Una pequeña historia sobre mi tormentosa relación con la bici

No soy una ciclista frecuente. ¿Cual es el grado inferior a frecuente? Ese es mi nivel de ciclista. La bici y yo no nos llevamos muy bien. Aprendí muy tarde a andar en bici sin rueditas laterales, casi a mis diez años, y gracias a la eterna paciencia de Juan, el guardián de la finca, quién semana tras semana corría cogiendo mi timón y asiento. El momento que él me soltaba, yo sucumbía a la gravedad y me iba al suelo en cámara lenta. Notaba en su cara la incomprensión ante mi incapacidad motora, pero yo se lo pedía otra vez y el volví a correr junto a mí. Un buen día Juan soltó el manubrio y yo, con una inexplicable fuerza de voluntad o porque tenía mucho aire dentro de los pulmones, seguí pedaleando sin dejarme caer, hasta que llegado un punto noté que no sabía curvar y me detuve sorprendida. Fue un día glorioso.

De ahí en adelante pude seguir a mi hermano menor, cuya habilidad ciclística apareció antes que la mía, y corría por los caminitos de la finca como amo y señor del territorio. Volaba como golondrina, tomaba las curvas con temeridad, y lograba que el obeso french puddle que teníamos, Puppi (nombre que tomó del apellido de un decorador de interiores italiano, amigo de mi padre), lo siguiera frenético de arriba para abajo. Yo hacía lo que humildemente podía, o sea hacerme la dura y pretender que podía hacer lo mismo que él. Incluso recuerdo que un domingo cualquiera llegaron de casualidad unos amigos de mis padres, con un hijo como de mi edad. Yo, que desde siempre tuve una tendencia enamoradiza, supe ese instante que debía hacer notar mis recientemente adquiridas destrezas en la bicicleta. Mientras ellos saludaban con mis padres, yo salí rápidamente a coger mi transporte. Empecé a pedalear como poseída y justo el momento que las visitas salían al patio para ver dónde estaban los niños de la casa yo cogí una curva a toda velocidad, derrapé en el caminito húmedo por la lluvia y fui arrastrándome con bicicleta y todo hasta unos metros más adelante. Apoteósico.

Mi hermano menor el bólido

Mi hermano menor, el bólido

Me quedé helada en el piso, quieta como el ladrillo sobre el cual apoyaba mi cara, y esperé unos instantes para levantarme y ver como manejaría esa vergonzosa situación. Con diez años ya sabía perfectamente como se sentía la vergüenza, la timidez, el enamoramiento, el enojo, y otros sentimientos esenciales. El descubrimientos de ellos sería en lo que más ocuparía mi mente desde el día que descubrí que sentía algo que no era tranquilidad y regocijo.

Al levantarme pude ver que no había nadie en el jardín. Los invitados habían entrado a la casa y mi caída había sucedido justo frente a unos árboles que crecían junto al caminito. Pensé con un poco de alivio que seguramente el niño al que intentaba impresionar no había visto nada. Entré a la casa con mi suéter gris todo lleno de lodo y unas heridas en el brazo que se ocultaban bajo las mangas. Saludé. Nadie preguntó por mi caída, lo cual sólo podía significar que no habían sido testigos de mi vergüenza absoluta. Me puse roja como yo solita podía ponerme y fui a encerrarme a mi cuarto. Nunca más osaría estar en la presencia de ese niño. Nunca más en la vida. Lo juré por mi abuelita.

En otro tiempo y otro lugar (a los quince años en Galápagos), cuando iba a visitar a mi familia materna durante las vacaciones de verano, mis experiencias con la bici no empeoraron. Después de superado ese desafortunado evento volví a coger la bici. Estaba resuelta a no quedarme atrás de mis primos. Era la única prima mujer y tenía que demostrar que lo que decía mi querido tío Lobo era verdad. Él me decía que yo era la princesa de la casa, me cantaba canciones con la guitarra, y les decía a mis primos que tenían que cuidarme y portarse bien conmigo. Tal vez me tomé un poco en serio lo del papel de princesa, porque cuando jugábamos a Mario Bros, yo era la Princesa, y todos mis primos eran mis valientes defensores. Pero bueno, en vista de que no había otra niña, creo que tenía sentido que el personaje de la princesa lo tomase yo.

En Cristóbal, entre otros juegos que nos entretuvieron horas, días y meses sin parar, solíamos andar en bici. Como yo era más alta que mis primos cogía la bici de mi tío Carlos, mi grandote tío Carlos. Él era un señor intimidante, por su altura y pose seria, su pelo gris y puntiagudo, su voz autoritaria y su gran parecido a mi abuelito Carlos a quien nunca conocí. Coger su bici suponía para mi una gran responsabilidad. Me sentía poderosa.

