El manifiesto de las canas

Las canas en mi cabeza aparecen de la noche a la mañana. Hace no menos de un año, tal vez dos, el tiempo me elude, tenía identificada una sobre el lóbulo derecho, o el que creo que es derecho cuando me veo al espejo. Derecha e izquierda también me eluden, como muchos otros conceptos relativos al que los piensa o siente. “Gira a la izquierda”. Tiendo hacía la derecha, dudo un minuto, empiezo a girar .”Tu otra izquierda”.

Las canas que aparecen en mi cabeza son el termómetro de mi vida y el único gen materno que esperaba no heredar, pero así como las obsesiones y demás locuras que inevitablemente he adoptado de mis padres, la tendencia del pelo plateado también es una pasajera permanente en este envase mío llamado cuerpo.

El termómetro indica un nivel al que el envase parece obedecer, pero no su contenido. Bajo la luz blanca del ascensor blanco que tomo varias veces al día como mensajero que me deposita en el mundanal ruido o me devuelve a la seguridad del fuego familiar, los poros de mi rostro se ven enormes, el brillo es excesivo, los granos parecen volcanes, el un pelo que evadió la depilación se dibuja amenazador en mi bigote y las arruguitas florecen inocentes alrededor de mis ojos.

Cuando en un momento, y con absoluto pavor, un peluquero detectó mi primera cana, la cual yo ya había vislumbrado varias veces, le pedí que no entrara en pánico para yo no asustarme más. Dios del choclo, el tiempo (en los ojos del otro) finalmente me había alcanzado. Pero desde ese día hasta el día de hoy las canas no habían aparecido en una cantidad que yo podría considerar preocupante. Tengo claro que cuando pienso en el paso del termómetro me paralizo. Un constante bombardeo de mensajes no subliminales, las expectativas escritas en todos los medios sociales y las frente de la gente que pasa por la calle, los sueños de padres, hijos, no nacidos y zombies de que aproveches cada mili segundo de tu existencia, que rías y ames hasta que vomites, que a cierta edad el termómetro marca objetivos y metas que deben cumplirse con puntualidad, de lo contrario eres y serás eternamente calificado como un alternativo, un hippie apestoso, una solterona, un resultado de la modernidad, una perdida, un depresivo.

Los ideales son incontables, pero ante todo, obligatorios: el cuerpo, el peso, la sonrisa, la nariz, el color y cantidad de pelo, la pareja, el trabajo que te haga tan feliz que ningún día de tu vida sientas que has trabajo, el ahorro, los hijos, el colegio, el perro, los amigos, los viajes, la ropa, la casa, el carro. Definición de ideal según el infalible Google: “Un ideal es un estado inalcanzable pero infinitamente aproximable, [etc, etc]”. Inalcanzable e infinitamente aproximable. Sí, es exactamente la manera como quiero pasar cada minuto de mi vida, aproximándome a lo eternamente inalcanzable. Pero es la regla de oro, la base sobre la cual se mantiene viva la cultura capitalista, la tradición contemporánea de la cual ni los más liberales parecen poder liberarse.

La vejez tiene mala fama, es poco apetecida, no está de moda, no es deseable, pero si algo bueno tiene, que no el respeto que se le pierde cada nuevo siglo, es que los años que la alimentan la han curtido en esa experiencia a la que venimos sin elección y a la que coloquialmente llamamos vida. En algún lado leí que lo que hay que hacer no es crecer, sino madurar. La cita me calzó como anillo al dedo. Era un consuelo ver por escrito que lo que yo misma siempre supuse que padecía, el síndrome de Peter Pan, tenía una posible solución. Uno no tenía que dejar de ser un niño para poder entender y enfrentarse a la vida adulta.

