Un momento lavanda

Tengo tanto miedo que bien podría ser religiosa. Qué más personifica el miedo que la religión. Miedo a saber, miedo a no saber, a crecer, a sentarse junto al abismo, a ver la oscuridad, a saberse humano, limitado, quebradizo cual hoja seca, caduco. ¡Dios! Personaje de libro, ¿estás ahí? A veces envidio a los que creen en ti, que tienen el consuelo, el perdón y la respuesta en la punta de los dedos, sin siquiera tener que buscar, sin tener qué pensar en lo que dicen o hacen, sin tener que preocuparse por vivir cada día, cada segundo, con la intensidad más apabullante que pueda salir de sus poros. Ir por la vida esperando la muerte. Qué alivio y qué desperdicio.

Un día me cansé de aprender, de preguntar y de entender las maneras del mundo. No soporté ver la facilidad con la que se hiere, la facilidad con la que se actúa con maldad, la dificultad de las relaciones humanas, la incomprensión de la soledad. Todo me resultó intolerable y de pronto, en una milésima de segundo, algo se rompió en mi cabeza (¿corazón?). Tal vez dejé de ser niña. Desde ese momento mis días son sólo una sucesión de intentos fallidos de volver a la inocencia. Tal vez aterricé en el planeta. Siento un mareo incontrolable mientras escribo estas palabras. El teclado se mueve, cada letra cobra vida y se acerca a mis ojos con enojo y pereza. Junto a mí la taza de café vacía inunda con su aroma mi escritorio y mi pensamiento. Estoy despierta y muerta a la vez. Mareada, el hombro izquierdo tenso, el cerebro a mil por hora. STOP! Rewind? No, motherfucker! You oughta suck it just like everyone else. Be happy, you lucky bastard!

Estoy en una película. En el fondo suena Nat King Cole, uno de mis amores imposibles, mi acompañante sensible, el que sabe dar la mano y ver a los ojos e hipnotizarte hasta que dejas de tener control sobre tu cuerpo. Supera mi comprensión cómo hay canciones que ahogan tanto los sentidos que uno se pierde en ellas. Conciencia, sentimientos, ideas, todo se desdibuja, humo en el aire. El dolor y el placer se suceden en igual medida, se anulan, se aman, se odian, anudan la garganta, abrazan el corazón, pegan una patada en las costillas. Qué difícil explicar con palabras lo que se siente con el estómago.

Voy a decir la verdad, ya que mentir nunca le ha hecho bien a nadie, y peor al dueño de la mentira. Mientras escribo esto lloro un poco, pero eso es bueno. Desde hace años el llorar era para mí algo exclusivo del dolor extremo. Una receta del doctor me impedía llorar o sentir euforia. Fue un salvavidas momentáneo o mejor dicho, un barco en un mar sin olas. No puedo negar que descansé hasta el punto de la idiotez. Pero este estado idiota debe terminar. Agradezco las lágrimas y el desasosiego. Agradezco la rabia y la impotencia. Agradezco todo en mi vida. No puedo tener más suerte de estar viva ahora, en este lugar, en este momento, en esta familia, en este planeta.

There mere idea of you, the longing here for you. You never know how slow the moments go till I am near to you. I see your face in every flower. Your eyes and stars above. It’s just the thought of you. the very thought of you my love.

Afuera el mundo  se viste de una tonalidad lavanda. Imparcial. Indiferente. Adolorido. Yo lo observo. Sólo eso. Sólo observo. Sola observo. Mi egoísmo me va a destruir.

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Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Del uso de la puntuación y otras ansiedades

En este punto del día, sin poder ponerle punto a mi día (semana o mes) siento que los elementos sobre mi escritorio se desbordan cual vaso de agua bajo un grifo abierto, cual hoyo en la arena cuando sube la marea, cual sensación de nauseas cuando uno se sienta muy cerca de la pantalla del cine, cual reacción vomitiva después de mezclar mucho trago barato, cual neblina de tabaco en un espacio abierto, cual cámara de fotos sin espacio en la tarjeta, cual lista de quehaceres con más ítems que espacio en el papel. (Mi madre siempre ha dicho que tengo una tendencia al dramatismo. Mis psicólogas (plural) me han corroborado que soy hiper sensible. Mi novio dice que estoy loca (lo dice con amor). Mi hermano dice que soy un monstruo (¿lo dice con amor?). Mis sobrinas dicen que no tengo cara de tía (cero autoridad)).

