Sin-tonía





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Una cosa a la vez

No sé lo que estoy escribiendo. Tampoco lo que estoy pensando, pero si no ocupo pronto mi atención en algo, mi mente, “la racional”, posiblemente se pierda en su propio laberinto y de paso se lleve esos pequeños jardines que algún día crecieron en mi corazón y que guardo con cariño.

Tal vez atisbos de lo que de niña pensaba que era el mundo; un enorme patio de juegos lleno de cuevas, bosques oscuros, selvas tropicales y animales salvajes. Vastísimos desiertos amarillos y naranjas, noches transparentes, lluvias torrenciales por las que yo tendría que atravesar sobre mi caballo, otras veces a pie, larguísimas caminatas, obstáculos absurdos como cruzar a nado un lago lleno de ranas o  perseguir tornados F5. Junto con mi equipo de amigos exploradores lo superaríamos todo y al final del día, con un poco de suerte, conseguiríamos una serpiente para preparar la cena.

Aunque escribir significa forzosamente usar la mente (lo que en principio quiero evitar), es una acción unidireccional y única. Los pensamientos deben alinearse en fila para salir por las puntas de mis dedos. Ellos se mueven a veces más rápido, a veces más lento. Van a la velocidad a la que trabajan hoy mis ideas: entrecortadas, borrosas, y torpes, porque se dan contra las ventanas cual moscas que pueden saborear la libertad y no entienden por qué no la pueden alcanzar. Mis pensamientos se siguen el rabo incesantemente, y cuando escribo, de repente, se detienen y respiran. Pero termino de escribir y vuelven a su vicioso círculo neurótico-paranoico.

Ese divertido patio de juegos que yo pensaba que era mi futuro es un mundo tan lindo como el que yo me imaginaba, pero también más cruel, quemimportista, intolerante y mentiroso de lo que yo en realidad nunca pensé. No hablo por otros niños, y peor por las nuevas generaciones de ahora, pero de pequeña yo tenía una certeza inquebrantable con respecto al mundo y sentía que todo iba a estar bien, incluso yo.

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Mi jardín

Pensaba que podía llegar a volar impulsada por las olas del mar (y realmente lo intentaba). Podía construir una guarida con cualquier material que estuviera a mi disposición. Dibujaba sin ponerme a pensar en qué dibujar. El mundo suponía una absoluta novedad y todo lo recibía con una inexplicable sorpresa. Todos los amigo parecían buenos, todas las intenciones parecían buenas, todas las actitudes parecían buenas. No creo que es propio de un niño deprimirse o estar triste, eso viene con las primeras desilusiones y la consciencia de uno mismo y de nuestra finitud.

¿Hay manera de regresar a esa inocencia? ¿De recuperar la ingenuidad y sentir que todo es posible y que nosotros somos posibles? ¿Que nuestros sueños son algo que podemos fabricar con cartón, crayones, goma y cuerda? ¿Qué lo único que necesitamos para ser felices es un buen amigo y un plato de espaguetis? ¿Qué un poco de tierra y agua sirven por igual para construir una ciudad o hacer pan? Notarán en mi tono una nostalgia por mi infancia. Cuando ésta fue hermosa es difícil no añorarla: el dejarse llevar por los minutos, los árboles, el viento, los cuentos, los sustos, las aventuras, lo desconocido, lo simple, lo básico.

Finalmente sé sobre qué estoy escribiendo. Suele sucederme a medio camino en un escrito o a veces al final. ¡Ah! El alivio de sentir que poco a poco el caos mental se alineó en una idea con sentido.

Será que a veces me da rabia el presente y me preocupa el futuro. Siento enojo por lo que me rodea y no sé cómo cambiarlo. No puedo evitar recordar algún mal trago. Supongo, sin embargo, que es mejor recordar lo que no queremos recordar, a no recordar nada en absoluto. Me enojo conmigo misma por no ser más fuerte, más constante, mejor persona. (Como yo misma me aconsejaría si no fuera yo la que estuviera sintiendo esto, “Oye, creo que eso es demasiado enojo para una sola persona. Y peor aún, mucho enojo para una sola vida.) Tienes razón Nathalie. Deberías escucharte a ti misma de vez en cuando.

No hay como ser niños de nuevo, no hay como no saber y tampoco se trata de vivir con resignación. Lo único que se me ocurre por el momento es volver a hacer una cosa a la vez, volver a usar las manos, dejar por un momento las pantallas (físicas y metafóricas) y dejar que la mente fluya. Ayer decidí dibujar y pintar, algo que no hago tan a menudo como quisiera. Sin saber exactamente qué hacer, me decidí por lo que tenía ese momento en la mano y lo pongo a continuación.

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Caja de fósforos

Hoy intenté aprender algo de acuarela y recordé porque era el menos favorito de mis materiales de pintura. Mañana voy a preparar la cena para mi familia.

De repente… me siento entusiasmada.