The purpose of a flower

Do flowers become trees?
They shall fail.
The forest expects trees.
The flower has failed already
It’s younger self
It’s childhood dreams
It’s vision of a golden trunk,
with golden leaves.

Can a flower but stare?
There is a window
Not its window
Rather the eyes that see through it
And what it sees through it
And how it sees it all
And how no one else sees it like it does
And what it makes of what it sees.
It shall take comfort in that.

Does it do it to herself?
It does.
The flower is also the weed
The dryness
The dark
The chain
The scissor
The broken porcelain vase
The aimless arrow.

Is there a point to a flower?
To be born against all odds
To bloom.
To love the wind
To light up the garden
To feed the bees and butterflies
To wither in the blink of an eye
To survive the frost
To die overnight.

Shall it bloom in the darkness?
The void expands.
There is no garden
There is no rain
There’s too much rain
It’s cold in the shade
It burns in the sun.

Where will it live?
Let it live in a tree house
In a leaf
In a sunbeam
In a cloud
In a moor
In the abyss
By Orion’s Nebulae

Can a flower but be?
Bloom, flower.
Time is unrelenting
The forest will not wait
Bloom
Before you wither.

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Illustration by Edith Rewa

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La niña pájaro

“¿Dónde estará lo que persigo ciega?
-Jardines encantados, mundos de oro-
Todo lo que me cerca es incoloro,
Hay otra vida. Allí ¿Cómo se llega?”
 
La Dulce Visión, Alfonsina Storni

Sobre una plataforma desolada
y dura como la rabia
vive una niña alada.

Sus patitas hundidas
en la brea hirviente
por la gravedad encadenadas.

Presa de su liviandad
Ciega de tanto pensar
Pasa los días revoloteando
Intentando volar.

Un cielo estrellado
Observa su cavilar
Pero a la hora de sentir
La niebla vuelve a entrar.

Palpita agitada
Exhala con esfuerzo
Sus alas le duelen
Desvanece el deseo.

Animalito alado
Con detonador en mano
Quiere vivir
Quiere explotar.

El gatillo atascado
Las alas oxidadas
Los ojos llorosos
Las palabras cortadas.

Observa callada
Grita en su interior
Quiere volar
Como todo a su alrededor.

Algo está mal
La ecuación no suma
El peso entorpece
Sus sueños se mudan.

El mundo gira
Y ella en su planicie
Intenta abrir las alas
Y sentir la brisa libre.

Vuela, niña pájaro
Siente, niña pájaro
No mueras en vida
No mueras en vano.

Sube tu frecuencia
Anhela, exalta, efervesce
Tu mente te entorpece.

Apóyate en la piedra firme
Enamórate del viento
El miedo sólo es un espectro.

Eres verbo y sustantivo
Lucha, pluma y risa
Todo lo que quieras
Todo lo que imaginas.

Vuela, niña pájaro
Intenta ser feliz
La cadena no existe
Tu temor es infantil.

Construye tu propio cuarto
Con flores, luz y miel
Eres lucha, pluma y risa
No te dejes caer.

Albrecht Dürer

Albrecht Dürer

El manifiesto de las canas

Las canas en mi cabeza aparecen de la noche a la mañana. Hace no menos de un año, tal vez dos, el tiempo me elude, tenía identificada una sobre el lóbulo derecho, o el que creo que es derecho cuando me veo al espejo. Derecha e izquierda también me eluden, como muchos otros conceptos relativos al que los piensa o siente. “Gira a la izquierda”. Tiendo hacía la derecha, dudo un minuto, empiezo a girar .”Tu otra izquierda”.

Las canas que aparecen en mi cabeza son el termómetro de mi vida y el único gen materno que esperaba no heredar, pero así como las obsesiones y demás locuras que inevitablemente he adoptado de mis padres, la tendencia del pelo plateado también es una pasajera permanente en este envase mío llamado cuerpo.

El termómetro indica un nivel al que el envase parece obedecer, pero no su contenido. Bajo la luz blanca del ascensor blanco que tomo varias veces al día como mensajero que me deposita en el mundanal ruido o me devuelve a la seguridad del fuego familiar, los poros de mi rostro se ven enormes, el brillo es excesivo, los granos parecen volcanes, el un pelo que evadió la depilación se dibuja amenazador en mi bigote y las arruguitas florecen inocentes alrededor de mis ojos.

Cuando en un momento, y con absoluto pavor, un peluquero detectó mi primera cana, la cual yo ya había vislumbrado varias veces, le pedí que no entrara en pánico para yo no asustarme más. Dios del choclo, el tiempo (en los ojos del otro) finalmente me había alcanzado. Pero desde ese día hasta el día de hoy las canas no habían aparecido en una cantidad que yo podría considerar preocupante. Tengo claro que cuando pienso en el paso del termómetro me paralizo. Un constante bombardeo de mensajes no subliminales, las expectativas escritas en todos los medios sociales y las frente de la gente que pasa por la calle, los sueños de padres, hijos, no nacidos y zombies de que aproveches cada mili segundo de tu existencia, que rías y ames hasta que vomites, que a cierta edad el termómetro marca objetivos y metas que deben cumplirse con puntualidad, de lo contrario eres y serás eternamente calificado como un alternativo, un hippie apestoso, una solterona, un resultado de la modernidad, una perdida, un depresivo.

