The girl who slept

She loved to sleep and she’d fall asleep anywhere. Whilst walking through a park she’d find a cozy hole amongst the roots of an old tree, make herself as small as possible, and close her eyes as easily as if death was upon her. Life would go on around her as if nothing had changed: all that hectic, never ending pounding in the head, honking of the cars, yelling of couples who no longer know where love left them. Even rain, staggering storms, wouldn’t wake her. She’d sleep pleasantly and calmly, like a baby on his mother’s arms, like a sailor on a calm sea, like a fox under a moonlit night. But her case was even rarer. No matter the heat, the noise, the snow, the lack of a roof, the ruggedness of the floor, she would all of a sudden find herself overwhelmingly tired, as if poisoned by the air she breathed, her eyelids would start feeling heavy, pulled by invisible threads sewn to them, until she fell slowly onto gravity’s soft embrace.

She’d fall asleep in the middle of a cubicled office, on a cracked desert, on the bus, missing her stop over and over again. She’d fall whilst talking to her friends, with a fork full of food halfway to her mouth, in the middle of a break up, when playing with her nieces. She dozed of without control. The snake in the desert would hiss past her. Employers and employees would talk around her about facts and stats of the world’s ever decaying situation. Commuters would try to wake her up with no success. Her friends would roll their eyes impatiently and turn over to the next listener. Her family would move her plate from under her face right before she hit the table. Her lovers would leave heart broken and angry. Her nieces would tuck her with a blanket.

The world kept spinning as she dreamed away into a timeless space of clarity and quiet, with a clear path before her that she’d walk with ease, because she had walked it so many times before. She knew it by heart, the thin dust under her feet, the stars so clear above her head, the light that played with her hair as she breathed and smiled in this universe decorated with pink and light blue galaxies. She could see music being created before her eyes and deliciously cold water sprinkled her body.

The world revolved angrily, but she was long gone.

Picture taken by the Hubble Telescope

Picture taken by the Hubble Telescope

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El ciempiés

Las letras son figuritas, una junto a otras, formando un gusano, el cual tiene sentido según en la tierra por la que se arrastre, la suciedad que lleve consigo, y aquello de lo que se alimente. La misma suciedad. La misma comida de uno. El mismo suelo. La misma tierra. De la misma manera todo se arrastra. Él y nosotros. Nosotros y él. Con él. Gusanos. Ciempiés desagradables con sus diez mil quinientas insoportables patitas. Sabiéndose dueño del camino porque ocupa todo el camino, lo alcanza todo, toca todo, mete mano en todo, hasta el fondo y con maldad. Que asco de ciempiés. Quiero matarlo, partirlo en dos, y ver con rabia como ambas partes, divididas desde el centro, viven por sí solas, se regeneran y vuelven a poblar el camino, ahora en ambos sentidos. Egoístas, egotistas, egocentristas, milvecesegoístas…… chcchcchcchcchcch……. Insoportable. Imparable. Invencible. Hasta el grito generado por su misma apariencia asquerosa y ególatras. Seca y cruel. Pero inocente. Su culpa no es más que su fealdad. Su pecado es ser feo. Ser feo como él mismo. Él es la definición de feo. Feo con sus escamas crujientes, sus ojos sin pupilas, sus patas puntiagudas como sus pensamientos, sus miedos oscuros y gravitacionales. Su fealdad atrae miradas. No verlo es imposible. A pesar de su deseo de invisibilidad. Hay que verlo. Hay que mirar a la fealdad cuando pasa frente a uno. Hay que verla, hacerle muecas, señalarla con el dedo, gritar con pánico, hacer arcadas, vomitar todo lo que uno lleva adentro. Vomitar sobre él.

¿Será que si sonrío la gente no notará mi pena? Ese caparazón facial. La mueca mostrando los dientes, congelada, intentando no delatar con los ojos. Poniendo los ojos en blanco, viendo al vacío, y saludando a todos con exagerada amabilidad. El resultado no puede ser malo, porque la amabilidad es una sutil forma de vivir en la que uno no traspasa el límite ni la sensibilidad ajena. Es una forma diplomática de vivir. Diplomacia. Todos los días. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Sonreír, saludar, agradecer, despedirse. Rutina diplomática de amabilidad. Modus operandi cinequanon. Una forma automática de pasar por la vida sin molestar a nadie, y posiblemente, generando un mejor respuesta que si se utilizara un método opuesto, grosero, serio.

Chcchcchcchcchcchcchcchcchcchcchcchc………….

20140708-195708-71828065.jpgAsquerosa la idea del sonido que genera su andar apresurado y maligno. Cada paso ensimismado, atemorizado, rabioso, y cruel. Pisa y nace la maldad. Pisa y se parte el suelo, se rompen las ramas, aparece un sarpullido rojizo y sangrante. No sangra a borbotones, sangra con lentitud. De la herida generada por el rascado inevitable y furioso salen vetas de color bermellón. Supuran cual sudor. Cual lágrimas contenidas. Al sarpullido lo cubre una delicada capa de pus viscoso, del mismo color que una oficina gubernamental, del mismo color que está pintada esa celda en esa cárcel, sobre cuyas paredes alguien alguna vez empezó a escribir un poema que no terminó. Alguien detuvo su puño en medio de la palabra “exis….”. En medio de la frase “el bastón que encuentro en tu mano ayuda a cruzar los puentes de hielo cuya exis…”.

