Intensidad

Con qué facilidad soñaba antes. Ponía un CD de música clásica, me echaba en la cama viendo al vacío, y mi mente flotaba hacia prados de trigo y cebada. No sé de dónde provenían los prados, no eran un evento recurrente de mi pasado. Hasta ese momento solo una vez me había visto corriendo en un campo, escondiéndome de mi mejor amigo y a quien con nueve años ya secretamente amaba. Tal vez era el efecto de las imágenes de películas románticas donde los personajes melancólicos divagaban por colinas cubiertas de trigo seco, sumidos en la intensidad de sus emociones.

Ahí me encontraba yo, de 14 o 15 años, caminando en prados bañados por un sol de media tarde, sintiendo las espigas con las puntas de los dedos, y dejando que el viento enrede mi pelo y acaricie mi cara con su helada mano. La profundidad de los sentimientos era tanta, ahí acostada sobre el suave edredón de mi cama adolescente, que se convertía en física la presión sobre mi pecho. Ese sueño tejido ingenuamente sobre la serenata para cuerdas en E Mayor, Op. 22, B. 52: II. Tempo di valse de Dvorak, se diluía con la realidad. La insoportablemente deliciosa nostalgia que nacía de este cruce de mundos era tan dolorosa como placentera. Echo muchísimo de menos echarme en mi cama de niña que ya no era niña, ver a la nada (todo), fundirme con la música, y sentir con toda mi sangre exaltada, la inaguantable dicha de volar por paisajes inexistentes. Las palabras se quedan cortas en comparación a la fuerza con la que sentían (¿sienten aún?) mis átomos.

Pienso en ello y lloro. Sin embargo, siempre fui de lágrima fácil.