Técnica de vuelo*

PARTE 2

Recuerdo cuando descubrí que podía volar. Fue una reacción que nació del miedo y la necesidad. Desde entonces nunca he dejado de hacerlo, aunque ahora lo hago por placer. La primera vez que volé me perseguía un grupo enfurecido de aldeanos. Debía ser el año 1500 y el mundo se veía en blanco y negro. Los aldeanos llevaban rastrillos, picos, hachas y fuego, que era lo único que brillaba con un color naranja tan colérico como sus portadores. Yo corría por una calzada de piedra, intentando ocultarme entre las casas, hasta que encontré una granja con la puerta abierta y entré para esconderme. Me oculté tras unos muebles viejos, pero enseguida oí entrar a los campesinos.

Salí corriendo nuevamente y me vieron. Me gritaban y acusaban de bruja. Yo no entendía porqué, si nunca había hecho algo que pudiera ser interpretado como brujería. Estaban cada vez más cerca y sentí que la muerte era inminente. De pronto vi hacía arriba y noté que faltaba un gran pedazo en el techo de la granja. Salté para alcanzarlo y sin darme cuenta no volví a caer al piso, sino que seguí elevándome, aunque a una velocidad tan lenta que los aldeanos ya me tocaban los pies. El momento que me volteé para ver cuán cerca estaban, vi que la muchedumbre se alejaba de mi vista rápidamente y que me elevaba cada vez más alto y más deprisa.

Ahí descubrí tres cosas. Una: que, en efecto, era bruja y nunca lo había sabido. ¿Cómo más podía explicarse que pudiera volar? Dos: que podía volar. Y tres: que si me ponía de espaldas al horizonte, o sea de espaldas hacía donde me dirigía, podía ir mucho más rápido y ganar mayor altitud. Qué alivio sentí mientras veía como el fuego que anunciaba mi muerte se hacía más chiquito y las casas del pueblo se convertían en motas de polvo.

Fue extraño darme cuenta que los aldeanos supieran antes que yo sobre mi condición de bruja. Sin embargo, no me sentí avergonzada o asustada cuando lo supe, sino feliz, y más aún cuando sentí el viento helado en mis ojos y mejillas. ¡Me iban a quemar viva! ¿Cómo puede la gente hacerle eso a otro ser humano? El miedo a lo desconocido nos acerca con extrema facilidad al animal que somos, aunque incluso los animales se dan la oportunidad de oler algo e investigarlo antes de atacarlo.

Desde esa ocasión, volar ha sido una de mis actividades favoritas. A veces el ánimo no me permite mantener un vuelo y altura constante, tan sólo consigo realizar saltos muy altos. Tan altos que puedo atravesar grandes espacios de un solo impulso. No está tan mal. El resto de veces suelo poder volar con normalidad. Me encanta el poder escapar de la ciudad, sobrevolar carros, edificios y gente, ver cómo se hacen cada vez más chiquitos. Me encanta ver los rostros anonadados de los incrédulos y a veces incluso me sorprendo de alguno que me ve volando y se mantiene impávido.

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*sin ayuda artificial

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Técnica de vuelo*

PARTE 1

A través de los años he podido perfeccionar mi técnica de vuelo y experimentar con ella. Esta explicación se basa en mi experiencia personal y no es necesariamente aplicable a cualquier persona, sin embargo tal vez partes de ella se pueden poner en práctica y luego acoplarse al estilo propio. No llevo mucho tiempo volando, tal vez unos 7 u 8 años, lo cual es poco si uno considera lo rápido que pasa el tiempo. Durante esta etapa no he visto volar a muchas otras personas, sólo lo vi un par de veces. Tampoco sé si es una habilidad que todos tenemos, o que no se nos ha ocurrido que podemos tener. En todo caso, por lo pronto sola en el cielo me siento bien acompañada.

A continuación relataré paso a paso mi técnica de vuelo y de esta forma intentaré compartir, lo mas escuetamente, este pequeño pedazo de conocimiento. Esto es algo que me encanta hacer y me emociona finalmente atreverme a compartirlo.

En primer lugar, para alzar el vuelo lo más importante es coger impulso. Tomo un poco de viada, no mucho, de cinco a diez metros bastan, y salto como si tuviera la intención de llegar a lo más alto que mis piernas pudieran. En ese momento, cuando los pies se despegan levemente del suelo, es cuando hay que aprovechar. Si no se actúa rápido, el proceso deberá ser repetido hasta cogerle el tino al momento exacto entre el salto y el despegue. Es un mili segundo y la manera de identificarlo es prestando atención al cuerpo. Éste se desconecta de la gravedad tan sólo ese instante, para reconectarse a ella inmediatamente después. Ese instante eres dueño de tu peso. Nada te amarra. La liviandad es palpable. Presta atención y fucking cease it!

