Técnica de vuelo*

PARTE 3

Después de aquel primer encuentro con la ingravidez no volví a ser la misma. Se materializó la urgencia con que sentía las ganas de vivir. Se convirtió en un romance incontrolable, furioso e imprescindible. Desde entonces, el deseo del rencuentro con el firmamento me vuelve ajena, me distrae de lo que sucede a ras de suelo, me deja noqueada. Me identifico con la música del viento, el abrazo helado de la atmósfera que congela mis manos y pies hasta el punto del dolor absoluto, el silencio de lo cuasi-sideral, la armonía de la soledad, la belleza de lo esencial, el espacio infinito, la luz y el vacío en el que me lleno, lleno, me llena.

Sin embargo, antes de dejarme llevar por completo por la emoción, debo hablar del aterrizaje. A diferencia de lo que se pueda pensar, no es algo técnico ni peligroso, si es que uno ha sabido controlar su velocidad y altura. Tan sólo hay que poner el cuerpo en posición vertical y dejar que este se pose suavemente sobre la tierra. Al principio pueden haber caídas, torceduras de pie, raspones con objetos extraños que se escapan del rango visual, pero la práctica hace al maestro, dicen, y creo que sin mayor dificultad, uno puede volverse hábil en esta actividad del despegue-vuelo-aterrizaje y aplicarla a la vida diaria como mejor le venga.

Por ejemplo, yo usualmente vuelo cuando quiero huir de una situación incómoda, cuando quiero pensar o cuando el hecho de volar puede ser de utilidad para salvar a la ciudad de un robot asesino gigante. Eso pasó una sola vez y como iban a televisar el evento me pusieron un mini capa de súper héroe de cómic. Fue un disfraz ridículo y lo odié apenas me lo puse. No sé porqué me dejé convencer de usarlo. Tal vez porque era más apremiante intentar salvar a la ciudad y no había tiempo para discutir. Aunque debo admitir que me pudo la vanidad y me fui a una peluquería itinerante a que me aplicaran un poco de maquillaje y me peinaran. Era gracioso que ante la gravedad de la situación, la ciudad había tenido tiempo de organizar la cobertura mediática de la batalla, y que los ciudadanos se habían reunido para observar, cual partido de fútbol, lo que podía potencialmente ser el final de sus días. Ahí, entre las carpas de los medios de comunicación, los foodtrucks y los baños portátiles, encontré una vagón que hacía las veces de peluquería. Le pedí a la peluquera que me hiciera un look natural, pero que me alejara de mi cotidianeidad esperpéntica. No creo que paré en la peluquería porque no sintiera la urgencia de la situación, sino porque tenía miedo de enfrentarme al robot y estaba dilatando un poco los minutos.

En fin. En otras ocasiones he decidido volar cuando estoy triste o enojada, y usualmente el volar me alegra inmediatamente. Si algo puede ayudar a revertir los efectos de una depresión permanente o temporal, es volar. No sé si así como la técnica, los efectos del vuelo sean los mismos para todos, pero tampoco creo que le haga mal a nadie.

Mejor ya no sigo. Podría alargarme incluso más sobre este tema que finalmente no fue tan breve como había prometido, pero espero haber podido compartir algo de utilidad o haber invitado a alguien a buscar en sí mismo la habilidad de volar. Despegar los pies de la tierra, aunque sea brevemente, ya es terapia suficiente.

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*Sin ayuda artificial

Técnica de vuelo*

PARTE 1

A través de los años he podido perfeccionar mi técnica de vuelo y experimentar con ella. Esta explicación se basa en mi experiencia personal y no es necesariamente aplicable a cualquier persona, sin embargo tal vez partes de ella se pueden poner en práctica y luego acoplarse al estilo propio. No llevo mucho tiempo volando, tal vez unos 7 u 8 años, lo cual es poco si uno considera lo rápido que pasa el tiempo. Durante esta etapa no he visto volar a muchas otras personas, sólo lo vi un par de veces. Tampoco sé si es una habilidad que todos tenemos, o que no se nos ha ocurrido que podemos tener. En todo caso, por lo pronto sola en el cielo me siento bien acompañada.