Al entrar a la luz blanca que pone todas las verdades al descubierto, el mercurio sube y descubro que lo que era una sola cana, ha engendrado varias bastardas. Creo que son seis, repartidas sin armonía por todo el territorio craneal. Al verlas me entristezco. Son tantas las experiencias y objetivos que deberían haber sido alcanzados a este punto del termómetro. ¿No son las canas el resultado directo de la madurez adquirida? En mi caso el reloj biológico se saltó las reglas y cambió madurez, por preocupación ocasionada por no alcanzar esa madurez. Es justo el estrés que necesito añadirle a mi día a día, de por si carente de preocupaciones existenciales (ironía). Eso, sumado a que mi cuerpo ya no tiene 15 años, que no he alcanzado las metas esperadas para alguien con mi temperatura, que las canas siguen apareciendo gratuitamente, y que la luz del ascensor es implacable, mi entusiasmo se ve relativamente reducido a comparación de mis temores.

De todas formas todo va a estar bien. Este desasosiego propio de un hijo del “primer mundo” (en el caso de Ecuador, ¿tercer mundo?) es perfectamente solucionable y sé que el tiempo/espacio me pondrá de cara contra el piso para entenderlo. Pero hoy, ahorita, luchando contra el cansancio ocasionado por estar sentada frente a una pantalla todo el día, quisiera por un momento volver a la infancia, volar la infancia, volar, planear, elevar, surcar, aligerar, revolotear. A veces corro y es lo más cercano que tengo a un momento de clarividencia, que tan pronto llega, se va. No como mis canas.

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Una pequeña historia sobre mi tormentosa relación con la bici

No soy una ciclista frecuente. ¿Cual es el grado inferior a frecuente? Ese es mi nivel de ciclista. La bici y yo no nos llevamos muy bien. Aprendí muy tarde a andar en bici sin rueditas laterales, casi a mis diez años, y gracias a la eterna paciencia de Juan, el guardián de la finca, quién semana tras semana corría cogiendo mi timón y asiento. El momento que él me soltaba, yo sucumbía a la gravedad y me iba al suelo en cámara lenta. Notaba en su cara la incomprensión ante mi incapacidad motora, pero yo se lo pedía otra vez y el volví a correr junto a mí. Un buen día Juan soltó el manubrio y yo, con una inexplicable fuerza de voluntad o porque tenía mucho aire dentro de los pulmones, seguí pedaleando sin dejarme caer, hasta que llegado un punto noté que no sabía curvar y me detuve sorprendida. Fue un día glorioso.

De ahí en adelante pude seguir a mi hermano menor, cuya habilidad ciclística apareció antes que la mía, y corría por los caminitos de la finca como amo y señor del territorio. Volaba como golondrina, tomaba las curvas con temeridad, y lograba que el obeso french puddle que teníamos, Puppi (nombre que tomó del apellido de un decorador de interiores italiano, amigo de mi padre), lo siguiera frenético de arriba para abajo. Yo hacía lo que humildemente podía, o sea hacerme la dura y pretender que podía hacer lo mismo que él. Incluso recuerdo que un domingo cualquiera llegaron de casualidad unos amigos de mis padres, con un hijo como de mi edad. Yo, que desde siempre tuve una tendencia enamoradiza, supe ese instante que debía hacer notar mis recientemente adquiridas destrezas en la bicicleta. Mientras ellos saludaban con mis padres, yo salí rápidamente a coger mi transporte. Empecé a pedalear como poseída y justo el momento que las visitas salían al patio para ver dónde estaban los niños de la casa yo cogí una curva a toda velocidad, derrapé en el caminito húmedo por la lluvia y fui arrastrándome con bicicleta y todo hasta unos metros más adelante. Apoteósico.

Mi hermano menor el bólido

Mi hermano menor, el bólido

Me quedé helada en el piso, quieta como el ladrillo sobre el cual apoyaba mi cara, y esperé unos instantes para levantarme y ver como manejaría esa vergonzosa situación. Con diez años ya sabía perfectamente como se sentía la vergüenza, la timidez, el enamoramiento, el enojo, y otros sentimientos esenciales. El descubrimientos de ellos sería en lo que más ocuparía mi mente desde el día que descubrí que sentía algo que no era tranquilidad y regocijo.