No recuerdo haber tenido graves caídas con la bici de mi tío en Galápagos. Sólo recuerdo que pude notar una tendencia mía, que me ha perseguido hasta el día de hoy, y que nunca entendí su origen. Mientras pedaleaba en la calle, a veces sola, a veces con mis primos, habían carros y otros obstáculos con los que nos cruzábamos y a los que había que evitar. Mis primos y hermano pedaleaban rápidos y certeros, superaban el obstáculo, y seguían su camino. Yo, casi siempre atrás, para que por si acaso me cayera mis primos no me vieran, pedaleaba con fuerza hasta que de repente mis piernas empezaban a temblar y me dirigía inefablemente hacía el obstáculo, casi siempre un carro. Nunca entendí porque mis manos, que cogían el manubrio con tanta fuerza, no podían girarlo y así alejarse del agujero, poste o parecido. Nunca me pisó un carro, pero decidí que debido a mi tendencia hacía el objeto peligroso, la bici tal vez no era para mí.

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

A mi me llevaban en la bici cuando aún no sabía andar sin rueditas

Hoy fui al Parque Metropolitano a montar bicicleta con mi novio. Hace casi un año me compré una bici hermosa. (Me dio un arrebato en el cual me puse a pensar que yo podía ser la siguiente campeona de las carreras de bici de aventura). Mi novio me hablaba de frenos hidráulicos, de suspensión no se cuantito, de marcas no se qué. Finalmente, a la hora de elegir la cuestión, mi decisión se basó en que la bici era plateada y tenía dibujadas unas alas en amarillo fosforescente.

Mientras íbamos camino al parque, un año después de haber comprado mi bici plateada y tenerla parqueada en la sala de mi casa, recordé un día que salí a montar bici con un amigo deportista. Ese día me sentía más valiente de lo normal. Subí y bajé por el Chaquiñán perfectamente. Doblé las rodillas, bajé los codos y casi al final del paseo se me planteó la siguiente situación: 1. El camino por el que pedalean todos los ciclistas y sobre el que pedaleaba yo. 2. Un viejito que caminaba tranquilo por su lado de la vía. 3. Una acequia. Yo veía el camino sobre el que debía seguir, pero la bici se dirigía imparable hacia el viejito. Intenté virar el manubrio, intenté frenar, pero ya era demasiado tarde. Lo único que pude hacer fue meterme de nariz a la acequia y así, evitar asesinar a un inocente señor.

Hoy, un ventoso domingo de finales de agosto, bajamos las bicis del carro, les pusimos las llantas, y mientras arreglaba mi casco nuevo (regalo de mi novio para animarme a pedalear), ya quería echarme para atrás. La huevada del casco que sirve para ajustar me apretaba demasiado y viéndome en el reflejo del carro, corroboré una vez más que mi cabeza es más grande de lo normal. Mierda.

Bueno. Vamos ahí.

– Pónle en 2, 1 porque nos toca subida.

Listo. 2,1. Pedalea, pedalea. Todo bien. Hay un tronco en una zanja en el camino.

– Pedalea y pásale nomás.

– ¿Estás loco?

Me bajo de la bici, cruzo la zanja y me vuelvo a trepar.

– Chuta, por ahí hay unos chapas probando sus motos. ¿Si los ves? Qué tontera. Vamos por la quebradita.

– ¡Estás loco! ¿Una quebrada? ¡La quebrada del mal!

Me bajo y llevo la bici en la mano. Salimos de la quebradita y me vuelvo a trepar.

– Vamos por este lado. Así damos la vuelta al parque por abajo.

Hay una bajada pronunciada.

– ¡Nooooo! Te digo que quiero aprender, no morir. Ya he visto esa bajada, es la bajada de la muerte.

(Cuando estoy en la bici, todo desnivel topográfico supone una amenaza mortal).

Mi novio respira con profunda paciencia. Cogemos otro camino. Súper bien. Todo bien. Subida, check. Bajada aprendiendo a pararme flexionando las rodillas y etc etc, check. Hay una subida empinada.

– Dale, amor. Si logras subir esto sin parar te invito a almorzar.

– ¡No necesito que me invites nada, yo no quiero nada! ¡Sólo quiero ser feliz! Déjame en paz.

Para mis adentros me propongo subir la bendita cuesta y ganarme ese almuerzo. Justo al final del todo, cuando mi novio me alienta desde arriba, empiezo a dirigirme hacía un árbol.

– Mierda bici, ¡vira!

La bici no me hace caso. Me voy contra el tronco y ahí quedó el almuerzo.

Me viene a la mente otra ocasión en la que salí a pedalear al parque con una amiga que es profesional en todos los deportes de la galaxia. Ese día logré superar charcos y lodazales y en el punto más recto del camino, y sin siquiera haber estado pedaleando, me caí de la bici y me raspé la rodilla de lo lindo. Ella no se explicaba lo que acababa de presenciar.

En fin, así sucedió esta tarde ciclística. Insulté al pobre de mi novio todo el camino, pero sobreviví. Incluso logré coger un poco de velocidad en las bajadas, las cuales son mi debilidad, hasta que en una de ellas empecé a ir muy rápido, mi vida pasó frente a mis ojos, intenté frenar, la huevada patinó y no se cómo no me boté para salvarme. Seguí pedaleando.

– ¡Qué bien, amor!

– No me hables.

Al final del paseo fuimos a comprar un jugo de zanahoria con naranja, y ya sentados en el filo de la vereda le digo a mi novio,

– Qué chévere estuvo. Te amo.

– Yo también.

– ¿Mucho?

Silencio sepulcral.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s