Breve comentario sobre el frío, el viento y los opuestos 

El río corre más caudaloso esta noche. Hace no pocos minutos una deliciosa tarde verdegris trajo consigo tal vez los últimos resagos de las lluvias de invierno. Los meses anteriores el frío se posó sobre la ciudad como si se tratara de una pesada sabana que se había perdido en el viento, pero un buen día fue abandonada por la corriente y cayó víctima de la inevitable gravedad. Estos días el implacable sol ha decidido recuperar su reino sobre las montañas. Las mañanas amanecen pintadas de amarillo y azul. Veo la luz con nostalgia, porque no me significa nada sin su opuesto. Amo la luz, pero no la puedo tocar. En cambio, ya me he parado en el filo de la oscuridad y a regañadientes nos hemos hecho amigos. Hace unos 10 años, o tal vez más, un vendaval ladrón llegó y en un instante de ingenuidad, se llevó mi corazón. Lejos de aquí. Lejos de mí. Mi pecho vacío desde entonces se hipnotiza con la llegada del helado viento y reclama lo suyo. Siempre fui enamoradiza y no me arrepiento. 

La casa está vacía. Dejé la ventana abierta. No la cierres, me gusta el frío.

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