A continuación relataré paso a paso mi técnica de vuelo y de esta forma intentaré compartir, lo mas escuetamente, este pequeño pedazo de conocimiento. Esto es algo que me encanta hacer y me emociona finalmente atreverme a compartirlo.

En primer lugar, para alzar el vuelo lo más importante es coger impulso. Tomo un poco de viada, no mucho, de cinco a diez metros bastan, y salto como si tuviera la intención de llegar a lo más alto que mis piernas pudieran. En ese momento, cuando los pies se despegan levemente del suelo, es cuando hay que aprovechar. Si no se actúa rápido, el proceso deberá ser repetido hasta cogerle el tino al momento exacto entre el salto y el despegue. Es un mili segundo y la manera de identificarlo es prestando atención al cuerpo. Éste se desconecta de la gravedad tan sólo ese instante, para reconectarse a ella inmediatamente después. Ese instante eres dueño de tu peso. Nada te amarra. La liviandad es palpable. Presta atención y fucking cease it!

Continúo. Para adquirir más altura recurro rápidamente al estilo de nado conocido como “sapito”. Creo que en alguna ocasión puse en práctica otro estilo, pero este es el que primero se me viene a la mente. Puede verse gracioso en un principio, pero qué más da, un par de impulsos bastan para empezar a elevarse. Después de haber conseguido cierta altura, pego los brazos al torso y junto las piernas. Esa posición recta y estirada es la más cómoda para mantener una velocidad de vuelo cómoda. Yo personalmente no extiendo un solo brazo mientras vuelo, ese estilo Superman no es lo mío. Si quiero ganar más altura dirijo el cuerpo hacía el cielo, y si quiero descender lo dirijo al suelo. Física básica.

Los objetos tienen comportamientos diferentes con respecto a la gravedad según su conformación física. La reacción natural de un cuerpo debería ser la de caer de nuevo al piso cual saco de papas, pero algo sucede el momento en que alza el vuelo y la gravedad se vuelve controlable (¿o deja de existir?). Debo recalcar que no por eso hay que confiarse. Una distracción o disminución súbita de velocidad puede ocasionar un descenso repentino y difícil de controlar. Un pequeño truco para mantener el vuelo es sostener una velocidad constante, no dejar de moverse o en este caso volar. No es tan agotador como suena. Después de un buen rato volando el ritmo cardiaco empieza a agitarse, pero es más relajante que correr y no afecta a las articulaciones. En ese sentido se parece más al nado.

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* (sin ayuda artificial)

 

Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Mediados de enero, 2015

Empiece el día corriendo por la calle (literalmente, porque tiene pico y placa y no encontró taxi pronto). Usted está corriendo porque está tarde a una reunión en una Institución Pública X. Llegue sudando e intente mantener la calma cuando una burócrata le diga “¿no le llamaron? La reunión se movió a las 12” (una reunión que ha sido previamente agengada, cancelada, y vuelta a agendar más de cuatro veces, con la respectiva organización del día laboral que le supone al proveedor, en este caso, una). Coja un taxi para volverse por las mismas y prepárese para el maltrato del taxista cuando usted le dé un billete de viente (una sabe que los manes nunca tienen cambio, a pesar de que es su obligación, pero era lo único que tenía en ese momento). Quédese pendejamente absorto mientras el taxista le lanza la plata, tira la puerta y aprieta el acelerador cual diablo al que lo lleva la diarrea. Siga estás indicaciones al pie de la letra y tenga por seguro que será un día diseñado para poner a prueba su paciencia y habilidad de poner límites. Cuando el día esté listo y salga del horno, dependerá de usted si el día se quema o sólo resulta levemente salado. (Receta para 1 persona. Intolerantes a la lactosa abstenerse)

Del uso de la puntuación y otras ansiedades

En este punto del día, sin poder ponerle punto a mi día (semana o mes) siento que los elementos sobre mi escritorio se desbordan cual vaso de agua bajo un grifo abierto, cual hoyo en la arena cuando sube la marea, cual sensación de nauseas cuando uno se sienta muy cerca de la pantalla del cine, cual reacción vomitiva después de mezclar mucho trago barato, cual neblina de tabaco en un espacio abierto, cual cámara de fotos sin espacio en la tarjeta, cual lista de quehaceres con más ítems que espacio en el papel. (Mi madre siempre ha dicho que tengo una tendencia al dramatismo. Mis psicólogas (plural) me han corroborado que soy hiper sensible. Mi novio dice que estoy loca (lo dice con amor). Mi hermano dice que soy un monstruo (¿lo dice con amor?). Mis sobrinas dicen que no tengo cara de tía (cero autoridad)).

