La suculenta

La suculenta se está deshojando. Falta de agua tal vez. O falta de amor. La observo. Me nace quererla, de verdad. Incluso me provoca pena, con su tallo frágil y sus cada vez menos hojas. Pero olvido regarla, observarla, cuidarla (a pesar de que está justo frente a mí en mi escritorio). Sí la quiero, de verdad.

Mi abuela me recomienda que hable con las plantitas, que ellas lo sienten y crecen mejor. Lo he intentado, pero me siento rara. “Hola plantita, ¿qué tal?”… “¿Porqué estás suicidándote lentamente?”. La plantita me observa impávida. ¿Será que no quiere vivir? Cuando mi abuela estuvo aquí la trasplantamos porque su otra macetita, que compartía con otro tipo de suculenta, ya le quedaba chica. (Que linda palabra, suculenta). Pensé que así reviviría. El cambio, siempre crítico, debe forzosamente traer crecimiento, ¿no?. Mi suculenta usa bastón para sostenerse y mantenerse erguida, la pobre.

Volviendo al otro tema, tengo una tía que mantiene largas conversaciones con sus plantas. ¿De qué tanto hablarán? En todo caso, su jardín crece cual selva amazónica.

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