Una hierba en el jardín

La hierba se siente fría. El sol está en su cenit. Acostada boca abajo, a la altura de mis ojos, el jardín es gigantesco y yo soy un humano miniatura que camina entre la selva, peligrosa y amigable. Sé que soy un ser humano, me lo dijeron en la escuela. Inmediatamente vuelvo a ser un gigante. Arranco una a una las hierbitas que están a la altura de mi mano. Me gusta el sonido de la hierbita rompiéndose entre mis dedos con un esfuerzo mínimo. El aire huele a sequedad, pero a ras de tierra hay una fragancia húmeda. Un calor invisible transita contra gravedad. Él sube ligero, directo hacía las nubes. Y yo, presa de mi peso, no puedo más que tener los pies sobre la tierra y pretender que estar erguida me da algún tipo de ventaja darwiniana sobre las otras especies. He oído hablar de Darwin, pero no se quién es. Aún desconozco conceptos como evolución y supervivencia. He visto fotos de él y sé que es un señor con barba que se parece a Papa Noel.

Mi relación con las otras especies se ve supeditada por el comportamiento de los adultos hacía ellas. Si el perro no obedece lo retas, para que aprenda. Hasta ese punto el perro recibe el mismo trato que yo y todos los niños que me rodean. Si quieres una tortuguita, la compras de la tienda de mascotas. A mi no me compraron a pesar de que dicen que soy hija del vecino porque no me parezco mucho a ninguno de mis padres. Yo sé que es broma, pero a veces dudo. ¿Cómo será mi padre, el vecino?

A la tortuguita, si no le das de comer y le cambias el agua, se muere. Yo necesito comer para crecer sana y fuerte, me lo dice mi madre. Cuando voy al baño, me enseñan a bajar la válvula para que no se queden ahí los desperdicios pestilentes que salen de mi cuerpo. No me gusta ir al baño a hacer la dos. A veces me quedo ahí sentada por horas sin que nada salga. Por eso le pido a mi hermano menor que me acompañe y converse conmigo, así no me aburro. También me meten con frecuencia a la ducha. Mi madre me enseña a lavarme todo el cuerpo, hasta la más mínima de sus hendiduras. Ahí la suciedad puede procrear y uno siempre tiene que estar muy limpio. Si no estás limpio te enfermas. Al salir de la ducha te secas todo, incluidas las hendiduras. Si te quedas mojado, el rato de vestirte mojas la ropa. Mi madre nos enseña la técnica de secado de la espalda. Coges la toalla por sus dos extremos longitudinales y la pasas sobre tu cabeza para colocarla atrás de tu espalda. Ahí empiezas a realizar movimientos laterales rápidos con los brazos, primero a un lado, luego al otro, mientras frotas la espalda con la toalla. Debes empezar desde lo más alto de la espalda hasta llegar al trasero. Entiendo.

La tortuguita, si se da la vuelta sobre su caparazón, se muere. He hecho la prueba. Cuando estoy acostada de espaldas, o me caigo, siempre puedo volver a levantarme. Un par de veces vi como una de ellas perdía el equilibrio y quedaba patas arriba. Le observaba un rato a ver cuanto tardaba en morir, pero rápidamente le volvía a dar la vuelta. Prefiero no averiguarlo. A veces les doy de comer una comida asquerosa que huele a pescado podrido y parece papel. Nunca les cambio el agua. No entiendo lo que significa hacerse cargo. Mi madre es la que las cuida de verdad. Tenemos dos, Palito y Palita. Las cojo una a una con mis manos, les doy la vuelta y les rasco la parte de abajo del caparazón para hacerles cosquillas ¿Los animales se ríen? Las dejo otra vez en su piscinita, una tarrina con piedritas color pastel y una islita artificial. El pequeño mundo de plástico se asemeja a una pequeña isla paradisíaca donde si naufragaría, viviría de los cocos y construiría una guarida con las hojas de la palmera. Al poco tiempo Palito muere, seguido de cerca por Palita. Me da pena, pero no lloro. No entiendo.

Entre las hierbas crecen unas pelusas blancas con un diminuto sombrero blanco, tal vez sean hierbas bebé. Le dan un toque sublime al pasto. En realidad aún no conozco la palabra sublime, a pesar de que para mi edad conozco palabras más complejas de lo que percibo aún como vida. Las hierbas me pican los codos y me canso de mantener sobre mis muñecas el peso de mi cabeza. Pego el oído a la tierra. Oigo leves crujidos, las hierbas conversan y se mueven sin moverse. Me alzo la camiseta hasta la altura del pecho, me encanta sentir el picor de la hierba y lo fresquita que se siente contra en mi estómago. Respiro hondo inflando la panza para que se hunda en la tierra. Las hierbas se clavan en mi piel, pero no duele. Unas minúsculas arañitas saltan de una hierba a otra. Aún no les tengo miedo. Me sorprende que con ese tamañito puedan saltar tanto. Oigo un retumbar. La tierra late. En mi inocencia percibo el sentido de que el planeta tenga corazón. El latido se detiene. Alzo la mirada. Veo los zapatos de mi madre. Es hora de comer.

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