Continúo. Para adquirir más altura recurro rápidamente al estilo de nado conocido como “sapito”. Creo que en alguna ocasión puse en práctica otro estilo, pero este es el que primero se me viene a la mente. Puede verse gracioso en un principio, pero qué más da, un par de impulsos bastan para empezar a elevarse. Después de haber conseguido cierta altura, pego los brazos al torso y junto las piernas. Esa posición recta y estirada es la más cómoda para mantener una velocidad de vuelo cómoda. Yo personalmente no extiendo un solo brazo mientras vuelo, ese estilo Superman no es lo mío. Si quiero ganar más altura dirijo el cuerpo hacía el cielo, y si quiero descender lo dirijo al suelo. Física básica.

Los objetos tienen comportamientos diferentes con respecto a la gravedad según su conformación física. La reacción natural de un cuerpo debería ser la de caer de nuevo al piso cual saco de papas, pero algo sucede el momento en que alza el vuelo y la gravedad se vuelve controlable (¿o deja de existir?). Debo recalcar que no por eso hay que confiarse. Una distracción o disminución súbita de velocidad puede ocasionar un descenso repentino y difícil de controlar. Un pequeño truco para mantener el vuelo es sostener una velocidad constante, no dejar de moverse o en este caso volar. No es tan agotador como suena. Después de un buen rato volando el ritmo cardiaco empieza a agitarse, pero es más relajante que correr y no afecta a las articulaciones. En ese sentido se parece más al nado.

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* (sin ayuda artificial)

 

Un gallo en la ciudad

Oigo cantar un gallo. Son las 12:56pm, estoy en medio de la ciudad y debo admitir que no he oído cantar un gallo aquí desde lo que puede retroceder mi memoria, lo cual no quiere decir mucho teniendo en cuenta que carezco de la habilidad de recordar cosas importantes, pero en cambio soy experta en recordar insignificancias. Un gallo cantando incesantemente, en pleno norte quiteño, se me antoja relativamente trascendental, porque significa que la naturaleza no ha desaparecido del todo de esta ciudad gris y carente de verde. Lo que si es extraño, y no me refiero a los ladridos del perro o el sonido tenue de los escasos carros que pasean por la capital un lunes de feriado, es que el gallito no deja de cantar. Cada dos segundos vuelve a entonar su aria y me lo imagino inflando su emplumado pecho y lanzando las notas al aire como si fuera el último día de su vida. Tal vez lo es. Sino, ¿porqué motivo cantaría con tanta insistencia y volumen? Tal vez no es el último día de su vida. Podría estar en pleno acto reproductivo con una ingenua pollita y su canto de macho alfa la trae toda alborotada, o el pobre es un iluso que compite musicalmente con el incesante barullo citadino y se abstrae a un mundo paralelo en el que los locos no están solos y hablan el mismo idioma que el viento.

1:09pm. El gallo sigue cantando. El sol ecuatorial quema la vista. Las margaritas de mi florero improvisado están marchitándose después de haber dado una dura y armoniosa batalla contra el tiempo. Quisiera estar con el cuerpo sumido en una piscina natural donde cae una cascada. Quisiera decirle al gallo que se calle el pico, porque si bien al principio sentí que su canto me transportó a un sueño de princesas castigadas por la sociedad, ahora ya me tiene harta por estar tan absolutamente fuera de lugar. Oírlo un par de veces, como las campanadas de la iglesia que suenan cada hora, es reconfortante. Oír como se suicida con su propia locura, como lucha en vano con la ciudad, como grita desesperado para que alguien sepa que está vivo, está resultando familiarmente insoportable. Espero que degollen al gallito y lo hagan aguado de pollo, (nota del autor: plato tradicional local con el que estoy particularmente encariñada, que sabe, aunque sea por un momento, a lo tranquila y cálida que era la infancia).

1:17pm. El gallo sigue cantando.

1:36pm. El gallo sigue cantando.

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Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Blackbird, by Paul McCartney

Una vez saqué de la colección de cd’s de mi papá el White Album de Los Beatles. Lo había escuchado en alguna ocasión anterior sin prestarle mucha atención, la portada blanca del álbum se me antojaba un poco aburrida. Esa segunda vez, a los 15 años, de pronto algo conectó en mi cerebelo de adolescente. El blanco minimalista tranquilizó, aunque sea levemente, toda esa confusión sentimental que electrificaba mi cuerpo y el caos que ensordecía mis pensamientos. Empezó a sonar esa canción, Blackbird, mi canción (y seguramente la de muchas otras personas, pero a veces me gusta sentir que es sólo mía) y el mundo se calló por una milésima de segundo. Fue un respiro existencial en ese entonces y lo es hoy aún.  Tal vez de las pocas cosas que tienen sentido en mi vida, por eso es el título de mi blog y la razón de mi tatuaje.