Los ideales son incontables, pero ante todo, obligatorios: el cuerpo, el peso, la sonrisa, la nariz, el color y cantidad de pelo, la pareja, el trabajo que te haga tan feliz que ningún día de tu vida sientas que has trabajo, el ahorro, los hijos, el colegio, el perro, los amigos, los viajes, la ropa, la casa, el carro. Definición de ideal según el infalible Google: “Un ideal es un estado inalcanzable pero infinitamente aproximable, [etc, etc]”. Inalcanzable e infinitamente aproximable. Sí, es exactamente la manera como quiero pasar cada minuto de mi vida, aproximándome a lo eternamente inalcanzable. Pero es la regla de oro, la base sobre la cual se mantiene viva la cultura capitalista, la tradición contemporánea de la cual ni los más liberales parecen poder liberarse.

La vejez tiene mala fama, es poco apetecida, no está de moda, no es deseable, pero si algo bueno tiene, que no el respeto que se le pierde cada nuevo siglo, es que los años que la alimentan la han curtido en esa experiencia a la que venimos sin elección y a la que coloquialmente llamamos vida. En algún lado leí que lo que hay que hacer no es crecer, sino madurar. La cita me calzó como anillo al dedo. Era un consuelo ver por escrito que lo que yo misma siempre supuse que padecía, el síndrome de Peter Pan, tenía una posible solución. Uno no tenía que dejar de ser un niño para poder entender y enfrentarse a la vida adulta.

Al entrar a la luz blanca que pone todas las verdades al descubierto, el mercurio sube y descubro que lo que era una sola cana, ha engendrado varias bastardas. Creo que son seis, repartidas sin armonía por todo el territorio craneal. Al verlas me entristezco. Son tantas las experiencias y objetivos que deberían haber sido alcanzados a este punto del termómetro. ¿No son las canas el resultado directo de la madurez adquirida? En mi caso el reloj biológico se saltó las reglas y cambió madurez, por preocupación ocasionada por no alcanzar esa madurez. Es justo el estrés que necesito añadirle a mi día a día, de por si carente de preocupaciones existenciales (ironía). Eso, sumado a que mi cuerpo ya no tiene 15 años, que no he alcanzado las metas esperadas para alguien con mi temperatura, que las canas siguen apareciendo gratuitamente, y que la luz del ascensor es implacable, mi entusiasmo se ve relativamente reducido a comparación de mis temores.

De todas formas todo va a estar bien. Este desasosiego propio de un hijo del “primer mundo” (en el caso de Ecuador, ¿tercer mundo?) es perfectamente solucionable y sé que el tiempo/espacio me pondrá de cara contra el piso para entenderlo. Pero hoy, ahorita, luchando contra el cansancio ocasionado por estar sentada frente a una pantalla todo el día, quisiera por un momento volver a la infancia, volar la infancia, volar, planear, elevar, surcar, aligerar, revolotear. A veces corro y es lo más cercano que tengo a un momento de clarividencia, que tan pronto llega, se va. No como mis canas.

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Del uso de la puntuación y otras ansiedades

En este punto del día, sin poder ponerle punto a mi día (semana o mes) siento que los elementos sobre mi escritorio se desbordan cual vaso de agua bajo un grifo abierto, cual hoyo en la arena cuando sube la marea, cual sensación de nauseas cuando uno se sienta muy cerca de la pantalla del cine, cual reacción vomitiva después de mezclar mucho trago barato, cual neblina de tabaco en un espacio abierto, cual cámara de fotos sin espacio en la tarjeta, cual lista de quehaceres con más ítems que espacio en el papel. (Mi madre siempre ha dicho que tengo una tendencia al dramatismo. Mis psicólogas (plural) me han corroborado que soy hiper sensible. Mi novio dice que estoy loca (lo dice con amor). Mi hermano dice que soy un monstruo (¿lo dice con amor?). Mis sobrinas dicen que no tengo cara de tía (cero autoridad)).

Los teje y manejes del día a día, de las relaciones laborales con públicos y privados, de los sempiternos trámites burocráticos (sempiterno es una palabra muy hermosa como para osar siquiera ponerla junto a la palabra burocracia, pido disculpas), los jodidamente podridos trámites burocráticos se van amasando en una tela que no tiene sentido ni función. Como dice el dicho, uno trabaja para vivir, y se encuentra viviendo para trabajar. La utopía de trabajar en lo que amas se le aplica a un 99.9% de la población mundial (fuente: yo misma), pero eso no quita que uno no ame su trabajo y todo lo que eso implica (dar lo mejor de sí, sonreír, ser amable y educado, dedicarle tiempo y esfuerzo, ser responsable, tomarse un café a las cuatro de la tarde y no después de las cinco para poder dormir y ser medianamente eficiente al día siguiente, comerse mierda de vez en cuando, perder un poco de tiempo por el sopor después del almuerzo).

