El último domingo del invierno

La canción típica que ponen en todos los matrimonios quiteños (todos a los que yo he ido, que son pocos, pero como son los que conozco equivalen a todos los del universo) apenas si se oye bajo los gritos, risas y advertencias de seis personas que emanan un vapor caliente con leve olor a perro mojado. Sobre este tumultuoso turco antropomorfo cae una tormenta ecuatorial de esas que absuelven pecados. Por un lado una neblina lechosa abraza a la ciudad, por el otro un granizo violento la castiga. Te amo, pero te odio. El sumum de la existencia misma. Este aguacero tropical golpea un carro que navega a ciegas por los ríos de la capital. Un vaho espeso se ha apoderado de los vidrios del vehículo donde viajan las seis personas que desprenden vapores emparentados , convirtiéndolo en un lienzo temporal donde los dedos de la imaginación dibujan vampiros y conejos de pascua. Dentro de esta lata de sardinas el cerebro se deja hipnotizar por el ritmo de música, tormenta, conversación, empujones y todo lo opuesto al silencio. Es un momento familiar ensordecedor, en el cual, la figura de la madre limpia diligentemente el vidrio del conductor, que se mueve con experiencia a través de la neblina interna y la externa.

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