La música en general tiene ese efecto en mí (es mi todo), pero esta canción en concreto es mi pequeño himno personal.

Adjunto la letra de esta canción por si alguien la necesita. Para mi es una canción terapéutica. De pronto le sirve a alguien también.

BLACKBIRD

Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wings and learn to fly
All your life
You were only waiting for this moment to arise

Blackbird singing in the dead of night
Take these sunken eyes and learn to see
All your life
You were only waiting for this moment to be free

Blackbird fly, blackbird fly
Into the light of the dark black night

Blackbird fly, blackbird fly
Into the light of the dark black night

Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wings and learn to fly
All your life
You were only waiting for this moment to arise
You were only waiting for this moment to arise
You were only waiting for this moment to arise

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Un día inerme

El gris blanco de un sol cubierto de nubes le da al día un tono que no llega a ser el melancólico de una día que anuncia lluvias y rayos. Ese gris, casi negro, es insuperable. Tal vez porque asusta, porque obliga a buscar muy dentro de uno una roca a la que aferrase, para que cuando llegue el viento, uno no salga volando con él. Pero un día blanquecino, nulo, quieto, que no se encamina a la tormenta, es insultante. Los segundos se suceden unos a otros, los minutos, suceden a los segundos, el corazón sucede con sus latidos a los minutos y retumban en la caja torácica como gritos de guerra que se alistan para pelear, empezando por atemorizar al enemigo. Algunos soldados huyen ante el rugido de rabia infinita, de pasión incontrolable, de no tener nada que perder, porque cuando el corazón se pierde, ya no queda nada. Ninguna verdad, ningún atisbo de belleza, ninguna necesidad de amar con fuerzas ilógicas. ¿Qué tiene de lógico el corazón, de todas formas? (Lo digo yo, que no puedo pensar sin sentir, ni sentir sin pensar).

Hay unas florecitas en mi terraza de un color rojo ofensivo que han crecido a su merced, porque nadie las ha querido quién sabe cuanto tiempo. Y ellas están ahí brillando, como quien no quiere la cosa, como sacando en cara su capacidad de belleza y vida ante cualquier circunstancia. Con este día adormecido de fondo, las florecitas parecen niñas malcriadas, salvajes, como buenas hijas de la Tierra que son, y no tienen espinas, pero vaya si te van a sacar un dedo si osas acercarte e intentar tocar uno de sus pétalos. Van a morder, patear, pegar, gritar, luchar con todas sus fuerzas, hasta q tu o ellas estén en el piso tendidos, desangrándose, y viendo como lentamente, el otro pierde el color y se queda quieto.

No me convence este día sin enojo. O sale el sol dispuesto a cegar a los atrevidos, o se acerca una lluvia demente que viene a inundar los sentimientos, pero este día sin luz ni sombra, sin opinión, sin intención, sin ganas de seducir o pelear o acompañar o emborrachar, no me lo creo. Es un día pared. O sea uno contra el cual uno se golpea la cabeza incesantemente sin conseguir ni un resultado, más que una leve herida craneal de la cual gotea algo parecido a los pétalos de las flores que se niegan a morir.

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Una pequeña historia sobre mi tormentosa relación con la bici

No soy una ciclista frecuente. ¿Cual es el grado inferior a frecuente? Ese es mi nivel de ciclista. La bici y yo no nos llevamos muy bien. Aprendí muy tarde a andar en bici sin rueditas laterales, casi a mis diez años, y gracias a la eterna paciencia de Juan, el guardián de la finca, quién semana tras semana corría cogiendo mi timón y asiento. El momento que él me soltaba, yo sucumbía a la gravedad y me iba al suelo en cámara lenta. Notaba en su cara la incomprensión ante mi incapacidad motora, pero yo se lo pedía otra vez y el volví a correr junto a mí. Un buen día Juan soltó el manubrio y yo, con una inexplicable fuerza de voluntad o porque tenía mucho aire dentro de los pulmones, seguí pedaleando sin dejarme caer, hasta que llegado un punto noté que no sabía curvar y me detuve sorprendida. Fue un día glorioso.