Al levantarme pude ver que no había nadie en el jardín. Los invitados habían entrado a la casa y mi caída había sucedido justo frente a unos árboles que crecían junto al caminito. Pensé con un poco de alivio que seguramente el niño al que intentaba impresionar no había visto nada. Entré a la casa con mi suéter gris todo lleno de lodo y unas heridas en el brazo que se ocultaban bajo las mangas. Saludé. Nadie preguntó por mi caída, lo cual sólo podía significar que no habían sido testigos de mi vergüenza absoluta. Me puse roja como yo solita podía ponerme y fui a encerrarme a mi cuarto. Nunca más osaría estar en la presencia de ese niño. Nunca más en la vida. Lo juré por mi abuelita.

En otro tiempo y otro lugar (a los quince años en Galápagos), cuando iba a visitar a mi familia materna durante las vacaciones de verano, mis experiencias con la bici no empeoraron. Después de superado ese desafortunado evento volví a coger la bici. Estaba resuelta a no quedarme atrás de mis primos. Era la única prima mujer y tenía que demostrar que lo que decía mi querido tío Lobo era verdad. Él me decía que yo era la princesa de la casa, me cantaba canciones con la guitarra, y les decía a mis primos que tenían que cuidarme y portarse bien conmigo. Tal vez me tomé un poco en serio lo del papel de princesa, porque cuando jugábamos a Mario Bros, yo era la Princesa, y todos mis primos eran mis valientes defensores. Pero bueno, en vista de que no había otra niña, creo que tenía sentido que el personaje de la princesa lo tomase yo.

En Cristóbal, entre otros juegos que nos entretuvieron horas, días y meses sin parar, solíamos andar en bici. Como yo era más alta que mis primos cogía la bici de mi tío Carlos, mi grandote tío Carlos. Él era un señor intimidante, por su altura y pose seria, su pelo gris y puntiagudo, su voz autoritaria y su gran parecido a mi abuelito Carlos a quien nunca conocí. Coger su bici suponía para mi una gran responsabilidad. Me sentía poderosa.

No recuerdo haber tenido graves caídas con la bici de mi tío en Galápagos. Sólo recuerdo que pude notar una tendencia mía, que me ha perseguido hasta el día de hoy, y que nunca entendí su origen. Mientras pedaleaba en la calle, a veces sola, a veces con mis primos, habían carros y otros obstáculos con los que nos cruzábamos y a los que había que evitar. Mis primos y hermano pedaleaban rápidos y certeros, superaban el obstáculo, y seguían su camino. Yo, casi siempre atrás, para que por si acaso me cayera mis primos no me vieran, pedaleaba con fuerza hasta que de repente mis piernas empezaban a temblar y me dirigía inefablemente hacía el obstáculo, casi siempre un carro. Nunca entendí porque mis manos, que cogían el manubrio con tanta fuerza, no podían girarlo y así alejarse del agujero, poste o parecido. Nunca me pisó un carro, pero decidí que debido a mi tendencia hacía el objeto peligroso, la bici tal vez no era para mí.

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

Hoy fui al Parque Metropolitano a montar bicicleta con mi novio. Hace casi un año me compré una bici hermosa. (Me dio un arrebato en el cual me puse a pensar que yo podía ser la siguiente campeona de las carreras de bici de aventura). Mi novio me hablaba de frenos hidráulicos, de suspensión no se cuantito, de marcas no se qué. Finalmente, a la hora de elegir la cuestión, mi decisión se basó en que la bici era plateada y tenía dibujadas unas alas en amarillo fosforescente.