Los teje y manejes del día a día, de las relaciones laborales con públicos y privados, de los sempiternos trámites burocráticos (sempiterno es una palabra muy hermosa como para osar siquiera ponerla junto a la palabra burocracia, pido disculpas), los jodidamente podridos trámites burocráticos se van amasando en una tela que no tiene sentido ni función. Como dice el dicho, uno trabaja para vivir, y se encuentra viviendo para trabajar. La utopía de trabajar en lo que amas se le aplica a un 99.9% de la población mundial (fuente: yo misma), pero eso no quita que uno no ame su trabajo y todo lo que eso implica (dar lo mejor de sí, sonreír, ser amable y educado, dedicarle tiempo y esfuerzo, ser responsable, tomarse un café a las cuatro de la tarde y no después de las cinco para poder dormir y ser medianamente eficiente al día siguiente, comerse mierda de vez en cuando, perder un poco de tiempo por el sopor después del almuerzo).

En este punto del día el tráfico, el apuro, la rabia generalizada y los insultos a flor de piel, me recuerdan que es diciembre, el mes cristiano de la paz y la alegría. Yo misma, con un puño listo para pitar (odio pitar) y otro fuera de la ventana, me veo envuelta en la atmósfera de amor y tranquilidad que invade la ciudad. El smog tiene una tonalidad rosácea. Las cacas de perro en las calles de pronto son más abundantes. El consumo de objetos supera el consumo de tiempo familiar. Esta época del año se hace amar.

Observo algunas cajas que se apilan amenazadoramente junto a mi silla, recordándome que el cambio es inminente, que la mudanza va a ser traumática (¿no es todo cambio una especie de sacudida existencial? Digo traumática en el mejor sentido de la palabra, mami. Sí, soy dramática, yo sé) y que en efecto, en este punto del día, me encuentro en un limbo terrenal. Ni en esta ni en aquella casa. Ni en este ni aquel momento. En ningún lugar y en todos a la vez. Estoy fuera de mí. Los dedos en mi mano tipean este teclado, desgastado por el uso, mis ojos ven esta pantalla, entrecerrados porque un día decidieron ser foto fóbicos, mi cabeza late, mi corazón piensa (algo está mal ahí). Es un mundo extraño y maravilloso este por el que caigo sin gravedad, mientras me sirvo una taza de té que no se riega, y ojeo un libro que no comprendo.

¿Soy yo misma, ahorita, en este punto del día? ¿Soy dedos, sonrisas, respuestas y ojos autómatas? Si dejo a mis dedos a sus anchas no van a volver. Si cierro los ojos voy a dormir días seguidos hasta levantarse una madrugada a ver salir el sol, con una taza de café pasado en la mano, que abrace con su aroma mis fosas nasales, mi pensamiento y mi casa. Voy a sentir en mi estómago mil posibilidades y no voy a pensar nunca más en los intermediarios, los apuros, la sobre exigencia, la falsa sonrisa y la mediocridad. Voy a confiar en mis pies y voy a sacar a pasear a ese man que se pasa la vida encerrado en una coraza anti apocalipsis zombie (el miedoso de mi corazón). Suena demasiado bien. ¿Irreal? Mi padre, el soñador, diría que sí.

Es diciembre. Lunes. 4:33 de la tarde. Tal vez necesito otro café antes de dejar de procrastinar con este escrito catártico. Un paso a la vez. Ese es mi lema. Me ha servido en la montaña, ¿supongo que debe servir en la vida real? Y las cosas no están nunca mal, hasta que están mal. Eso lo sé con absoluta certeza.