De ahí en adelante pude seguir a mi hermano menor, cuya habilidad ciclística apareció antes que la mía, y corría por los caminitos de la finca como amo y señor del territorio. Volaba como golondrina, tomaba las curvas con temeridad, y lograba que el obeso french puddle que teníamos, Puppi (nombre que tomó del apellido de un decorador de interiores italiano, amigo de mi padre), lo siguiera frenético de arriba para abajo. Yo hacía lo que humildemente podía, o sea hacerme la dura y pretender que podía hacer lo mismo que él. Incluso recuerdo que un domingo cualquiera llegaron de casualidad unos amigos de mis padres, con un hijo como de mi edad. Yo, que desde siempre tuve una tendencia enamoradiza, supe ese instante que debía hacer notar mis recientemente adquiridas destrezas en la bicicleta. Mientras ellos saludaban con mis padres, yo salí rápidamente a coger mi transporte. Empecé a pedalear como poseída y justo el momento que las visitas salían al patio para ver dónde estaban los niños de la casa yo cogí una curva a toda velocidad, derrapé en el caminito húmedo por la lluvia y fui arrastrándome con bicicleta y todo hasta unos metros más adelante. Apoteósico.

Mi hermano menor el bólido

Mi hermano menor, el bólido

Me quedé helada en el piso, quieta como el ladrillo sobre el cual apoyaba mi cara, y esperé unos instantes para levantarme y ver como manejaría esa vergonzosa situación. Con diez años ya sabía perfectamente como se sentía la vergüenza, la timidez, el enamoramiento, el enojo, y otros sentimientos esenciales. El descubrimientos de ellos sería en lo que más ocuparía mi mente desde el día que descubrí que sentía algo que no era tranquilidad y regocijo.

Al levantarme pude ver que no había nadie en el jardín. Los invitados habían entrado a la casa y mi caída había sucedido justo frente a unos árboles que crecían junto al caminito. Pensé con un poco de alivio que seguramente el niño al que intentaba impresionar no había visto nada. Entré a la casa con mi suéter gris todo lleno de lodo y unas heridas en el brazo que se ocultaban bajo las mangas. Saludé. Nadie preguntó por mi caída, lo cual sólo podía significar que no habían sido testigos de mi vergüenza absoluta. Me puse roja como yo solita podía ponerme y fui a encerrarme a mi cuarto. Nunca más osaría estar en la presencia de ese niño. Nunca más en la vida. Lo juré por mi abuelita.

En otro tiempo y otro lugar (a los quince años en Galápagos), cuando iba a visitar a mi familia materna durante las vacaciones de verano, mis experiencias con la bici no empeoraron. Después de superado ese desafortunado evento volví a coger la bici. Estaba resuelta a no quedarme atrás de mis primos. Era la única prima mujer y tenía que demostrar que lo que decía mi querido tío Lobo era verdad. Él me decía que yo era la princesa de la casa, me cantaba canciones con la guitarra, y les decía a mis primos que tenían que cuidarme y portarse bien conmigo. Tal vez me tomé un poco en serio lo del papel de princesa, porque cuando jugábamos a Mario Bros, yo era la Princesa, y todos mis primos eran mis valientes defensores. Pero bueno, en vista de que no había otra niña, creo que tenía sentido que el personaje de la princesa lo tomase yo.

En Cristóbal, entre otros juegos que nos entretuvieron horas, días y meses sin parar, solíamos andar en bici. Como yo era más alta que mis primos cogía la bici de mi tío Carlos, mi grandote tío Carlos. Él era un señor intimidante, por su altura y pose seria, su pelo gris y puntiagudo, su voz autoritaria y su gran parecido a mi abuelito Carlos a quien nunca conocí. Coger su bici suponía para mi una gran responsabilidad. Me sentía poderosa.

No recuerdo haber tenido graves caídas con la bici de mi tío en Galápagos. Sólo recuerdo que pude notar una tendencia mía, que me ha perseguido hasta el día de hoy, y que nunca entendí su origen. Mientras pedaleaba en la calle, a veces sola, a veces con mis primos, habían carros y otros obstáculos con los que nos cruzábamos y a los que había que evitar. Mis primos y hermano pedaleaban rápidos y certeros, superaban el obstáculo, y seguían su camino. Yo, casi siempre atrás, para que por si acaso me cayera mis primos no me vieran, pedaleaba con fuerza hasta que de repente mis piernas empezaban a temblar y me dirigía inefablemente hacía el obstáculo, casi siempre un carro. Nunca entendí porque mis manos, que cogían el manubrio con tanta fuerza, no podían girarlo y así alejarse del agujero, poste o parecido. Nunca me pisó un carro, pero decidí que debido a mi tendencia hacía el objeto peligroso, la bici tal vez no era para mí.

