Un momento lavanda

Tengo tanto miedo que bien podría ser religiosa. Qué más personifica el miedo que la religión. Miedo a saber, miedo a no saber, a crecer, a sentarse junto al abismo, a ver la oscuridad, a saberse humano, limitado, quebradizo cual hoja seca, caduco. ¡Dios! Personaje de libro, ¿estás ahí? A veces envidio a los que creen en ti, que tienen el consuelo, el perdón y la respuesta en la punta de los dedos, sin siquiera tener que buscar, sin tener qué pensar en lo que dicen o hacen, sin tener que preocuparse por vivir cada día, cada segundo, con la intensidad más apabullante que pueda salir de sus poros. Ir por la vida esperando la muerte. Qué alivio y qué desperdicio.

Un día me cansé de aprender, de preguntar y de entender las maneras del mundo. No soporté ver la facilidad con la que se hiere, la facilidad con la que se actúa con maldad, la dificultad de las relaciones humanas, la incomprensión de la soledad. Todo me resultó intolerable y de pronto, en una milésima de segundo, algo se rompió en mi cabeza (¿corazón?). Tal vez dejé de ser niña. Desde ese momento mis días son sólo una sucesión de intentos fallidos de volver a la inocencia. Tal vez aterricé en el planeta. Siento un mareo incontrolable mientras escribo estas palabras. El teclado se mueve, cada letra cobra vida y se acerca a mis ojos con enojo y pereza. Junto a mí la taza de café vacía inunda con su aroma mi escritorio y mi pensamiento. Estoy despierta y muerta a la vez. Mareada, el hombro izquierdo tenso, el cerebro a mil por hora. STOP! Rewind? No, motherfucker! You oughta suck it just like everyone else. Be happy, you lucky bastard!

Estoy en una película. En el fondo suena Nat King Cole, uno de mis amores imposibles, mi acompañante sensible, el que sabe dar la mano y ver a los ojos e hipnotizarte hasta que dejas de tener control sobre tu cuerpo. Supera mi comprensión cómo hay canciones que ahogan tanto los sentidos que uno se pierde en ellas. Conciencia, sentimientos, ideas, todo se desdibuja, humo en el aire. El dolor y el placer se suceden en igual medida, se anulan, se aman, se odian, anudan la garganta, abrazan el corazón, pegan una patada en las costillas. Qué difícil explicar con palabras lo que se siente con el estómago.

Voy a decir la verdad, ya que mentir nunca le ha hecho bien a nadie, y peor al dueño de la mentira. Mientras escribo esto lloro un poco, pero eso es bueno. Desde hace años el llorar era para mí algo exclusivo del dolor extremo. Una receta del doctor me impedía llorar o sentir euforia. Fue un salvavidas momentáneo o mejor dicho, un barco en un mar sin olas. No puedo negar que descansé hasta el punto de la idiotez. Pero este estado idiota debe terminar. Agradezco las lágrimas y el desasosiego. Agradezco la rabia y la impotencia. Agradezco todo en mi vida. No puedo tener más suerte de estar viva ahora, en este lugar, en este momento, en esta familia, en este planeta.

There mere idea of you, the longing here for you. You never know how slow the moments go till I am near to you. I see your face in every flower. Your eyes and stars above. It’s just the thought of you. the very thought of you my love.

Afuera el mundo  se viste de una tonalidad lavanda. Imparcial. Indiferente. Adolorido. Yo lo observo. Sólo eso. Sólo observo. Sola observo. Mi egoísmo me va a destruir.

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Los edificios

Junto a mi edificio botaron dos casas viejas que llevaban abandonadas mucho tiempo. En realidad no eran tan viejas, seguramente de finales de los setentas. Es posible que esa década para otra persona no signifique antigüedad. Y tal vez tampoco era tanto el tiempo de abandono, calculo que unos diez años o menos. Nunca he sido buena para calcular, aunque sí divido bien la comida. Dicen que eso es señal de que seré una buena madre, quién sabe. En realidad, suelo dividir bien la comida entre los comensales sólo por el temor a quedarme sin alguna de las cosas que hay en ese momento para comer. El origen de este temor lo desconozco y posiblemente no tiene ningún fundamento, o tal vez mi hermano Johann se terminaba las cosas ricas de comer sin pensar si le quedaría o no algo al resto. Pero la división más importante es la que hago para mí misma.

