Un día inerme

El gris blanco de un sol cubierto de nubes le da al día un tono que no llega a ser el melancólico de una día que anuncia lluvias y rayos. Ese gris, casi negro, es insuperable. Tal vez porque asusta, porque obliga a buscar muy dentro de uno una roca a la que aferrase, para que cuando llegue el viento, uno no salga volando con él. Pero un día blanquecino, nulo, quieto, que no se encamina a la tormenta, es insultante. Los segundos se suceden unos a otros, los minutos, suceden a los segundos, el corazón sucede con sus latidos a los minutos y retumban en la caja torácica como gritos de guerra que se alistan para pelear, empezando por atemorizar al enemigo. Algunos soldados huyen ante el rugido de rabia infinita, de pasión incontrolable, de no tener nada que perder, porque cuando el corazón se pierde, ya no queda nada. Ninguna verdad, ningún atisbo de belleza, ninguna necesidad de amar con fuerzas ilógicas. ¿Qué tiene de lógico el corazón, de todas formas? (Lo digo yo, que no puedo pensar sin sentir, ni sentir sin pensar).

Hay unas florecitas en mi terraza de un color rojo ofensivo que han crecido a su merced, porque nadie las ha querido quién sabe cuanto tiempo. Y ellas están ahí brillando, como quien no quiere la cosa, como sacando en cara su capacidad de belleza y vida ante cualquier circunstancia. Con este día adormecido de fondo, las florecitas parecen niñas malcriadas, salvajes, como buenas hijas de la Tierra que son, y no tienen espinas, pero vaya si te van a sacar un dedo si osas acercarte e intentar tocar uno de sus pétalos. Van a morder, patear, pegar, gritar, luchar con todas sus fuerzas, hasta q tu o ellas estén en el piso tendidos, desangrándose, y viendo como lentamente, el otro pierde el color y se queda quieto.

No me convence este día sin enojo. O sale el sol dispuesto a cegar a los atrevidos, o se acerca una lluvia demente que viene a inundar los sentimientos, pero este día sin luz ni sombra, sin opinión, sin intención, sin ganas de seducir o pelear o acompañar o emborrachar, no me lo creo. Es un día pared. O sea uno contra el cual uno se golpea la cabeza incesantemente sin conseguir ni un resultado, más que una leve herida craneal de la cual gotea algo parecido a los pétalos de las flores que se niegan a morir.

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The dimming lights

Before the lights leave completely
The city shines as if innocent.
Concrete seem harmless
Streets are empty
Only a hum.
Echoes
Cars, screams, anger.

Nothing but air.

Rain has been falling.
Lovingly falling
Over the city.
Covering it with a sweet silver blanket.
That shimmers under the leaving lights.
It welcomes the resonance of blackness
The brightness of blackness
The temptation of blackness.

What creeps there in the shadows?
I hear it breathing
Staring
Without a blink
Its ears pressed
Waiting behind the line
The thin line where my lamp shines no more.
There it dwells and grows
Reproduces
Gruesome figure
Skin decomposing
The stench..

I felt safe just a minute ago
Watching the lights leave
Marveled by the shimmer
Seduced by the softness of the sky.
The cold wind knew
He hugged me and knew
That he would leave me
To fight the night alone
To face the demons alone
To shiver on my bed alone.

If only I could sleep
Let myself sleep
Leave my body to its mercy
Let my dreams own me
Let the night own me
Flood me
Be me.

The last sunbeams leave the city
Oh, the colors!
The glow!
I loose myself.
The vastness
I feel it.
It feels me.
We flirt.
We kiss.
Our secret.

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Foto: Nathalie M.

Del lunes y una caja de crayones

A veces, como hoy, no sé sobre qué escribir. Divago entre el gris de la tarde, el Totoro que cuelga de mi ventana, el color rojo que se ve a lo lejos y que corresponde al que solía ser mi colegio, los sombreros que descansan sobre mi sofá, el eterno desorden de mi escritorio, y otros pendientes que los tengo en mi lista de must-do’s desde hace más de un año. En serio, no se para que diablos tengo una agenda.

He intentado tener un día productivo, de esos que si alguien me pregunta que hice hoy, yo pueda decir, mucho. Entre mis actividades varias me dediqué a buscar poemas de Elizabeth Bishop, porque por casualidad leí uno de ella en la revista El Malpensante. El que leí se llama “El Arte” y habla de la habilidad de perder las cosas, de lo fácil que se domina, incluso el perder a alguien. Creo que difiero con ella en ese último punto, pero tengo que pensarlo más en profundidad.

Éste es el poema, es genial:

One Art 
by Elizabeth Bishop
The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

–Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

Volviendo al tema. Eso de pensar en profundiad es algo a lo que le he estado huyendo últimamente, por pereza, por que me da dolor de cabeza, y porque me da insomnio. Debo admitir que pensar en profundidad es un hábito, por lo tanto se adquiere con la práctica… y aunque a primera vista sus beneficios se me antojan placenteros, creo que a largo plazo pueden ocasionar algún tipo de locura, posiblemente irreversible…. por suerte.

Después de haber enviado la edición de una entrevista en la que trabajé en conjunto con un recién hallado colega empecé a tomar té rojo. Es bien fuerte la pendejada. Dicen que tiene propiedades de esas que son buenas para la salud, pero huele a diablos. Me lo terminé igual. Todo sea por la propiedades.

Hablando de propiedades. Charlie me regaló el otro día uno de los regalos más chéveres que me han hecho en mucho tiempo, una caja de crayones, la de 64 crayones de Crayola. Me sentí como niña de cincos años y no pude evitar dejar de lado todo lo que estaba haciendo (entre esas cosas escribir mi novela que algún día me ganará el premio Nobel de literatura) y me puse a pintar. Los que me conocen, o tienen algún tipo de noción artística, saben que carezco de este tipo de habilidades, pero me emocioné igual y el resultado fue este:

la emoción de los crayones nuevos

un intento de montañas al anochecer. Y es que si tienen algo de mágico las montañas, casi a cualquier hora del día. Quisiera decir que fue mi subconsciente el que estaba hablando por mí y de ahí salió este casi psychadelic dibujo, pero no creo que fue así.

No soy de esas artistas que se dejan llevar intuitivamente por sus pensamientos o sentimientos. Casi todo lo paso por ese filtro de raciocinio mío, tan inevitable como insoportable, ese que no me deja dormir.

En fin. La caja de crayones es genial y pienso darle uso total y absoluto.