Los teje y manejes del día a día, de las relaciones laborales con públicos y privados, de los sempiternos trámites burocráticos (sempiterno es una palabra muy hermosa como para osar siquiera ponerla junto a la palabra burocracia, pido disculpas), los jodidamente podridos trámites burocráticos se van amasando en una tela que no tiene sentido ni función. Como dice el dicho, uno trabaja para vivir, y se encuentra viviendo para trabajar. La utopía de trabajar en lo que amas se le aplica a un 99.9% de la población mundial (fuente: yo misma), pero eso no quita que uno no ame su trabajo y todo lo que eso implica (dar lo mejor de sí, sonreír, ser amable y educado, dedicarle tiempo y esfuerzo, ser responsable, tomarse un café a las cuatro de la tarde y no después de las cinco para poder dormir y ser medianamente eficiente al día siguiente, comerse mierda de vez en cuando, perder un poco de tiempo por el sopor después del almuerzo).

En este punto del día el tráfico, el apuro, la rabia generalizada y los insultos a flor de piel, me recuerdan que es diciembre, el mes cristiano de la paz y la alegría. Yo misma, con un puño listo para pitar (odio pitar) y otro fuera de la ventana, me veo envuelta en la atmósfera de amor y tranquilidad que invade la ciudad. El smog tiene una tonalidad rosácea. Las cacas de perro en las calles de pronto son más abundantes. El consumo de objetos supera el consumo de tiempo familiar. Esta época del año se hace amar.

Observo algunas cajas que se apilan amenazadoramente junto a mi silla, recordándome que el cambio es inminente, que la mudanza va a ser traumática (¿no es todo cambio una especie de sacudida existencial? Digo traumática en el mejor sentido de la palabra, mami. Sí, soy dramática, yo sé) y que en efecto, en este punto del día, me encuentro en un limbo terrenal. Ni en esta ni en aquella casa. Ni en este ni aquel momento. En ningún lugar y en todos a la vez. Estoy fuera de mí. Los dedos en mi mano tipean este teclado, desgastado por el uso, mis ojos ven esta pantalla, entrecerrados porque un día decidieron ser foto fóbicos, mi cabeza late, mi corazón piensa (algo está mal ahí). Es un mundo extraño y maravilloso este por el que caigo sin gravedad, mientras me sirvo una taza de té que no se riega, y ojeo un libro que no comprendo.

¿Soy yo misma, ahorita, en este punto del día? ¿Soy dedos, sonrisas, respuestas y ojos autómatas? Si dejo a mis dedos a sus anchas no van a volver. Si cierro los ojos voy a dormir días seguidos hasta levantarse una madrugada a ver salir el sol, con una taza de café pasado en la mano, que abrace con su aroma mis fosas nasales, mi pensamiento y mi casa. Voy a sentir en mi estómago mil posibilidades y no voy a pensar nunca más en los intermediarios, los apuros, la sobre exigencia, la falsa sonrisa y la mediocridad. Voy a confiar en mis pies y voy a sacar a pasear a ese man que se pasa la vida encerrado en una coraza anti apocalipsis zombie (el miedoso de mi corazón). Suena demasiado bien. ¿Irreal? Mi padre, el soñador, diría que sí.

Es diciembre. Lunes. 4:33 de la tarde. Tal vez necesito otro café antes de dejar de procrastinar con este escrito catártico. Un paso a la vez. Ese es mi lema. Me ha servido en la montaña, ¿supongo que debe servir en la vida real? Y las cosas no están nunca mal, hasta que están mal. Eso lo sé con absoluta certeza.

(Mientras vuelvo a leer y editar el texto, ya son las 5:00. Se pasó mi hora del café. Qué importa. Quién necesita dormir de todas formas).