Desde que tenía unos diez años (o tal vez antes, pero recuerdo con claridad ya haber estado haciendo esto a los diez) siempre comí matemáticamente, preocupándome por que cada bocado tuviera un poco de todos los elementos del plato, de tal manera que en la boca todo se mezclara equilibradamente. Sin embargo, este cálculo dependía (depende) a su vez de lo que se encuentre en el plato: nutrientes, sabor, acidez, sal, dulzor, textura, picor, sequedad, humedad y a veces incluso color. Si todos los elementos son igual de ricos, y tras el primer bocado se comprueba que quedan bien juntos, entonces la división en el plato será siempre equitativa. Si hay un elemento más rico que otro, a un sabor demasiado dominante, a veces los elementos se comen por separado, pero de modo que todos se vayan consumiendo en la misma medida. Si hay algo que supera al resto de alimentos en el plato, o sea si algo es ultra delicioso, como se dice académicamente, entonces se deja un mayor número de bocados sólo de eso para el final, para darle un regalo a los sentidos. El objetivo es que todos los elementos se terminen a la vez.

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Por lo menos, ahora que soy pseudo-adulta, ya superé algunos otros hábitos, como el de darle formas geométricas a los sánduches. Sin embargo, hay otros vicios que no creo que superaré y me da lo mismo; como comer la pizza, los tacos y las frutas con cubiertos, y coger la hamburguesa con los pulgares hacía arriba en lugar de hacía abajo.

Lo cierto es que en algún momento fui una matemática hábil y disciplinada, mi mente infantil disfrutaba intentando desentrañar los números y variables. Era satisfactorio poder entender lo aparentemente incomprensible. Pero un buen día de sol o de lluvia, todo terminó cuando en sexto curso un gemelo se cruzó en mi camino, me enamoré y las matemáticas se convirtieron en jeroglíficos indescifrables. Nunca más pude entender algo que no fuera la simple división de la comida en mi plato. Es posible que ese haya sido el momento exacto en el que perdí mi posibilidad de convertirme en la primera astronauta ecuatoriana. Puto, delicioso y miserablemente intenso primer amor de los cojones….

Continúo. Números, tiempos, edades, distancias, espacios, realidad, cantidades y prioridades no caben en mi cabeza. Son hilos de una cometa que el viento quiere llevarse y yo corro tras ella para evitar que se pierda en el espacio sideral. Corro con desesperación, pero de pronto en medio del camino veo un perrito y olvido la urgencia. Cuando alzo la mirada los hilos están lejísimos y debo echar a correr otra vez. Mis colegas humanos tienen varios hilos en la mano y manejan sus cometas con maestría o por lo menos eso aparentan. Uno que otro corre atrás de un hilo, como yo. Nos identificamos, sonreímos en son de camaradería, bajamos la mirada con nostalgia y seguimos corriendo. En el cielo observo cometas parchadas, brillantes, estiradas, arrugadas, unidas con grapas e imperdibles, agujereadas. Algunas cometas se aguantan de una ínfima hebra, otras se sostienen de trozos de hilos amarrados entre sí. ¿Es el humano el que sujeta la cometa o la cometa al humano?

Las casas viejas que botaron junto a mi edificio tenían unos lindos jardines donde vivían varios árboles altos y viejos, y en ellos, muchos pájaros. En su momento, cuando construyeron mi edificio, habrán matado árboles y pájaros, pero mi conciencia infantil me salvó de entender lo que eso significaba. El día que vino el tractor a botar los árboles los observé impotente, pensé en los pajaritos, en los gatitos que se habían adueñado de las casas vacías, en una gran flor roja que se veía enorme incluso desde nuestro quinto piso. Todos desaparecieron en un par de días, en cinco minutos. Golpes secos hicieron vibrar nuestra sólida estructura y llegué realmente a temer que fuera posible que el edificio entero se desmoronara. En realidad llevaba varios días pensando cómo salvar esos árboles y evitar quedar más sumidos en nuestro pequeño mundo de asfalto. Ese día vi llegar el tractor, pensé que quería hacer algo al respecto, pero fui a hacer una siesta y al despertar ya no quedaba ni un árbol en pie. Soy lo que pienso que quiero hacer y no hago.

