Niña perdida

Rondando los abismos de la negatividad. Es tan fácil quejarse. Culpar de todo a todos. Resignarse a que todo está mal y que no podemos hacer nada al respecto, porque así nos libramos del esfuerzo. Si algo no tiene remedio, ¿por qué seguir intentándolo? Incluso dejamos que otros se salgan con la suya. ¡Qué pereza pelear! Todos somos tercos y necios y todos tenemos la razón. Siempre. Universalmente. Mucho complejo de Dios diría yo. No creo que sea muy saludable. Además ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está bien o mal? La eterna ética. Siento a Aristóteles intentando decirme cosas, pero no lo quiero escuchar. Yo sé lo que está bien. Creo. Sé lo que sé, y eso es nada. Cada intento de descifrarlo todo, algo, la muerte, la felicidad, el desorden, la amistad, la verdad, me pierdo en mi propia cabeza, y al final del día, no hay quien me saque de ahí. Una niña perdida, de los niños perdidos que viven en Nunca Jamás. Esa es mi dirección si alguien alguna vez necesita encontrarme. “Second to the right, and straight on till morning (..) always at the time of sunrise”. Imposible perderse.

La niña perdida se sienta al filo del abismo negro. Algo parecido a los cráteres de la Luna. Desolados. Agrestes. Solitarios. Grises. Sombríos. Fríos. La caída parece ser fatal, pero la niña no va a caerse. Sólo ve la vista, extrañada. Lo amplio que se ve hacía el horizonte, sin alcanzar a ver el horizonte. Y lo oscuro que se ve abajo. Más que oscuro, negro imán. Negro hoyo negro, negro incertidumbre, negro miedo. Negro.

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De repente el paisaje empieza a mutar. Se mueven las rocas, se abre la tierra, salen árboles enormes, baobabs, una flor vanidosa y necia que se cree la reina del planeta. El cielo gris se pinta de nubecitas naranjas. Empieza a salir el sol allá a lo lejos en ese horizonte que no se ve. Un poquito de calor. Unas canciones de Rodriguez. Unos rayitos de luz. ¡Vaya abismo más bonito! El fondo es negro, pero ya no tanto. Unos pajaritos vuelan sin rumbo. Todo se observa en silencio. La hierba crece bajo sus manos, el abrazo del viento la levanta. El fondo de verdad no es tan negro, ni tan profundo. Y la noche no es tan oscura. Y la sombra no es un fantasma. Y la caída no es fatal. De verdad que no. Allá abajo corre el agua, con sus zapatos deportivos y su ipod en shuffle. Le gusta sorprenderse con la música que sale al azar, y luego, sólo dejarse llevar y seguir su curso. Para siempre.

Running Water

Niña perdida de mi corazón, si te acompaño al fondo del abismo, ¿prometes no dejarme nunca? ¿Dejamos este lugar conocido? ¿Dejamos este cómodo sofá? ¿Dejamos los zapatos de plomo que alguien nos puso un día? ¿Dejamos el enojo? ¿Dejamos esa gente de máscaras cuadradas? ¿Dejamos las formalidades, los procesos y los sistemas? Abajo habrá poca gente, no sé. Tal vez unos cuantos ciudadanos del abismo verde, verdes ellos también. Raros, muy raros. Cantan en voz alta, bailan por la calle. ¡Van desnudos! Qué ligeros. Qué alivio.

Parece que va llover. Se anuncian unos truenos a lo lejos. La luz dentro del cuarto se opaca y el blanco del cielo se difumina y lo envuelve todo en una especie de humo. Suena una sirena. Suena el teléfono. Las uñas fueron recortadas, recogidas, y tiradas al basurero. El celular se está descargando. Nosotros seguimos quejándonos porque es lo más fácil, y actuar, es lo más difícil. Y seguimos mintiéndonos, porque es lo más fácil y la verdad es más difícil.

Es hora de hacer café. A la niña perdida le gusta el chocolate con leche. Le gusta muy caliente y con galletitas. La niña perdida no está perdida. Sabe exactamente lo que quiere. La perdida, soy yo.

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