En este punto del día el tráfico, el apuro, la rabia generalizada y los insultos a flor de piel, me recuerdan que es diciembre, el mes cristiano de la paz y la alegría. Yo misma, con un puño listo para pitar (odio pitar) y otro fuera de la ventana, me veo envuelta en la atmósfera de amor y tranquilidad que invade la ciudad. El smog tiene una tonalidad rosácea. Las cacas de perro en las calles de pronto son más abundantes. El consumo de objetos supera el consumo de tiempo familiar. Esta época del año se hace amar.

Observo algunas cajas que se apilan amenazadoramente junto a mi silla, recordándome que el cambio es inminente, que la mudanza va a ser traumática (¿no es todo cambio una especie de sacudida existencial? Digo traumática en el mejor sentido de la palabra, mami. Sí, soy dramática, yo sé) y que en efecto, en este punto del día, me encuentro en un limbo terrenal. Ni en esta ni en aquella casa. Ni en este ni aquel momento. En ningún lugar y en todos a la vez. Estoy fuera de mí. Los dedos en mi mano tipean este teclado, desgastado por el uso, mis ojos ven esta pantalla, entrecerrados porque un día decidieron ser foto fóbicos, mi cabeza late, mi corazón piensa (algo está mal ahí). Es un mundo extraño y maravilloso este por el que caigo sin gravedad, mientras me sirvo una taza de té que no se riega, y ojeo un libro que no comprendo.

¿Soy yo misma, ahorita, en este punto del día? ¿Soy dedos, sonrisas, respuestas y ojos autómatas? Si dejo a mis dedos a sus anchas no van a volver. Si cierro los ojos voy a dormir días seguidos hasta levantarse una madrugada a ver salir el sol, con una taza de café pasado en la mano, que abrace con su aroma mis fosas nasales, mi pensamiento y mi casa. Voy a sentir en mi estómago mil posibilidades y no voy a pensar nunca más en los intermediarios, los apuros, la sobre exigencia, la falsa sonrisa y la mediocridad. Voy a confiar en mis pies y voy a sacar a pasear a ese man que se pasa la vida encerrado en una coraza anti apocalipsis zombie (el miedoso de mi corazón). Suena demasiado bien. ¿Irreal? Mi padre, el soñador, diría que sí.

Es diciembre. Lunes. 4:33 de la tarde. Tal vez necesito otro café antes de dejar de procrastinar con este escrito catártico. Un paso a la vez. Ese es mi lema. Me ha servido en la montaña, ¿supongo que debe servir en la vida real? Y las cosas no están nunca mal, hasta que están mal. Eso lo sé con absoluta certeza.

(Mientras vuelvo a leer y editar el texto, ya son las 5:00. Se pasó mi hora del café. Qué importa. Quién necesita dormir de todas formas).

(Puntos suspensivos)

Writer’s block

Una tarde de verano. La tierra da vueltas alrededor del sol sin ningún obstáculo en su camino. Los edificios pintan bonitas sombras, los carros son demasiados en las calles, los resignados se sienten desamparados y el conformismo es demasiado fácil. El paradero de Snowden es incierto. Los hijos crecen, los árboles caen, las palomas son dueñas de la ciudad, las ventanas son en realidad puertas a los sueños, mi madre corta retazos de tela para hacer unos búhos, la comida del restaurante coreano vegetariano en la 6 de Diciembre y perpendicular es muy rico, y yo renuncié a un muy buen puesto, con buen sueldo y estabilidad, por seguir mi necio capricho de seguir escribiendo. Necio y ridículo. ¿He seguido cultivándome para ser buena escritora? No. ¿Le he puesto todo mi empeño? No. ¿Qué estoy haciendo entonces? Ni &$#÷/ idea.

La tele está prendida. Los periodistas han cometido más de tres errores en la formulación de sus frases en menos de cinco minutos. Me comí unos Pringles y me arrepentí porque estaban feos. El mundo es un caos y parece que terminaremos por autoconsumirnos. Suena la máquina de coser, la mesa tiembla levemente, intento hallar las palabras entre los recónditos espacios de mi cerebro y examino mis sueños, ilusiones, miedos y pánicos. Arañas. La verdad es que tengo pánico a las arañas. Y al fracaso, y a las equivocaciones. ¿Quién no? Bueno, seguro hay alguien que no le tiene miedo. Malditos bastardos.

Optimismo. Cuando tomé mi decisión todo se puso color de rosa. Unos días después y tras haber entregado mi carta de renuncia… me encuentro nadando de un mar de pánico y confusión.

Necesito una cerveza. Es lo único que puedo decir después de haber renunciado a un buen trabajo y buen sueldo para volver a mi eterno estado de confusión. Eso y que dejé mi trabajo para ponerme a escribir y de repente, ¡Oh, sorpresa! ¡No puedo escribir! Jajajaja. Siento a una Alanis subliminal cantándome Ironic desde el ciberespacio de mi mente, donde lo único que hay en este momento es canguil saltando por todas parte.

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