Técnica de vuelo*

PARTE 1

A través de los años he podido perfeccionar mi técnica de vuelo y experimentar con ella. Esta explicación se basa en mi experiencia personal y no es necesariamente aplicable a cualquier persona, sin embargo tal vez partes de ella se pueden poner en práctica y luego acoplarse al estilo propio. No llevo mucho tiempo volando, tal vez unos 7 u 8 años, lo cual es poco si uno considera lo rápido que pasa el tiempo. Durante esta etapa no he visto volar a muchas otras personas, sólo lo vi un par de veces. Tampoco sé si es una habilidad que todos tenemos, o que no se nos ha ocurrido que podemos tener. En todo caso, por lo pronto sola en el cielo me siento bien acompañada.

A continuación relataré paso a paso mi técnica de vuelo y de esta forma intentaré compartir, lo mas escuetamente, este pequeño pedazo de conocimiento. Esto es algo que me encanta hacer y me emociona finalmente atreverme a compartirlo.

En primer lugar, para alzar el vuelo lo más importante es coger impulso. Tomo un poco de viada, no mucho, de cinco a diez metros bastan, y salto como si tuviera la intención de llegar a lo más alto que mis piernas pudieran. En ese momento, cuando los pies se despegan levemente del suelo, es cuando hay que aprovechar. Si no se actúa rápido, el proceso deberá ser repetido hasta cogerle el tino al momento exacto entre el salto y el despegue. Es un mili segundo y la manera de identificarlo es prestando atención al cuerpo. Éste se desconecta de la gravedad tan sólo ese instante, para reconectarse a ella inmediatamente después. Ese instante eres dueño de tu peso. Nada te amarra. La liviandad es palpable. Presta atención y fucking cease it!

Continúo. Para adquirir más altura recurro rápidamente al estilo de nado conocido como “sapito”. Creo que en alguna ocasión puse en práctica otro estilo, pero este es el que primero se me viene a la mente. Puede verse gracioso en un principio, pero qué más da, un par de impulsos bastan para empezar a elevarse. Después de haber conseguido cierta altura, pego los brazos al torso y junto las piernas. Esa posición recta y estirada es la más cómoda para mantener una velocidad de vuelo cómoda. Yo personalmente no extiendo un solo brazo mientras vuelo, ese estilo Superman no es lo mío. Si quiero ganar más altura dirijo el cuerpo hacía el cielo, y si quiero descender lo dirijo al suelo. Física básica.

Los objetos tienen comportamientos diferentes con respecto a la gravedad según su conformación física. La reacción natural de un cuerpo debería ser la de caer de nuevo al piso cual saco de papas, pero algo sucede el momento en que alza el vuelo y la gravedad se vuelve controlable (¿o deja de existir?). Debo recalcar que no por eso hay que confiarse. Una distracción o disminución súbita de velocidad puede ocasionar un descenso repentino y difícil de controlar. Un pequeño truco para mantener el vuelo es sostener una velocidad constante, no dejar de moverse o en este caso volar. No es tan agotador como suena. Después de un buen rato volando el ritmo cardiaco empieza a agitarse, pero es más relajante que correr y no afecta a las articulaciones. En ese sentido se parece más al nado.

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* (sin ayuda artificial)

 

Los edificios

Junto a mi edificio botaron dos casas viejas que llevaban abandonadas mucho tiempo. En realidad no eran tan viejas, seguramente de finales de los setentas. Es posible que esa década para otra persona no signifique antigüedad. Y tal vez tampoco era tanto el tiempo de abandono, calculo que unos diez años o menos. Nunca he sido buena para calcular, aunque sí divido bien la comida. Dicen que eso es señal de que seré una buena madre, quién sabe. En realidad, suelo dividir bien la comida entre los comensales sólo por el temor a quedarme sin alguna de las cosas que hay en ese momento para comer. El origen de este temor lo desconozco y posiblemente no tiene ningún fundamento, o tal vez mi hermano Johann se terminaba las cosas ricas de comer sin pensar si le quedaría o no algo al resto. Pero la división más importante es la que hago para mí misma.