(Puntos suspensivos)

El ciempiés

Las letras son figuritas, una junto a otras, formando un gusano, el cual tiene sentido según en la tierra por la que se arrastre, la suciedad que lleve consigo, y aquello de lo que se alimente. La misma suciedad. La misma comida de uno. El mismo suelo. La misma tierra. De la misma manera todo se arrastra. Él y nosotros. Nosotros y él. Con él. Gusanos. Ciempiés desagradables con sus diez mil quinientas insoportables patitas. Sabiéndose dueño del camino porque ocupa todo el camino, lo alcanza todo, toca todo, mete mano en todo, hasta el fondo y con maldad. Que asco de ciempiés. Quiero matarlo, partirlo en dos, y ver con rabia como ambas partes, divididas desde el centro, viven por sí solas, se regeneran y vuelven a poblar el camino, ahora en ambos sentidos. Egoístas, egotistas, egocentristas, milvecesegoístas…… chcchcchcchcchcch……. Insoportable. Imparable. Invencible. Hasta el grito generado por su misma apariencia asquerosa y ególatras. Seca y cruel. Pero inocente. Su culpa no es más que su fealdad. Su pecado es ser feo. Ser feo como él mismo. Él es la definición de feo. Feo con sus escamas crujientes, sus ojos sin pupilas, sus patas puntiagudas como sus pensamientos, sus miedos oscuros y gravitacionales. Su fealdad atrae miradas. No verlo es imposible. A pesar de su deseo de invisibilidad. Hay que verlo. Hay que mirar a la fealdad cuando pasa frente a uno. Hay que verla, hacerle muecas, señalarla con el dedo, gritar con pánico, hacer arcadas, vomitar todo lo que uno lleva adentro. Vomitar sobre él.

¿Será que si sonrío la gente no notará mi pena? Ese caparazón facial. La mueca mostrando los dientes, congelada, intentando no delatar con los ojos. Poniendo los ojos en blanco, viendo al vacío, y saludando a todos con exagerada amabilidad. El resultado no puede ser malo, porque la amabilidad es una sutil forma de vivir en la que uno no traspasa el límite ni la sensibilidad ajena. Es una forma diplomática de vivir. Diplomacia. Todos los días. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Rutina diplomática de amabilidad. Modus operandi cinequanon. Una forma automática de pasar por la vida sin molestar a nadie, y posiblemente, generando un mejor respuesta que si se utilizara un método opuesto, grosero, serio.

Chcchcchcchcchcchcchcchcchcchcchcchc………….

20140708-195708-71828065.jpgAsquerosa la idea del sonido que genera su andar apresurado y maligno. Cada paso ensimismado, atemorizado, rabioso, y cruel. Pisa y nace la maldad. Pisa y se parte el suelo, se rompen las ramas, aparece un sarpullido rojizo y sangrante. No sangra a borbotones, sangra con lentitud. De la herida generada por el rascado inevitable y furioso salen vetas de color bermellón. Supuran cual sudor. Cual lágrimas contenidas. Al sarpullido lo cubre una delicada capa de pus viscoso, del mismo color que una oficina gubernamental, del mismo color que está pintada esa celda en esa cárcel, sobre cuyas paredes alguien alguna vez empezó a escribir un poema que no terminó. Alguien detuvo su puño en medio de la palabra “exis….”. En medio de la frase “el bastón que encuentro en tu mano ayuda a cruzar los puentes de hielo cuya exis…”.

(Me pica adentro, entre la piel y la carne. Me metieron dos agujas en las amígdalas. Otras agujas alrededor del pupo.) El pupo conecta mi existencia con la de ese señor que pasa caminando y al que veo pasar con mirada inerte. Es un robot. Yo lo veo. Él ve el infinito. Al infinito. A la pared. Al techo que casi topa con su cabeza. Con el que camina. Su casa cárcel. Sigue caminando el señor de mirada hueca. Sigue con sus cien pies. Sigo caminando en un camino ajeno. Procuraré no ver-me al espejo para no ver-te más. Perfume caduco e insípido. Nadie se cree tu sonrisa negra. Hemos de dejar de insistir y seguir. Tal vez más adelante te vea, te parta con una pala, y deje que te multipliques. El mundo no está lo suficientemente lleno de mugre.