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Han pasado un par de meses, las bases del nuevo edificio fueron construidas y un gran e inútil reflector se mantiene encendido a lo largo de la noche, a pesar de que no están fundiendo cemento. El reflector ilumina más que la más llena de las lunas, atraviesa las rendijas de las cortinas y es un gran estorbo visual. Como esos nuevos letreros de pantalla LED que he visto en algunos lugares de la ciudad y que no hacen más que cegar el ruidoso silencio de la noche citadina. Luz de interrogatorio.

A modo de rutina recientemente adoptada, todos los días nos acercamos a la ventana del comedor a ver los avances de la construcción. Mis padres se fascinan ante la maravilla que supone la capacidad de construir. Entiendo lo que esto dice del ser humano, pero no puedo evitar disgustarme. Echo de menos los árboles. Echo de menos a mi yo de pequeña jugando en los árboles. Echo de menos la ilusión de la niñez de jugar en los árboles. ¿Qué será de los pajaritos que vivían ahí abajo? ¿Habrán muerto de pena? ¿ Habrán buscado un nuevo hogar? Supongo que la segunda opción, sino, ¿qué sería de nosotros, hijos de Darwin?

Nuevas construcciones rodean nuestra vista. Esqueletos metálicos por cientos, cubriéndose lentamente con sus abrigos de cemento. El espacio se torna encierro, la luz ensombrece, el reflector encandila, pero por suerte, cada mañana el sol amanece por el vitral de oriente y llena, aunque sea por minutos, toda la casa de color.