Desde que tenía unos diez años (o tal vez antes, pero recuerdo con claridad ya haber estado haciendo esto a los diez) siempre comí matemáticamente, preocupándome por que cada bocado tuviera un poco de todos los elementos del plato, de tal manera que en la boca todo se mezclara equilibradamente. Sin embargo, este cálculo dependía (depende) a su vez de lo que se encuentre en el plato: nutrientes, sabor, acidez, sal, dulzor, textura, picor, sequedad, humedad y a veces incluso color. Si todos los elementos son igual de ricos, y tras el primer bocado se comprueba que quedan bien juntos, entonces la división en el plato será siempre equitativa. Si hay un elemento más rico que otro, a un sabor demasiado dominante, a veces los elementos se comen por separado, pero de modo que todos se vayan consumiendo en la misma medida. Si hay algo que supera al resto de alimentos en el plato, o sea si algo es ultra delicioso, como se dice académicamente, entonces se deja un mayor número de bocados sólo de eso para el final, para darle un regalo a los sentidos. El objetivo es que todos los elementos se terminen a la vez.

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Por lo menos, ahora que soy pseudo-adulta, ya superé algunos otros hábitos, como el de darle formas geométricas a los sánduches. Sin embargo, hay otros vicios que no creo que superaré y me da lo mismo; como comer la pizza, los tacos y las frutas con cubiertos, y coger la hamburguesa con los pulgares hacía arriba en lugar de hacía abajo.

Lo cierto es que en algún momento fui una matemática hábil y disciplinada, mi mente infantil disfrutaba intentando desentrañar los números y variables. Era satisfactorio poder entender lo aparentemente incomprensible. Pero un buen día de sol o de lluvia, todo terminó cuando en sexto curso un gemelo se cruzó en mi camino, me enamoré y las matemáticas se convirtieron en jeroglíficos indescifrables. Nunca más pude entender algo que no fuera la simple división de la comida en mi plato. Es posible que ese haya sido el momento exacto en el que perdí mi posibilidad de convertirme en la primera astronauta ecuatoriana. Puto, delicioso y miserablemente intenso primer amor de los cojones….

Continúo. Números, tiempos, edades, distancias, espacios, realidad, cantidades y prioridades no caben en mi cabeza. Son hilos de una cometa que el viento quiere llevarse y yo corro tras ella para evitar que se pierda en el espacio sideral. Corro con desesperación, pero de pronto en medio del camino veo un perrito y olvido la urgencia. Cuando alzo la mirada los hilos están lejísimos y debo echar a correr otra vez. Mis colegas humanos tienen varios hilos en la mano y manejan sus cometas con maestría o por lo menos eso aparentan. Uno que otro corre atrás de un hilo, como yo. Nos identificamos, sonreímos en son de camaradería, bajamos la mirada con nostalgia y seguimos corriendo. En el cielo observo cometas parchadas, brillantes, estiradas, arrugadas, unidas con grapas e imperdibles, agujereadas. Algunas cometas se aguantan de una ínfima hebra, otras se sostienen de trozos de hilos amarrados entre sí. ¿Es el humano el que sujeta la cometa o la cometa al humano?

Las casas viejas que botaron junto a mi edificio tenían unos lindos jardines donde vivían varios árboles altos y viejos, y en ellos, muchos pájaros. En su momento, cuando construyeron mi edificio, habrán matado árboles y pájaros, pero mi conciencia infantil me salvó de entender lo que eso significaba. El día que vino el tractor a botar los árboles los observé impotente, pensé en los pajaritos, en los gatitos que se habían adueñado de las casas vacías, en una gran flor roja que se veía enorme incluso desde nuestro quinto piso. Todos desaparecieron en un par de días, en cinco minutos. Golpes secos hicieron vibrar nuestra sólida estructura y llegué realmente a temer que fuera posible que el edificio entero se desmoronara. En realidad llevaba varios días pensando cómo salvar esos árboles y evitar quedar más sumidos en nuestro pequeño mundo de asfalto. Ese día vi llegar el tractor, pensé que quería hacer algo al respecto, pero fui a hacer una siesta y al despertar ya no quedaba ni un árbol en pie. Soy lo que pienso que quiero hacer y no hago.

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Han pasado un par de meses, las bases del nuevo edificio fueron construidas y un gran e inútil reflector se mantiene encendido a lo largo de la noche, a pesar de que no están fundiendo cemento. El reflector ilumina más que la más llena de las lunas, atraviesa las rendijas de las cortinas y es un gran estorbo visual. Como esos nuevos letreros de pantalla LED que he visto en algunos lugares de la ciudad y que no hacen más que cegar el ruidoso silencio de la noche citadina. Luz de interrogatorio.