(Mientras vuelvo a leer y editar el texto, ya son las 5:00. Se pasó mi hora del café. Qué importa. Quién necesita dormir de todas formas).

(Puntos suspensivos)

La pared en el camino (también llamada burocracia, intermediario o tercero)

Bajo el estatuto 4.5, los artículos 1.11 a, b, c y finalmente el artículo 15.8.666 en el que se estipula que el uso del cual trata la presente, se requiere al referido en el objeto de la mención en esta acta remitido, que hiciere a bien mantener en nulo estado su ánimo de tal forma hasta que el consiguiente procedimiento entrase en vigor y fuera puesto de esta manera en marcha el trámite mencionado y sobre el cual yacen las bases de dicho proyecto, en tanto que el recurso de este depende enteramente de la palabra, decisión y aprobación de una única persona, que de aquí en adelante se llamará EL JEFE , el o la cual estará disponible en ningún momento del día a lo largo del año y el o la cual no se hará responsable del inevitable traspaso de los límites psíquico-temporales dentro de los cuales se ha determinado el plazo para el desarrollo afirmativo de dicho esfuerzo conjunto, lo cual trasgrede el anteriormente mencionado artículo 15.8.666, pero a desconocimiento del cual ahora llamaremos OBJETO GENTE al cual se dirige la presente, este puede y será obviado y por medio de sujeto, verbo y predicado, evitado a toda costa, ya que a bien hubiere sido previamente comprendido el texto en cuestión por ambas partes involucradas y aquí mencionadas, el trabajo consignado se deberá llevar a cabo como aquí ha sido estipulado.

Firman los eternamente comprometidos a cumplir con susodicha encomienda,

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Objeto Gente

Enmienda no enmendada: El OBJETO GENTE prefiere ser llamado Ser Humano, pero dicha exigencia requiere que su tiempo y trabajo sea respetado, y esa cuestión supone un ahorro de esfuerzo y dinero que aquel al que llamamos Sistema del Orden Mundial, toma a bien propio no acatar.

Una pequeña historia sobre mi tormentosa relación con la bici

No soy una ciclista frecuente. ¿Cual es el grado inferior a frecuente? Ese es mi nivel de ciclista. La bici y yo no nos llevamos muy bien. Aprendí muy tarde a andar en bici sin rueditas laterales, casi a mis diez años, y gracias a la eterna paciencia de Juan, el guardián de la finca, quién semana tras semana corría cogiendo mi timón y asiento. El momento que él me soltaba, yo sucumbía a la gravedad y me iba al suelo en cámara lenta. Notaba en su cara la incomprensión ante mi incapacidad motora, pero yo se lo pedía otra vez y el volví a correr junto a mí. Un buen día Juan soltó el manubrio y yo, con una inexplicable fuerza de voluntad o porque tenía mucho aire dentro de los pulmones, seguí pedaleando sin dejarme caer, hasta que llegado un punto noté que no sabía curvar y me detuve sorprendida. Fue un día glorioso.

De ahí en adelante pude seguir a mi hermano menor, cuya habilidad ciclística apareció antes que la mía, y corría por los caminitos de la finca como amo y señor del territorio. Volaba como golondrina, tomaba las curvas con temeridad, y lograba que el obeso french puddle que teníamos, Puppi (nombre que tomó del apellido de un decorador de interiores italiano, amigo de mi padre), lo siguiera frenético de arriba para abajo. Yo hacía lo que humildemente podía, o sea hacerme la dura y pretender que podía hacer lo mismo que él. Incluso recuerdo que un domingo cualquiera llegaron de casualidad unos amigos de mis padres, con un hijo como de mi edad. Yo, que desde siempre tuve una tendencia enamoradiza, supe ese instante que debía hacer notar mis recientemente adquiridas destrezas en la bicicleta. Mientras ellos saludaban con mis padres, yo salí rápidamente a coger mi transporte. Empecé a pedalear como poseída y justo el momento que las visitas salían al patio para ver dónde estaban los niños de la casa yo cogí una curva a toda velocidad, derrapé en el caminito húmedo por la lluvia y fui arrastrándome con bicicleta y todo hasta unos metros más adelante. Apoteósico.

