Del uso de la puntuación y otras ansiedades

En este punto del día, sin poder ponerle punto a mi día (semana o mes) siento que los elementos sobre mi escritorio se desbordan cual vaso de agua bajo un grifo abierto, cual hoyo en la arena cuando sube la marea, cual sensación de nauseas cuando uno se sienta muy cerca de la pantalla del cine, cual reacción vomitiva después de mezclar mucho trago barato, cual neblina de tabaco en un espacio abierto, cual cámara de fotos sin espacio en la tarjeta, cual lista de quehaceres con más ítems que espacio en el papel. (Mi madre siempre ha dicho que tengo una tendencia al dramatismo. Mis psicólogas (plural) me han corroborado que soy hiper sensible. Mi novio dice que estoy loca (lo dice con amor). Mi hermano dice que soy un monstruo (¿lo dice con amor?). Mis sobrinas dicen que no tengo cara de tía (cero autoridad)).

Los teje y manejes del día a día, de las relaciones laborales con públicos y privados, de los sempiternos trámites burocráticos (sempiterno es una palabra muy hermosa como para osar siquiera ponerla junto a la palabra burocracia, pido disculpas), los jodidamente podridos trámites burocráticos se van amasando en una tela que no tiene sentido ni función. Como dice el dicho, uno trabaja para vivir, y se encuentra viviendo para trabajar. La utopía de trabajar en lo que amas se le aplica a un 99.9% de la población mundial (fuente: yo misma), pero eso no quita que uno no ame su trabajo y todo lo que eso implica (dar lo mejor de sí, sonreír, ser amable y educado, dedicarle tiempo y esfuerzo, ser responsable, tomarse un café a las cuatro de la tarde y no después de las cinco para poder dormir y ser medianamente eficiente al día siguiente, comerse mierda de vez en cuando, perder un poco de tiempo por el sopor después del almuerzo).

En este punto del día el tráfico, el apuro, la rabia generalizada y los insultos a flor de piel, me recuerdan que es diciembre, el mes cristiano de la paz y la alegría. Yo misma, con un puño listo para pitar (odio pitar) y otro fuera de la ventana, me veo envuelta en la atmósfera de amor y tranquilidad que invade la ciudad. El smog tiene una tonalidad rosácea. Las cacas de perro en las calles de pronto son más abundantes. El consumo de objetos supera el consumo de tiempo familiar. Esta época del año se hace amar.

Observo algunas cajas que se apilan amenazadoramente junto a mi silla, recordándome que el cambio es inminente, que la mudanza va a ser traumática (¿no es todo cambio una especie de sacudida existencial? Digo traumática en el mejor sentido de la palabra, mami. Sí, soy dramática, yo sé) y que en efecto, en este punto del día, me encuentro en un limbo terrenal. Ni en esta ni en aquella casa. Ni en este ni aquel momento. En ningún lugar y en todos a la vez. Estoy fuera de mí. Los dedos en mi mano tipean este teclado, desgastado por el uso, mis ojos ven esta pantalla, entrecerrados porque un día decidieron ser foto fóbicos, mi cabeza late, mi corazón piensa (algo está mal ahí). Es un mundo extraño y maravilloso este por el que caigo sin gravedad, mientras me sirvo una taza de té que no se riega, y ojeo un libro que no comprendo.

¿Soy yo misma, ahorita, en este punto del día? ¿Soy dedos, sonrisas, respuestas y ojos autómatas? Si dejo a mis dedos a sus anchas no van a volver. Si cierro los ojos voy a dormir días seguidos hasta levantarse una madrugada a ver salir el sol, con una taza de café pasado en la mano, que abrace con su aroma mis fosas nasales, mi pensamiento y mi casa. Voy a sentir en mi estómago mil posibilidades y no voy a pensar nunca más en los intermediarios, los apuros, la sobre exigencia, la falsa sonrisa y la mediocridad. Voy a confiar en mis pies y voy a sacar a pasear a ese man que se pasa la vida encerrado en una coraza anti apocalipsis zombie (el miedoso de mi corazón). Suena demasiado bien. ¿Irreal? Mi padre, el soñador, diría que sí.

Es diciembre. Lunes. 4:33 de la tarde. Tal vez necesito otro café antes de dejar de procrastinar con este escrito catártico. Un paso a la vez. Ese es mi lema. Me ha servido en la montaña, ¿supongo que debe servir en la vida real? Y las cosas no están nunca mal, hasta que están mal. Eso lo sé con absoluta certeza.

(Mientras vuelvo a leer y editar el texto, ya son las 5:00. Se pasó mi hora del café. Qué importa. Quién necesita dormir de todas formas).

(Puntos suspensivos)

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