A modo de rutina recientemente adoptada, todos los días nos acercamos a la ventana del comedor a ver los avances de la construcción. Mis padres se fascinan ante la maravilla que supone la capacidad de construir. Entiendo lo que esto dice del ser humano, pero no puedo evitar disgustarme. Echo de menos los árboles. Echo de menos a mi yo de pequeña jugando en los árboles. Echo de menos la ilusión de la niñez de jugar en los árboles. ¿Qué será de los pajaritos que vivían ahí abajo? ¿Habrán muerto de pena? ¿ Habrán buscado un nuevo hogar? Supongo que la segunda opción, sino, ¿qué sería de nosotros, hijos de Darwin?

Nuevas construcciones rodean nuestra vista. Esqueletos metálicos por cientos, cubriéndose lentamente con sus abrigos de cemento. El espacio se torna encierro, la luz ensombrece, el reflector encandila, pero por suerte, cada mañana el sol amanece por el vitral de oriente y llena, aunque sea por minutos, toda la casa de color.

Los collages vintage de Eugenia

Entre uno de mis malos hábitos, cada día gano masiva experiencia en el de ser adicta al Internet. Si sirve de consuelo (a mí no me consuela), mis intereses se limitan a las noticias, artes, moda (no como tendencia, sino como expresión cultural e individual), cultura, música nueva y vieja, y cualquier cuestión estética que llame mi atención. Fuera de eso, el universo virtual escapa de mi mirada. Entre una de las cosas bonitas, de las muchas que encuentro por ahí, me topé con esta artista, Eugenia Loli, originaria de Grecia.

Justamente andaba encontrando muchas obras de este estilo en Pinterest y por fin averigüé el nombre de una de sus creadoras, porque seguro no es la única. Supongo que este tipo de collage vintage está de moda dado que llevo viendo estas imágenes desde hace un tiempo e incluso los buenos de Coldplay sacaron un video muy chévere totalmente inspirado en este estilo (el video se llama Up & up, para aquellos desconectados de las intrascendencias ((¿existe este sustantivo?)) de la actualidad). (Aunque en realidad no creo que la música sea intrascendente, y el pop de Coldplay, que en sus inicios fueron un imán para mis sentimientos nostálgicos y melódicos, no es el peor pop de todos). (Me retracto, sólo me refería a que hay mucho contenido e información en la actualidad, de la cual muy poca, una ínfima cantidad en realidad, es valiosa, verdadera o relevante).

En fin, lo que encuentro atractivo de estas fotografías/ilustraciones es la mezcla de ideas y temas, en principio inconexos, que juntos crean un mensaje muy potente, divertido, claro y bello. Yo tengo una absoluta debilidad y adicción por lo estético, que aún después de tantos años de dedicarle humo y noches de pensamiento a lo que significa lo estético y su valor en el desarrollo de la humanidad, aún me cuesta definirlo en mis propios términos. Esto lo dejaré para un siguiente post porque el tema me apasiona, y porque finalmente, después de muchos, muchos meses de writer’s block, siento una chispita que me lleva a toda velocidad a buscar el lápiz y papel (y el teclado). También quiero escribir de moda, otro tema estético que me fascina, aunque trillado por la explotación superficial que se le da en los medios.

Aquí el link a la página web de Eugenia: http://cargocollective.com/eugenialoli

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La niña pájaro

“¿Dónde estará lo que persigo ciega?
-Jardines encantados, mundos de oro-
Todo lo que me cerca es incoloro,
Hay otra vida. Allí ¿Cómo se llega?”
 
La Dulce Visión, Alfonsina Storni

Sobre una plataforma desolada
y dura como la rabia
vive una niña alada.

Sus patitas hundidas
en la brea hirviente
por la gravedad encadenadas.

Presa de su liviandad
Ciega de tanto pensar
Pasa los días revoloteando
Intentando volar.

Un cielo estrellado
Observa su cavilar
Pero a la hora de sentir
La niebla vuelve a entrar.

Palpita agitada
Exhala con esfuerzo
Sus alas le duelen
Desvanece el deseo.

Animalito alado
Con detonador en mano
Quiere vivir
Quiere explotar.

El gatillo atascado
Las alas oxidadas
Los ojos llorosos
Las palabras cortadas.