Sigo la instrucción

cita Ernest Hemingway true

La ansiedad controla mis músculos. A veces sonrío para que la otra persona no se sienta mal. La trivialidad de mi día a día me hace terrestre, la trivialidad de los otros me aburre. Seguramente podría dormir sin tomarme mis pastillitas de melatonina, pero la verdad es que a veces prefiero no averiguarlo. Me paso pendiente del celular, esperando recibir mensajes para sentir que al otro lado del teléfono alguien tiene tanta necesidad de comunicar como yo, pero eso no suele pasar. Comunicar. Los lugares carentes de ventanas o de luz natural me hacen sentir sofocada y triste. No entiendo cómo cuando hace mucho calor, hay personas que no abren la ventana o no se sacan el suéter. El oxígeno es vital y la satisfacción que ofrece su existencia se siente aún más cuando entra en una ráfaga de viento que refresca los pensamientos y le quita el polvo al cerebelo. ¿Cómo no abrir la ventana? La costumbre es la peor enemiga, como aquel que siempre comió su comida tibia, o aquel que siempre la comió hirviendo. Pero el simbolismo de hogar, amor, comfort, tranquilidad, satisfacción y de presente prometedor que otorga la sensación de comer un plato de comida caliente, no se compara con nada. Un plato caliente antes de dormir hace una diferencia existencial abismal. Agradezco tener un plato caliente por las noches. La pobreza circunstancial debe ser una dificultad difícil de superar, pero no imposible. Yo no soy rica. No soy pobre. La actitud de pobreza es algo más temible que la muerte. Quiero evitar a toda costa este tipo de pensamiento: de resignación, conformismo, inseguridad  e inferioridad. Últimamente mi edredón se ha ido encogiendo (o ha ido perdiendo sus plumas) y el cobertor le queda un poco grande, ocasionando que por las noches la sábana se me ensortije cual boa constrictor. Eso me trastorna los nervios. La ansiedad causa en mí un movimiento compulsivo y veloz del pie, sobre todo del derecho, cuando estoy con las piernas cruzadas. Lo hago sin darme cuenta y cuando finalmente lo noto, de todas formas prefiero no detenerme. Si me piden que me detenga me da desesperación. Toda mi vida dije que no quería tener hijos, últimamente ando cambiando de opinión. El reloj biológico femenino es una joda. Pánico absoluto. Ni siquiera puedo independizarme de mis padres porque mi distracción existencial (y mis pastillas antidepresivas) me mantienen relativamente equilibrada. Igual, sin pastillas, tampoco puedo tomar decisiones. Me quedo en las mismas. Usualmente, apenas llego a mi casa, lo primero que hago es sacarme los zapatos, ponerme pantuflas y sacarme la ropa interior. Sin ropa interior en la calle me siento desnuda, con ropa interior en la casa me siento enjaulada. Free the nipple, or whatever the fuck that means. I am not a motto kinda girl. Trends work hasta cierto punto. Amo la moda, no las tendencias. Amo las posibilidades que pueden ofrecer las prendas de ropa para expresar la forma de ser, sin palabras, y para ser creativo. Ser creativo dentro de la terriblemente tediosa rutina, a la que a veces me apego para darle cierto sentido a mi vida, y de la que huyo constantemente porque me aburre, me asusta y succiona mis ganas de vivir. Amo vivir con mis padres y a la vez sueño con decorar el pedacito de espacio que algún día será sólo mío. Mis padres me invitaron amablemente a considerar la posibilidad de independizarme. Panic in the attic. Lo cierto es que, en efecto, duermo en un ático. No me están botando de la casa, creo que ellos también aman que viva en casa porque hago mucho ruido, muchos chistes y las comidas en la casa se rigen por el reloj de mi estómago, mi madre me llama la muerta de hambre. Algún día me iré, no sé bajo que circunstancias. Creo que lo único de lo que depende esa decisión es ser financieramente auto sostenible. Mis estándares no son altísimos ni irreales, ni mucho más, pero no quiero resignarme, conformarme, etc, etc. Vivir con los estándares de mi padres no es posible actualmente, ni siquiera para ellos mismos. Por suerte son previsores, no son pretensiosos, y son sencillos. Son unas buenas cualidades que aprender de ellos. Mis papis han sido y siguen siendo mis mejores maestros. Amo a mis padres. ¿Puede uno amar demasiado a sus padres? Sufro de eso. Me cansa un poco la gente caprichosa, egoísta y ensimismada. A veces yo también me ensimismo y me canso de mí misma. A ratos me canso un montón y quisiera callarme la boca. Me cansan los que pitan apenas la luz del semáforo se pone verde. Amo caminar por las calles de la Floresta a pesar de que son un campo minado de cacas de perro. De pequeña era extremadamente tímida y eso me causaba un leve sufrimiento interior. Al graduarme decidí trabajar en ello y cambiar la situación. En algún momento todo se puso patas arriba y ahora no me puedo callar. Hablo hasta con el perro de la calle. Amo abrazar. Abrazo un montón. No hay nada más rico que abrazar, a quien sea, aunque tal vez no a un violador. A uno de esos quisiera cortarle los huevos con mi navajita suiza. Me encanta cuidar a mis plantitas y considero un éxito que no se me hayan muerto. Tengo un bonsai espiral, una suculenta, un cactus y dos baby orquídeas. Arreglo mi cuarto todos los días, porque lo desordeno todos los días, y sin embargo nunca está lo suficientemente organizado. Tengo muchos pendientes. Soy la emperatriz absoluta de la procrastinación. ¿Existe esa palabra es español? Me asustan los extremismos. Me molestan las generalizaciones. No entiendo la violencia. Me han explicado mil veces y sigo sin recordar como jugar cuarenta y qué diablos se hace con las facturas y los impuestos. Quiero volar, gritar, moverme, correr y bailar como idiota, pero es difícil salir del detenimiento existencial. El hamster está dormido en la rueda. De verdad no hay límites y la sensación de permitirse soñar y de ver más arriba de las antenas de los altos edificios es esperanzadora. Los sueños no tienen tamaño. Ando en busca de sueños. El otro día soñé con un Brad Pitt decapitado. Querer llegar alto no significa despegar los pies de la tierra, no significa olvidar las raíces. Significa querer superarse, sobrepasar los propios límites, llegar a lo más alto de uno mismo, a lo mejor de uno. a un lugar desde el cual la vista es inigualable, desde el cual hay perspectiva, desde el cual puedes dar una mano a los que suben contigo. Las nubes y las estrellas están al mismo nivel. Las escuelas deberían dar clases de filosofía y astronomía obligatoriamente, y ya que estamos deberían dar clases de cocina y de vida práctica, o sea impuestos, alquileres, sentido común y civilidad. Damn it! ¿Será que el mundo está de verdad de caída y nos moriremos ahogados en nuestros propio dióxido de carbono? Odio y amo a la humanidad. Me odio y me amo a mí. Debo ponerme primero la mascarilla antes ayudar a la gente que está a mi alrededor. Makes sense. Aunque aún así los aviones que caen, rara vez se salvan. Odio pensar qué necesito dinero para todo. Sólo quiero vivir y bailar y reír y hacer reír. Nada es gratis. La felicidad es deliciosamente impalpable. La vida es palpable. Lo palpable es caro. Voy a parar de escribir. La sangre me hierve en los dedos. Seguramente tendré dificultad para dormir. Reconozco el síntoma de la sangre hirviendo. La melatonina es todo en estos casos. Intento no tomar nada que sea adictivo. Estoy escuchando los Foo Fighters. Voy a apagar la pantalla de la compu y prender la de la tele. Delicioso. Sedante mental. Bye, for now. Can´t stop talking…

