.

Una hierba en el jardín

La hierba se siente fría. El sol está en su cenit. Acostada boca abajo, a la altura de mis ojos, el jardín es gigantesco y yo soy un humano miniatura que camina entre la selva, peligrosa y amigable. Sé que soy un ser humano, me lo dijeron en la escuela. Inmediatamente vuelvo a ser un gigante. Arranco una a una las hierbitas que están a la altura de mi mano. Me gusta el sonido de la hierbita rompiéndose entre mis dedos con un esfuerzo mínimo. El aire huele a sequedad, pero a ras de tierra hay una fragancia húmeda. Un calor invisible transita contra gravedad. Él sube ligero, directo hacía las nubes. Y yo, presa de mi peso, no puedo más que tener los pies sobre la tierra y pretender que estar erguida me da algún tipo de ventaja darwiniana sobre las otras especies. He oído hablar de Darwin, pero no se quién es. Aún desconozco conceptos como evolución y supervivencia. He visto fotos de él y sé que es un señor con barba que se parece a Papa Noel.

Mi relación con las otras especies se ve supeditada por el comportamiento de los adultos hacía ellas. Si el perro no obedece lo retas, para que aprenda. Hasta ese punto el perro recibe el mismo trato que yo y todos los niños que me rodean. Si quieres una tortuguita, la compras de la tienda de mascotas. A mi no me compraron a pesar de que dicen que soy hija del vecino porque no me parezco mucho a ninguno de mis padres. Yo sé que es broma, pero a veces dudo. ¿Cómo será mi padre, el vecino?

A la tortuguita, si no le das de comer y le cambias el agua, se muere. Yo necesito comer para crecer sana y fuerte, me lo dice mi madre. Cuando voy al baño, me enseñan a bajar la válvula para que no se queden ahí los desperdicios pestilentes que salen de mi cuerpo. No me gusta ir al baño a hacer la dos. A veces me quedo ahí sentada por horas sin que nada salga. Por eso le pido a mi hermano menor que me acompañe y converse conmigo, así no me aburro. También me meten con frecuencia a la ducha. Mi madre me enseña a lavarme todo el cuerpo, hasta la más mínima de sus hendiduras. Ahí la suciedad puede procrear y uno siempre tiene que estar muy limpio. Si no estás limpio te enfermas. Al salir de la ducha te secas todo, incluidas las hendiduras. Si te quedas mojado, el rato de vestirte mojas la ropa. Mi madre nos enseña la técnica de secado de la espalda. Coges la toalla por sus dos extremos longitudinales y la pasas sobre tu cabeza para colocarla atrás de tu espalda. Ahí empiezas a realizar movimientos laterales rápidos con los brazos, primero a un lado, luego al otro, mientras frotas la espalda con la toalla. Debes empezar desde lo más alto de la espalda hasta llegar al trasero. Entiendo.

La tortuguita, si se da la vuelta sobre su caparazón, se muere. He hecho la prueba. Cuando estoy acostada de espaldas, o me caigo, siempre puedo volver a levantarme. Un par de veces vi como una de ellas perdía el equilibrio y quedaba patas arriba. Le observaba un rato a ver cuanto tardaba en morir, pero rápidamente le volvía a dar la vuelta. Prefiero no averiguarlo. A veces les doy de comer una comida asquerosa que huele a pescado podrido y parece papel. Nunca les cambio el agua. No entiendo lo que significa hacerse cargo. Mi madre es la que las cuida de verdad. Tenemos dos, Palito y Palita. Las cojo una a una con mis manos, les doy la vuelta y les rasco la parte de abajo del caparazón para hacerles cosquillas ¿Los animales se ríen? Las dejo otra vez en su piscinita, una tarrina con piedritas color pastel y una islita artificial. El pequeño mundo de plástico se asemeja a una pequeña isla paradisíaca donde si naufragaría, viviría de los cocos y construiría una guarida con las hojas de la palmera. Al poco tiempo Palito muere, seguido de cerca por Palita. Me da pena, pero no lloro. No entiendo.

Entre las hierbas crecen unas pelusas blancas con un diminuto sombrero blanco, tal vez sean hierbas bebé. Le dan un toque sublime al pasto. En realidad aún no conozco la palabra sublime, a pesar de que para mi edad conozco palabras más complejas de lo que percibo aún como vida. Las hierbas me pican los codos y me canso de mantener sobre mis muñecas el peso de mi cabeza. Pego el oído a la tierra. Oigo leves crujidos, las hierbas conversan y se mueven sin moverse. Me alzo la camiseta hasta la altura del pecho, me encanta sentir el picor de la hierba y lo fresquita que se siente contra en mi estómago. Respiro hondo inflando la panza para que se hunda en la tierra. Las hierbas se clavan en mi piel, pero no duele. Unas minúsculas arañitas saltan de una hierba a otra. Aún no les tengo miedo. Me sorprende que con ese tamañito puedan saltar tanto. Oigo un retumbar. La tierra late. En mi inocencia percibo el sentido de que el planeta tenga corazón. El latido se detiene. Alzo la mirada. Veo los zapatos de mi madre. Es hora de comer.

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Para Martina Amalia

(Cuando nació la hija de una de mis mejores amigas, decidí que quería expresarle, por medio de mi recién nacido amor por su hija, el amor que le tengo a ella. Pensé que una forma de hacerlo era decirle a esta bebita aquello que yo alguna vez quise decirles a mis sobrinas, pero no encontré las palabras ni el momento. Le regalé esté poema escrito con lágrimas de emoción – no sé porqué me puse a llorar cuando lo escribía –  a una personita que aún no tiene ninguna noción del mundo que la rodea, pero que algún día lo tendrá. Empezará a preguntarse, a entender, a desentender, y de pronto estas palabras le vienen bien. Ahora que me atreví a compartirlo con ustedes, también lo compartiré con mis seis sobrinas.)

Para Martina Amalia

Si te supieras niña
Te diría que sonrías
A cada momento
A todo ser vivo
Que obrando así sólo puedes ganar.

Somos espejo del mundo
Nos vemos en él,
Y de vuelta el-ella responde
Cantándonos
Mostrándonos el camino.

Enseñándonos a ver,
Si tan sólo abrimos los ojos
Y nos dejamos sentir miedo,
nos permitimos duda y tristeza.
Todo tiene un opuesto.
Sin uno no hay otro.

Si te sabes niña
Desde que naces
Hasta que te vas
Verás que todo es un juego.
De la amabilidad nacen
Todas las posibilidades.
Del amor nace el dolor,
Pero también crecen árboles
y emanan rayos de luz.

Debes saber que tu sonrisa
Abre puertas.
El aprendizaje nunca termina.
No eres mejor
Ni peor que nadie.
Eres tú.
Ver a los ojos,
Desde la misma altura
Es un regalo para ti
Y los ojos que te miran.

En esta Tierra extraña,
Cruel a veces
Y siempre hermosa
Saberte niña es la manera
La única manera…
De percibir los momentos de felicidad
Que alimentarán tu vida

Eres única e increíble
Porque eres tierra y mundo,
universo y estrella,
luz y oscuridad.
Eres tu madre y tu padre,
pero sobre todo eres tus alas.
Tus raíces.
El nenúfar que se mece con la corriente
Y no pierde suelo.

Sábete niña.
Es lo único que puedo decirte.
Y el mundo será fantástico para ti.

Te quiero siempre,

Nathalie

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