Observa callada
Grita en su interior
Quiere volar
Como todo a su alrededor.

Algo está mal
La ecuación no suma
El peso entorpece
Sus sueños se mudan.

El mundo gira
Y ella en su planicie
Intenta abrir las alas
Y sentir la brisa libre.

Vuela, niña pájaro
Siente, niña pájaro
No mueras en vida
No mueras en vano.

Sube tu frecuencia
Anhela, exalta, efervesce
Tu mente te entorpece.

Apóyate en la piedra firme
Enamórate del viento
El miedo sólo es un espectro.

Eres verbo y sustantivo
Lucha, pluma y risa
Todo lo que quieras
Todo lo que imaginas.

Vuela, niña pájaro
Intenta ser feliz
La cadena no existe
Tu temor es infantil.

Construye tu propio cuarto
Con flores, luz y miel
Eres lucha, pluma y risa
No te dejes caer.

Albrecht Dürer

Albrecht Dürer

El manifiesto de las canas

Las canas en mi cabeza aparecen de la noche a la mañana. Hace no menos de un año, tal vez dos, el tiempo me elude, tenía identificada una sobre el lóbulo derecho, o el que creo que es derecho cuando me veo al espejo. Derecha e izquierda también me eluden, como muchos otros conceptos relativos al que los piensa o siente. “Gira a la izquierda”. Tiendo hacía la derecha, dudo un minuto, empiezo a girar .”Tu otra izquierda”.

Las canas que aparecen en mi cabeza son el termómetro de mi vida y el único gen materno que esperaba no heredar, pero así como las obsesiones y demás locuras que inevitablemente he adoptado de mis padres, la tendencia del pelo plateado también es una pasajera permanente en este envase mío llamado cuerpo.

El termómetro indica un nivel al que el envase parece obedecer, pero no su contenido. Bajo la luz blanca del ascensor blanco que tomo varias veces al día como mensajero que me deposita en el mundanal ruido o me devuelve a la seguridad del fuego familiar, los poros de mi rostro se ven enormes, el brillo es excesivo, los granos parecen volcanes, el un pelo que evadió la depilación se dibuja amenazador en mi bigote y las arruguitas florecen inocentes alrededor de mis ojos.

Cuando en un momento, y con absoluto pavor, un peluquero detectó mi primera cana, la cual yo ya había vislumbrado varias veces, le pedí que no entrara en pánico para yo no asustarme más. Dios del choclo, el tiempo (en los ojos del otro) finalmente me había alcanzado. Pero desde ese día hasta el día de hoy las canas no habían aparecido en una cantidad que yo podría considerar preocupante. Tengo claro que cuando pienso en el paso del termómetro me paralizo. Un constante bombardeo de mensajes no subliminales, las expectativas escritas en todos los medios sociales y las frente de la gente que pasa por la calle, los sueños de padres, hijos, no nacidos y zombies de que aproveches cada mili segundo de tu existencia, que rías y ames hasta que vomites, que a cierta edad el termómetro marca objetivos y metas que deben cumplirse con puntualidad, de lo contrario eres y serás eternamente calificado como un alternativo, un hippie apestoso, una solterona, un resultado de la modernidad, una perdida, un depresivo.

Los ideales son incontables, pero ante todo, obligatorios: el cuerpo, el peso, la sonrisa, la nariz, el color y cantidad de pelo, la pareja, el trabajo que te haga tan feliz que ningún día de tu vida sientas que has trabajo, el ahorro, los hijos, el colegio, el perro, los amigos, los viajes, la ropa, la casa, el carro. Definición de ideal según el infalible Google: “Un ideal es un estado inalcanzable pero infinitamente aproximable, [etc, etc]”. Inalcanzable e infinitamente aproximable. Sí, es exactamente la manera como quiero pasar cada minuto de mi vida, aproximándome a lo eternamente inalcanzable. Pero es la regla de oro, la base sobre la cual se mantiene viva la cultura capitalista, la tradición contemporánea de la cual ni los más liberales parecen poder liberarse.