Mi hermano menor el bólido

Mi hermano menor, el bólido

Me quedé helada en el piso, quieta como el ladrillo sobre el cual apoyaba mi cara, y esperé unos instantes para levantarme y ver como manejaría esa vergonzosa situación. Con diez años ya sabía perfectamente como se sentía la vergüenza, la timidez, el enamoramiento, el enojo, y otros sentimientos esenciales. El descubrimientos de ellos sería en lo que más ocuparía mi mente desde el día que descubrí que sentía algo que no era tranquilidad y regocijo.

Al levantarme pude ver que no había nadie en el jardín. Los invitados habían entrado a la casa y mi caída había sucedido justo frente a unos árboles que crecían junto al caminito. Pensé con un poco de alivio que seguramente el niño al que intentaba impresionar no había visto nada. Entré a la casa con mi suéter gris todo lleno de lodo y unas heridas en el brazo que se ocultaban bajo las mangas. Saludé. Nadie preguntó por mi caída, lo cual sólo podía significar que no habían sido testigos de mi vergüenza absoluta. Me puse roja como yo solita podía ponerme y fui a encerrarme a mi cuarto. Nunca más osaría estar en la presencia de ese niño. Nunca más en la vida. Lo juré por mi abuelita.

En otro tiempo y otro lugar (a los quince años en Galápagos), cuando iba a visitar a mi familia materna durante las vacaciones de verano, mis experiencias con la bici no empeoraron. Después de superado ese desafortunado evento volví a coger la bici. Estaba resuelta a no quedarme atrás de mis primos. Era la única prima mujer y tenía que demostrar que lo que decía mi querido tío Lobo era verdad. Él me decía que yo era la princesa de la casa, me cantaba canciones con la guitarra, y les decía a mis primos que tenían que cuidarme y portarse bien conmigo. Tal vez me tomé un poco en serio lo del papel de princesa, porque cuando jugábamos a Mario Bros, yo era la Princesa, y todos mis primos eran mis valientes defensores. Pero bueno, en vista de que no había otra niña, creo que tenía sentido que el personaje de la princesa lo tomase yo.

En Cristóbal, entre otros juegos que nos entretuvieron horas, días y meses sin parar, solíamos andar en bici. Como yo era más alta que mis primos cogía la bici de mi tío Carlos, mi grandote tío Carlos. Él era un señor intimidante, por su altura y pose seria, su pelo gris y puntiagudo, su voz autoritaria y su gran parecido a mi abuelito Carlos a quien nunca conocí. Coger su bici suponía para mi una gran responsabilidad. Me sentía poderosa.

No recuerdo haber tenido graves caídas con la bici de mi tío en Galápagos. Sólo recuerdo que pude notar una tendencia mía, que me ha perseguido hasta el día de hoy, y que nunca entendí su origen. Mientras pedaleaba en la calle, a veces sola, a veces con mis primos, habían carros y otros obstáculos con los que nos cruzábamos y a los que había que evitar. Mis primos y hermano pedaleaban rápidos y certeros, superaban el obstáculo, y seguían su camino. Yo, casi siempre atrás, para que por si acaso me cayera mis primos no me vieran, pedaleaba con fuerza hasta que de repente mis piernas empezaban a temblar y me dirigía inefablemente hacía el obstáculo, casi siempre un carro. Nunca entendí porque mis manos, que cogían el manubrio con tanta fuerza, no podían girarlo y así alejarse del agujero, poste o parecido. Nunca me pisó un carro, pero decidí que debido a mi tendencia hacía el objeto peligroso, la bici tal vez no era para mí.

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

Hoy fui al Parque Metropolitano a montar bicicleta con mi novio. Hace casi un año me compré una bici hermosa. (Me dio un arrebato en el cual me puse a pensar que yo podía ser la siguiente campeona de las carreras de bici de aventura). Mi novio me hablaba de frenos hidráulicos, de suspensión no se cuantito, de marcas no se qué. Finalmente, a la hora de elegir la cuestión, mi decisión se basó en que la bici era plateada y tenía dibujadas unas alas en amarillo fosforescente.