Del uso de la puntuación y otras ansiedades

En este punto del día, sin poder ponerle punto a mi día (semana o mes) siento que los elementos sobre mi escritorio se desbordan cual vaso de agua bajo un grifo abierto, cual hoyo en la arena cuando sube la marea, cual sensación de nauseas cuando uno se sienta muy cerca de la pantalla del cine, cual reacción vomitiva después de mezclar mucho trago barato, cual neblina de tabaco en un espacio abierto, cual cámara de fotos sin espacio en la tarjeta, cual lista de quehaceres con más ítems que espacio en el papel. (Mi madre siempre ha dicho que tengo una tendencia al dramatismo. Mis psicólogas (plural) me han corroborado que soy hiper sensible. Mi novio dice que estoy loca (lo dice con amor). Mi hermano dice que soy un monstruo (¿lo dice con amor?). Mis sobrinas dicen que no tengo cara de tía (cero autoridad)).

Los teje y manejes del día a día, de las relaciones laborales con públicos y privados, de los sempiternos trámites burocráticos (sempiterno es una palabra muy hermosa como para osar siquiera ponerla junto a la palabra burocracia, pido disculpas), los jodidamente podridos trámites burocráticos se van amasando en una tela que no tiene sentido ni función. Como dice el dicho, uno trabaja para vivir, y se encuentra viviendo para trabajar. La utopía de trabajar en lo que amas se le aplica a un 99.9% de la población mundial (fuente: yo misma), pero eso no quita que uno no ame su trabajo y todo lo que eso implica (dar lo mejor de sí, sonreír, ser amable y educado, dedicarle tiempo y esfuerzo, ser responsable, tomarse un café a las cuatro de la tarde y no después de las cinco para poder dormir y ser medianamente eficiente al día siguiente, comerse mierda de vez en cuando, perder un poco de tiempo por el sopor después del almuerzo).

En este punto del día el tráfico, el apuro, la rabia generalizada y los insultos a flor de piel, me recuerdan que es diciembre, el mes cristiano de la paz y la alegría. Yo misma, con un puño listo para pitar (odio pitar) y otro fuera de la ventana, me veo envuelta en la atmósfera de amor y tranquilidad que invade la ciudad. El smog tiene una tonalidad rosácea. Las cacas de perro en las calles de pronto son más abundantes. El consumo de objetos supera el consumo de tiempo familiar. Esta época del año se hace amar.