Mientras íbamos camino al parque, un año después de haber comprado mi bici plateada y tenerla parqueada en la sala de mi casa, recordé un día que salí a montar bici con un amigo deportista. Ese día me sentía más valiente de lo normal. Subí y bajé por el Chaquiñán perfectamente. Doblé las rodillas, bajé los codos y casi al final del paseo se me planteó la siguiente situación: 1. El camino por el que pedalean todos los ciclistas y sobre el que pedaleaba yo. 2. Un viejito que caminaba tranquilo por su lado de la vía. 3. Una acequia. Yo veía el camino sobre el que debía seguir, pero la bici se dirigía imparable hacia el viejito. Intenté virar el manubrio, intenté frenar, pero ya era demasiado tarde. Lo único que pude hacer fue meterme de nariz a la acequia y así, evitar asesinar a un inocente señor.

Hoy, un ventoso domingo de finales de agosto, bajamos las bicis del carro, les pusimos las llantas, y mientras arreglaba mi casco nuevo (regalo de mi novio para animarme a pedalear), ya quería echarme para atrás. La huevada del casco que sirve para ajustar me apretaba demasiado y viéndome en el reflejo del carro, corroboré una vez más que mi cabeza es más grande de lo normal. Mierda.

Bueno. Vamos ahí.

– Pónle en 2, 1 porque nos toca subida.

Listo. 2,1. Pedalea, pedalea. Todo bien. Hay un tronco en una zanja en el camino.

– Pedalea y pásale nomás.

– ¿Estás loco?

Me bajo de la bici, cruzo la zanja y me vuelvo a trepar.

– Chuta, por ahí hay unos chapas probando sus motos. ¿Si los ves? Qué tontera. Vamos por la quebradita.

– ¡Estás loco! ¿Una quebrada? ¡La quebrada del mal!

Me bajo y llevo la bici en la mano. Salimos de la quebradita y me vuelvo a trepar.

– Vamos por este lado. Así damos la vuelta al parque por abajo.

Hay una bajada pronunciada.

– ¡Nooooo! Te digo que quiero aprender, no morir. Ya he visto esa bajada, es la bajada de la muerte.

(Cuando estoy en la bici, todo desnivel topográfico supone una amenaza mortal).

Mi novio respira con profunda paciencia. Cogemos otro camino. Súper bien. Todo bien. Subida, check. Bajada aprendiendo a pararme flexionando las rodillas y etc etc, check. Hay una subida empinada.

– Dale, amor. Si logras subir esto sin parar te invito a almorzar.

– ¡No necesito que me invites nada, yo no quiero nada! ¡Sólo quiero ser feliz! Déjame en paz.

Para mis adentros me propongo subir la bendita cuesta y ganarme ese almuerzo. Justo al final del todo, cuando mi novio me alienta desde arriba, empiezo a dirigirme hacía un árbol.

– Mierda bici, ¡vira!

La bici no me hace caso. Me voy contra el tronco y ahí quedó el almuerzo.

Me viene a la mente otra ocasión en la que salí a pedalear al parque con una amiga que es profesional en todos los deportes de la galaxia. Ese día logré superar charcos y lodazales y en el punto más recto del camino, y sin siquiera haber estado pedaleando, me caí de la bici y me raspé la rodilla de lo lindo. Ella no se explicaba lo que acababa de presenciar.

En fin, así sucedió esta tarde ciclística. Insulté al pobre de mi novio todo el camino, pero sobreviví. Incluso logré coger un poco de velocidad en las bajadas, las cuales son mi debilidad, hasta que en una de ellas empecé a ir muy rápido, mi vida pasó frente a mis ojos, intenté frenar, la huevada patinó y no se cómo no me boté para salvarme. Seguí pedaleando.

– ¡Qué bien, amor!

– No me hables.

Al final del paseo fuimos a comprar un jugo de zanahoria con naranja, y ya sentados en el filo de la vereda le digo a mi novio,

– Qué chévere estuvo. Te amo.

– Yo también.

– ¿Mucho?

Silencio sepulcral.