La vejez tiene mala fama, es poco apetecida, no está de moda, no es deseable, pero si algo bueno tiene, que no el respeto que se le pierde cada nuevo siglo, es que los años que la alimentan la han curtido en esa experiencia a la que venimos sin elección y a la que coloquialmente llamamos vida. En algún lado leí que lo que hay que hacer no es crecer, sino madurar. La cita me calzó como anillo al dedo. Era un consuelo ver por escrito que lo que yo misma siempre supuse que padecía, el síndrome de Peter Pan, tenía una posible solución. Uno no tenía que dejar de ser un niño para poder entender y enfrentarse a la vida adulta.

Al entrar a la luz blanca que pone todas las verdades al descubierto, el mercurio sube y descubro que lo que era una sola cana, ha engendrado varias bastardas. Creo que son seis, repartidas sin armonía por todo el territorio craneal. Al verlas me entristezco. Son tantas las experiencias y objetivos que deberían haber sido alcanzados a este punto del termómetro. ¿No son las canas el resultado directo de la madurez adquirida? En mi caso el reloj biológico se saltó las reglas y cambió madurez, por preocupación ocasionada por no alcanzar esa madurez. Es justo el estrés que necesito añadirle a mi día a día, de por si carente de preocupaciones existenciales (ironía). Eso, sumado a que mi cuerpo ya no tiene 15 años, que no he alcanzado las metas esperadas para alguien con mi temperatura, que las canas siguen apareciendo gratuitamente, y que la luz del ascensor es implacable, mi entusiasmo se ve relativamente reducido a comparación de mis temores.

De todas formas todo va a estar bien. Este desasosiego propio de un hijo del “primer mundo” (en el caso de Ecuador, ¿tercer mundo?) es perfectamente solucionable y sé que el tiempo/espacio me pondrá de cara contra el piso para entenderlo. Pero hoy, ahorita, luchando contra el cansancio ocasionado por estar sentada frente a una pantalla todo el día, quisiera por un momento volver a la infancia, volar la infancia, volar, planear, elevar, surcar, aligerar, revolotear. A veces corro y es lo más cercano que tengo a un momento de clarividencia, que tan pronto llega, se va. No como mis canas.

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Girl at Mirror, by Norman Rockwell

Un gallo en la ciudad

Oigo cantar un gallo. Son las 12:56pm, estoy en medio de la ciudad y debo admitir que no he oído cantar un gallo aquí desde lo que puede retroceder mi memoria, lo cual no quiere decir mucho teniendo en cuenta que carezco de la habilidad de recordar cosas importantes, pero en cambio soy experta en recordar insignificancias. Un gallo cantando incesantemente, en pleno norte quiteño, se me antoja relativamente trascendental, porque significa que la naturaleza no ha desaparecido del todo de esta ciudad gris y carente de verde. Lo que si es extraño, y no me refiero a los ladridos del perro o el sonido tenue de los escasos carros que pasean por la capital un lunes de feriado, es que el gallito no deja de cantar. Cada dos segundos vuelve a entonar su aria y me lo imagino inflando su emplumado pecho y lanzando las notas al aire como si fuera el último día de su vida. Tal vez lo es. Sino, ¿porqué motivo cantaría con tanta insistencia y volumen? Tal vez no es el último día de su vida. Podría estar en pleno acto reproductivo con una ingenua pollita y su canto de macho alfa la trae toda alborotada, o el pobre es un iluso que compite musicalmente con el incesante barullo citadino y se abstrae a un mundo paralelo en el que los locos no están solos y hablan el mismo idioma que el viento.

1:09pm. El gallo sigue cantando. El sol ecuatorial quema la vista. Las margaritas de mi florero improvisado están marchitándose después de haber dado una dura y armoniosa batalla contra el tiempo. Quisiera estar con el cuerpo sumido en una piscina natural donde cae una cascada. Quisiera decirle al gallo que se calle el pico, porque si bien al principio sentí que su canto me transportó a un sueño de princesas castigadas por la sociedad, ahora ya me tiene harta por estar tan absolutamente fuera de lugar. Oírlo un par de veces, como las campanadas de la iglesia que suenan cada hora, es reconfortante. Oír como se suicida con su propia locura, como lucha en vano con la ciudad, como grita desesperado para que alguien sepa que está vivo, está resultando familiarmente insoportable. Espero que degollen al gallito y lo hagan aguado de pollo, (nota del autor: plato tradicional local con el que estoy particularmente encariñada, que sabe, aunque sea por un momento, a lo tranquila y cálida que era la infancia).

1:17pm. El gallo sigue cantando.

1:36pm. El gallo sigue cantando.

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Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…