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

Hoy fui al Parque Metropolitano a montar bicicleta con mi novio. Hace casi un año me compré una bici hermosa. (Me dio un arrebato en el cual me puse a pensar que yo podía ser la siguiente campeona de las carreras de bici de aventura). Mi novio me hablaba de frenos hidráulicos, de suspensión no se cuantito, de marcas no se qué. Finalmente, a la hora de elegir la cuestión, mi decisión se basó en que la bici era plateada y tenía dibujadas unas alas en amarillo fosforescente.

Mientras íbamos camino al parque, un año después de haber comprado mi bici plateada y tenerla parqueada en la sala de mi casa, recordé un día que salí a montar bici con un amigo deportista. Ese día me sentía más valiente de lo normal. Subí y bajé por el Chaquiñán perfectamente. Doblé las rodillas, bajé los codos y casi al final del paseo se me planteó la siguiente situación: 1. El camino por el que pedalean todos los ciclistas y sobre el que pedaleaba yo. 2. Un viejito que caminaba tranquilo por su lado de la vía. 3. Una acequia. Yo veía el camino sobre el que debía seguir, pero la bici se dirigía imparable hacia el viejito. Intenté virar el manubrio, intenté frenar, pero ya era demasiado tarde. Lo único que pude hacer fue meterme de nariz a la acequia y así, evitar asesinar a un inocente señor.

Hoy, un ventoso domingo de finales de agosto, bajamos las bicis del carro, les pusimos las llantas, y mientras arreglaba mi casco nuevo (regalo de mi novio para animarme a pedalear), ya quería echarme para atrás. La huevada del casco que sirve para ajustar me apretaba demasiado y viéndome en el reflejo del carro, corroboré una vez más que mi cabeza es más grande de lo normal. Mierda.

Bueno. Vamos ahí.

– Pónle en 2, 1 porque nos toca subida.

Listo. 2,1. Pedalea, pedalea. Todo bien. Hay un tronco en una zanja en el camino.

– Pedalea y pásale nomás.

– ¿Estás loco?

Me bajo de la bici, cruzo la zanja y me vuelvo a trepar.

– Chuta, por ahí hay unos chapas probando sus motos. ¿Si los ves? Qué tontera. Vamos por la quebradita.

– ¡Estás loco! ¿Una quebrada? ¡La quebrada del mal!

Me bajo y llevo la bici en la mano. Salimos de la quebradita y me vuelvo a trepar.

– Vamos por este lado. Así damos la vuelta al parque por abajo.

Hay una bajada pronunciada.

– ¡Nooooo! Te digo que quiero aprender, no morir. Ya he visto esa bajada, es la bajada de la muerte.

(Cuando estoy en la bici, todo desnivel topográfico supone una amenaza mortal).

Mi novio respira con profunda paciencia. Cogemos otro camino. Súper bien. Todo bien. Subida, check. Bajada aprendiendo a pararme flexionando las rodillas y etc etc, check. Hay una subida empinada.

– Dale, amor. Si logras subir esto sin parar te invito a almorzar.

– ¡No necesito que me invites nada, yo no quiero nada! ¡Sólo quiero ser feliz! Déjame en paz.

Para mis adentros me propongo subir la bendita cuesta y ganarme ese almuerzo. Justo al final del todo, cuando mi novio me alienta desde arriba, empiezo a dirigirme hacía un árbol.

– Mierda bici, ¡vira!

La bici no me hace caso. Me voy contra el tronco y ahí quedó el almuerzo.

Me viene a la mente otra ocasión en la que salí a pedalear al parque con una amiga que es profesional en todos los deportes de la galaxia. Ese día logré superar charcos y lodazales y en el punto más recto del camino, y sin siquiera haber estado pedaleando, me caí de la bici y me raspé la rodilla de lo lindo. Ella no se explicaba lo que acababa de presenciar.

En fin, así sucedió esta tarde ciclística. Insulté al pobre de mi novio todo el camino, pero sobreviví. Incluso logré coger un poco de velocidad en las bajadas, las cuales son mi debilidad, hasta que en una de ellas empecé a ir muy rápido, mi vida pasó frente a mis ojos, intenté frenar, la huevada patinó y no se cómo no me boté para salvarme. Seguí pedaleando.

– ¡Qué bien, amor!

– No me hables.

Al final del paseo fuimos a comprar un jugo de zanahoria con naranja, y ya sentados en el filo de la vereda le digo a mi novio,

– Qué chévere estuvo. Te amo.

– Yo también.

– ¿Mucho?

Silencio sepulcral.