Oda al dolor de estómago

Debería escribir. Debo escribir. Necesito escribir. Duele tanto el estómago, todas esas palabras ahí alborotadas y sin vía de escape. Sentimientos convertidos en palabras, heridas convertidas en palabras, sueños convertidos en imágenes, compuestas por palabras. Mi relación con ellas es de odio-amor-odio. Les gusta atorarse en mi garganta, retorcer mis intestinos con sus inocentes manitas, y saturar mis conexiones neuronales. No encontrar la palabra exacta es tan desagradable. No. Desagradable no es la palabra que busco. No encontrar la palabra exacta, en el momento exacto…. sólo me recuerda cuan necesario es en mi vida recuperar lo que en algún momento fue mi mayor consuelo, el hábito de la lectura.

(La palabra que busco es no. NO).

¿Qué puedo hacer? Sólo ir una vez a la semana a una psicóloga a la que ni siquiera pago yo. He de ser honesta, vivir del idealismo es poco práctico. Los sueños no aterrizados son una cruel manera de someterse a innecesarias horas de frustración. La crueldad funciona de diversas y maravillosas maneras. En mi mundo (entiéndase pequeña burbuja de privilegios y oportunidades) la más cruel de todas soy moi même. Nadie es más estricto policía, ni mayor castigador. ¿Tiene alguien un silicio? Auto flagelación, yes please. 

Intento escribir claro y duro, como dijo por ahí Hemingway sobre aquello que duele. Hoy me duele el estómago. ¿Exagerada? ¿Porqué no? Si no cómo voy a lograr explicar que tengo un bicho en la tripa mishqui. Una culebra. Posiblemente la solitaria. Va comiendo, mordisquito a mordisquito el intestino grueso. Todos esos momentos en los que callo todos los no que debería decir y no dibujo mis fronteras. Constante estado de guerra. Eso es lo que significa no saber dibujar la frontera. Los traspasadores perpetran, y la policía se la carga no contra ellos, sino contra la guardia de la frontera que no existe. ¿Cómo los dejaste pasar? ¡Mushpa! No creo en el alambre de púas. En lugar de eso sólo tengo la palabra. Elusiva. Ambigua. Efímera. Apolinia. Hiriente. Caduca. Adecuada. Infinita. 

Una nube de polvo blancuzco cubre el valle. El té verde se siente amigable en la garganta. Los dedos no están conectados a la mente. Escriben titubeantes. La panza está en tensión, y con ella la respiración. Cuando cierro los ojos estos se humectan bajo la protección del párpado. Arde un poco. Cuando los abro vuelve la cortina de polvo. Mi boca está seria y al primer atisbo de paz (una canción, una sonrisa, un mensaje amable, una posibilidad) no puedo evitar querer reir. 

Mis fronteras son de colores, morfológicamente indescriptibles, a veces invisibles… y a veces desaparecen. Los traspasadores son más de los que quiero contar, pero cada vez serán menos. Si hace falta, mi ejército de crayones (vamos ahí, niña de mi corazón) tendrá una encarnizada lucha con ellos, en los que la única herida jamás será generada, porque la lucha se limitará a un simple palabra que empieza en n y termina en o.

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