Observo algunas cajas que se apilan amenazadoramente junto a mi silla, recordándome que el cambio es inminente, que la mudanza va a ser traumática (¿no es todo cambio una especie de sacudida existencial? Digo traumática en el mejor sentido de la palabra, mami. Sí, soy dramática, yo sé) y que en efecto, en este punto del día, me encuentro en un limbo terrenal. Ni en esta ni en aquella casa. Ni en este ni aquel momento. En ningún lugar y en todos a la vez. Estoy fuera de mí. Los dedos en mi mano tipean este teclado, desgastado por el uso, mis ojos ven esta pantalla, entrecerrados porque un día decidieron ser foto fóbicos, mi cabeza late, mi corazón piensa (algo está mal ahí). Es un mundo extraño y maravilloso este por el que caigo sin gravedad, mientras me sirvo una taza de té que no se riega, y ojeo un libro que no comprendo.

¿Soy yo misma, ahorita, en este punto del día? ¿Soy dedos, sonrisas, respuestas y ojos autómatas? Si dejo a mis dedos a sus anchas no van a volver. Si cierro los ojos voy a dormir días seguidos hasta levantarse una madrugada a ver salir el sol, con una taza de café pasado en la mano, que abrace con su aroma mis fosas nasales, mi pensamiento y mi casa. Voy a sentir en mi estómago mil posibilidades y no voy a pensar nunca más en los intermediarios, los apuros, la sobre exigencia, la falsa sonrisa y la mediocridad. Voy a confiar en mis pies y voy a sacar a pasear a ese man que se pasa la vida encerrado en una coraza anti apocalipsis zombie (el miedoso de mi corazón). Suena demasiado bien. ¿Irreal? Mi padre, el soñador, diría que sí.

Es diciembre. Lunes. 4:33 de la tarde. Tal vez necesito otro café antes de dejar de procrastinar con este escrito catártico. Un paso a la vez. Ese es mi lema. Me ha servido en la montaña, ¿supongo que debe servir en la vida real? Y las cosas no están nunca mal, hasta que están mal. Eso lo sé con absoluta certeza.

(Mientras vuelvo a leer y editar el texto, ya son las 5:00. Se pasó mi hora del café. Qué importa. Quién necesita dormir de todas formas).

(Puntos suspensivos)

Porque sí

Quiero escribir. Mejor dicho, necesito escribir. Me vienen las ansias como me viene la necesidad de café por la mañana. El sol está por llegar a su cúspide. No hay una sola nube en un cielo que debería verse gris invierno, y se ve diáfano verano. Desde donde estoy sentada se ve todo muy bien. Ni siquiera diviso el tráfico que caracteriza las calles de Quito. Los peatones van lentos, los carros van lentos, el martillar en la construcción vecina va lento, los árboles que están cortando en mi calle para construir edificios caen lentos, y yo quiero ir a decapitar cual Kill Bill a los asesinos. (La violencia es extraña. Suelo abogar por la no-violencia, incluso en la elección de vocabulario a la hora de hablar y escribir, pero ésta de repente me viene al cuerpo, y al llegar a su máxima expresión, lo que hago es elegir una dicción, inconscientemente, más violenta, porque la verdad es que a veces no puedo ni matar una mosca, así que eligo matar con mis palabras. ¡¡¡Muere mosca, muere!!!)

Matar con palabras

Matar con palabras

He dejado de escribir porque empecé a trabajar… lo cual es gracioso porque un día pensé que mi trabajo sería escribir. Así que heme aquí, recogiendo las migajas de mis ganas de escribir para armar un par de parrafitos sin mucho sentido, ni objetivo, ni razón de ser. Si me preguntaran por qué, diría, porque sí.

Una paloma acaba de aterrizar en el edificio de enfrente. ¿Cómo se debe sentir posarse en el piso 10 de un edificio, así porque sí, porque es lo que uno hace? Luego ella y la compañera con la que se encontró en la esquina del piso 10 alzan el vuelo, así como si nada, y desaparecen de mi vista. Habrán ido a posarse a otro edificio, ver la vista, cortejarse un rato, abrir las alas otra vez y salir volando. Suena bien. Salir volando. Las palomas podrán ser bichajos sucios, pero por lo menos, dentro de la urbe, tienen el chance de eso, salir volando. Valga la repetición.