Mientras íbamos camino al parque, un año después de haber comprado mi bici plateada y tenerla parqueada en la sala de mi casa, recordé un día que salí a montar bici con un amigo deportista. Ese día me sentía más valiente de lo normal. Subí y bajé por el Chaquiñán perfectamente. Doblé las rodillas, bajé los codos y casi al final del paseo se me planteó la siguiente situación: 1. El camino por el que pedalean todos los ciclistas y sobre el que pedaleaba yo. 2. Un viejito que caminaba tranquilo por su lado de la vía. 3. Una acequia. Yo veía el camino sobre el que debía seguir, pero la bici se dirigía imparable hacia el viejito. Intenté virar el manubrio, intenté frenar, pero ya era demasiado tarde. Lo único que pude hacer fue meterme de nariz a la acequia y así, evitar asesinar a un inocente señor.

Hoy, un ventoso domingo de finales de agosto, bajamos las bicis del carro, les pusimos las llantas, y mientras arreglaba mi casco nuevo (regalo de mi novio para animarme a pedalear), ya quería echarme para atrás. La huevada del casco que sirve para ajustar me apretaba demasiado y viéndome en el reflejo del carro, corroboré una vez más que mi cabeza es más grande de lo normal. Mierda.

Bueno. Vamos ahí.

– Pónle en 2, 1 porque nos toca subida.

Listo. 2,1. Pedalea, pedalea. Todo bien. Hay un tronco en una zanja en el camino.

– Pedalea y pásale nomás.

– ¿Estás loco?

Me bajo de la bici, cruzo la zanja y me vuelvo a trepar.

– Chuta, por ahí hay unos chapas probando sus motos. ¿Si los ves? Qué tontera. Vamos por la quebradita.

– ¡Estás loco! ¿Una quebrada? ¡La quebrada del mal!

Me bajo y llevo la bici en la mano. Salimos de la quebradita y me vuelvo a trepar.

– Vamos por este lado. Así damos la vuelta al parque por abajo.

Hay una bajada pronunciada.

– ¡Nooooo! Te digo que quiero aprender, no morir. Ya he visto esa bajada, es la bajada de la muerte.

(Cuando estoy en la bici, todo desnivel topográfico supone una amenaza mortal).

Mi novio respira con profunda paciencia. Cogemos otro camino. Súper bien. Todo bien. Subida, check. Bajada aprendiendo a pararme flexionando las rodillas y etc etc, check. Hay una subida empinada.

– Dale, amor. Si logras subir esto sin parar te invito a almorzar.

– ¡No necesito que me invites nada, yo no quiero nada! ¡Sólo quiero ser feliz! Déjame en paz.

Para mis adentros me propongo subir la bendita cuesta y ganarme ese almuerzo. Justo al final del todo, cuando mi novio me alienta desde arriba, empiezo a dirigirme hacía un árbol.

– Mierda bici, ¡vira!

La bici no me hace caso. Me voy contra el tronco y ahí quedó el almuerzo.

Me viene a la mente otra ocasión en la que salí a pedalear al parque con una amiga que es profesional en todos los deportes de la galaxia. Ese día logré superar charcos y lodazales y en el punto más recto del camino, y sin siquiera haber estado pedaleando, me caí de la bici y me raspé la rodilla de lo lindo. Ella no se explicaba lo que acababa de presenciar.

En fin, así sucedió esta tarde ciclística. Insulté al pobre de mi novio todo el camino, pero sobreviví. Incluso logré coger un poco de velocidad en las bajadas, las cuales son mi debilidad, hasta que en una de ellas empecé a ir muy rápido, mi vida pasó frente a mis ojos, intenté frenar, la huevada patinó y no se cómo no me boté para salvarme. Seguí pedaleando.

– ¡Qué bien, amor!

– No me hables.

Al final del paseo fuimos a comprar un jugo de zanahoria con naranja, y ya sentados en el filo de la vereda le digo a mi novio,

– Qué chévere estuvo. Te amo.

– Yo también.

– ¿Mucho?

Silencio sepulcral.