(Me pica adentro, entre la piel y la carne. Me metieron dos agujas en las amígdalas. Otras agujas alrededor del pupo.) El pupo conecta mi existencia con la de ese señor que pasa caminando y al que veo pasar con mirada inerte. Es un robot. Yo lo veo. Él ve el infinito. Al infinito. A la pared. Al techo que casi topa con su cabeza. Con el que camina. Su casa cárcel. Sigue caminando el señor de mirada hueca. Sigue con sus cien pies. Sigo caminando en un camino ajeno. Procuraré no ver-me al espejo para no ver-te más. Perfume caduco e insípido. Nadie se cree tu sonrisa negra. Hemos de dejar de insistir y seguir. Tal vez más adelante te vea, te parta con una pala, y deje que te multipliques. El mundo no está lo suficientemente lleno de mugre.

 

Niña perdida

Rondando los abismos de la negatividad. Es tan fácil quejarse. Culpar de todo a todos. Resignarse a que todo está mal y que no podemos hacer nada al respecto, porque así nos libramos del esfuerzo. Si algo no tiene remedio, ¿por qué seguir intentándolo? Incluso dejamos que otros se salgan con la suya. ¡Qué pereza pelear! Todos somos tercos y necios y todos tenemos la razón. Siempre. Universalmente. Mucho complejo de Dios diría yo. No creo que sea muy saludable. Además ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está bien o mal? La eterna ética. Siento a Aristóteles intentando decirme cosas, pero no lo quiero escuchar. Yo sé lo que está bien. Creo. Sé lo que sé, y eso es nada. Cada intento de descifrarlo todo, algo, la muerte, la felicidad, el desorden, la amistad, la verdad, me pierdo en mi propia cabeza, y al final del día, no hay quien me saque de ahí. Una niña perdida, de los niños perdidos que viven en Nunca Jamás. Esa es mi dirección si alguien alguna vez necesita encontrarme. “Second to the right, and straight on till morning (..) always at the time of sunrise”. Imposible perderse.

La niña perdida se sienta al filo del abismo negro. Algo parecido a los cráteres de la Luna. Desolados. Agrestes. Solitarios. Grises. Sombríos. Fríos. La caída parece ser fatal, pero la niña no va a caerse. Sólo ve la vista, extrañada. Lo amplio que se ve hacía el horizonte, sin alcanzar a ver el horizonte. Y lo oscuro que se ve abajo. Más que oscuro, negro imán. Negro hoyo negro, negro incertidumbre, negro miedo. Negro.

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De repente el paisaje empieza a mutar. Se mueven las rocas, se abre la tierra, salen árboles enormes, baobabs, una flor vanidosa y necia que se cree la reina del planeta. El cielo gris se pinta de nubecitas naranjas. Empieza a salir el sol allá a lo lejos en ese horizonte que no se ve. Un poquito de calor. Unas canciones de Rodriguez. Unos rayitos de luz. ¡Vaya abismo más bonito! El fondo es negro, pero ya no tanto. Unos pajaritos vuelan sin rumbo. Todo se observa en silencio. La hierba crece bajo sus manos, el abrazo del viento la levanta. El fondo de verdad no es tan negro, ni tan profundo. Y la noche no es tan oscura. Y la sombra no es un fantasma. Y la caída no es fatal. De verdad que no. Allá abajo corre el agua, con sus zapatos deportivos y su ipod en shuffle. Le gusta sorprenderse con la música que sale al azar, y luego, sólo dejarse llevar y seguir su curso. Para siempre.

Running Water

Niña perdida de mi corazón, si te acompaño al fondo del abismo, ¿prometes no dejarme nunca? ¿Dejamos este lugar conocido? ¿Dejamos este cómodo sofá? ¿Dejamos los zapatos de plomo que alguien nos puso un día? ¿Dejamos el enojo? ¿Dejamos esa gente de máscaras cuadradas? ¿Dejamos las formalidades, los procesos y los sistemas? Abajo habrá poca gente, no sé. Tal vez unos cuantos ciudadanos del abismo verde, verdes ellos también. Raros, muy raros. Cantan en voz alta, bailan por la calle. ¡Van desnudos! Qué ligeros. Qué alivio.

Parece que va llover. Se anuncian unos truenos a lo lejos. La luz dentro del cuarto se opaca y el blanco del cielo se difumina y lo envuelve todo en una especie de humo. Suena una sirena. Suena el teléfono. Las uñas fueron recortadas, recogidas, y tiradas al basurero. El celular se está descargando. Nosotros seguimos quejándonos porque es lo más fácil, y actuar, es lo más difícil. Y seguimos mintiéndonos, porque es lo más fácil y la verdad es más difícil.

Es hora de hacer café. A la niña perdida le gusta el chocolate con leche. Le gusta muy caliente y con galletitas. La niña perdida no está perdida. Sabe exactamente lo que quiere. La perdida, soy yo.

Fragmentos: Cosa de un momento

Una señora y un señor muy bien puestos, tradicionales hasta la médula, religiosos, convencionalistas, conservadores, y ya que estamos, de derecha.  En un mundo lleno de gente como ellos es algo inusitado que estas dos personas se hayan encontrado, dos espíritus tan parecidos. Todo sucedió una tarde, la única tarde de sus vidas en la que decidieron salir de su mundillo y probar la dulzura de la rebelión, de lo extraño, de lo diferente. Ambos no encajaban en este bar gótico, con sus camisas abatonadas hasta el cuello. Se encontraron en la barra sus miradas asustadas y un sudor frío que les caía por la frente. Se regresaron a ver, se terminaron de un trago el cóctel color sangre que tenían en las manos y se fueron al sucio y grafitado baño del bar a hacer, por primera vez para ambos, de las suyas. Y ese momento, fue concebida ella.

Goth baby girl