Feliz día dentistas!

Este es un poema que escribí para mi querida amiga Ana, quien, como ya debe ser obvio a este temprano punto del post, es dentista.

Poema del dentista

Cuando abres la boca percibo el aroma/ Por mucho que te laves los dientes antes de entrar, todo asoma/ El café de la mañana, el huevo de la ensalada / Y ese frejol, que nunca, nunca engaña/ Yo me hago la loca, y sonrío como si nada/ Al paciente, como a novio, se le quiere en las buenas y las malas/

Me río al ver sus intentos de balbuceo / Le pregunto de su vida, con con sus encias en mis dedos / ¿Cómo está tu hermano? / Grrrr, grrrr, grrr responde con ojos de dolor / mientras yo uso mi turbina sin ton ni son / Luego veo cómo se ahoga con su propia saliva / Succión! Succión! Me grito a mi misma / Pero llega la asistente y enseguida me auxilia/

Las manos del paciente se retuercen de dolor / Por mucho que yo le ponga cariño y amor / Al final del día todo se entiende / Eso pasa por no usar el hilo de dientes!

Del lunes y una caja de crayones

A veces, como hoy, no sé sobre qué escribir. Divago entre el gris de la tarde, el Totoro que cuelga de mi ventana, el color rojo que se ve a lo lejos y que corresponde al que solía ser mi colegio, los sombreros que descansan sobre mi sofá, el eterno desorden de mi escritorio, y otros pendientes que los tengo en mi lista de must-do’s desde hace más de un año. En serio, no se para que diablos tengo una agenda.

He intentado tener un día productivo, de esos que si alguien me pregunta que hice hoy, yo pueda decir, mucho. Entre mis actividades varias me dediqué a buscar poemas de Elizabeth Bishop, porque por casualidad leí uno de ella en la revista El Malpensante. El que leí se llama “El Arte” y habla de la habilidad de perder las cosas, de lo fácil que se domina, incluso el perder a alguien. Creo que difiero con ella en ese último punto, pero tengo que pensarlo más en profundidad.

Éste es el poema, es genial:

One Art 
by Elizabeth Bishop
The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

–Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

Volviendo al tema. Eso de pensar en profundiad es algo a lo que le he estado huyendo últimamente, por pereza, por que me da dolor de cabeza, y porque me da insomnio. Debo admitir que pensar en profundidad es un hábito, por lo tanto se adquiere con la práctica… y aunque a primera vista sus beneficios se me antojan placenteros, creo que a largo plazo pueden ocasionar algún tipo de locura, posiblemente irreversible…. por suerte.

Después de haber enviado la edición de una entrevista en la que trabajé en conjunto con un recién hallado colega empecé a tomar té rojo. Es bien fuerte la pendejada. Dicen que tiene propiedades de esas que son buenas para la salud, pero huele a diablos. Me lo terminé igual. Todo sea por la propiedades.

Hablando de propiedades. Charlie me regaló el otro día uno de los regalos más chéveres que me han hecho en mucho tiempo, una caja de crayones, la de 64 crayones de Crayola. Me sentí como niña de cincos años y no pude evitar dejar de lado todo lo que estaba haciendo (entre esas cosas escribir mi novela que algún día me ganará el premio Nobel de literatura) y me puse a pintar. Los que me conocen, o tienen algún tipo de noción artística, saben que carezco de este tipo de habilidades, pero me emocioné igual y el resultado fue este:

la emoción de los crayones nuevos

un intento de montañas al anochecer. Y es que si tienen algo de mágico las montañas, casi a cualquier hora del día. Quisiera decir que fue mi subconsciente el que estaba hablando por mí y de ahí salió este casi psychadelic dibujo, pero no creo que fue así.

No soy de esas artistas que se dejan llevar intuitivamente por sus pensamientos o sentimientos. Casi todo lo paso por ese filtro de raciocinio mío, tan inevitable como insoportable, ese que no me deja dormir.

En fin. La caja de crayones es genial y pienso darle uso total y absoluto.