Estampida de fantasmas

Cual cuerpos fantasmales que pasan en manada
La neblina se acerca lenta y silenciosa
Con un dedo en su boca para que todo
El ruido, el enojo, la tristeza, el miedo
Todo los gris que se lleva dentro
Se calle y se funda en lo misterioso

La mente humana
Trapidante, incesante, estresante
no anticipa la llegada fantasmal
Y sin saberse capaz se pierde
Las pupilas se tornan blancas
Y con ellas, los pensamientos

Cuando llega la neblina
El mundo es mar en calma
Místico, hinotizante, hermoso
Todo es tranquilidad
El misterio envuelve la vida
No hay más allá que la propia nariz
No hay.

Son los fantasmas
“Yo misma” en todas sus formas
Que con sus gritos apagados
Vienen a quitarse las cadenas
Esas que llevamos en los pies
Y arrastramos cual sueños muertos

Miedos hechos cadaver
Sombras hechas cuerpo
Compañeros, luna tras luna
Da pánico verlos arrastrándose con nosotros
Da pánico dejarlos ir

La soledad del “sí mismo”
es peor que ese temor putrefacto al que llamamos “pero”
Pero no hay “yo mismo”, sólo hay yo.

La neblina viene
A pesar de todo
Con su vestido de novia casta
Sus intenciones traslúcidas
Si uno pudiera más que soltar la cadena
Y alargar la mano

Al calor del vacío
A la libertad del desapego
A la propia verdad

Cuando viene la neblina
Llega la paz.

Llega la neblina

Llega la neblina

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One thought on “Estampida de fantasmas

  1. La neblina se vuelve una suerte de revelarse como escusa, de saberse escusa, la calle (esa vena indomable de la ciudad) son las argollas de una cadena que está por develarse en el acto, la mentalidad acorralada por los sonidos de un grillete que se arrastra, o viene arrastrándose con la niebla; la escusa es la llegada de una revelación que desampara el yo y a la vez lo acoge, como un juego de neblinas en forma de olas, lo andino simulando ser mar… a decir esto veo todo como una mente en blanco, pero decir “blanco” ¿es ciertamente calma? En un cuarto luminoso, donde es difícil ver o bien “examinar” los parajes andinos cuando se llenan de neblina, lo que se ve con única exactitud es, a decir verdad, la nariz: “No hay” más… ¿no se necesita ver más? No, no es necesario cuando la nariz es el fantasma de uno, reconocer lo fantasmal que es uno, la nariz, el respiro que precede ese “grito apagado”: “La soledad del “sí mismo” / es peor que ese temor putrefacto al que llamamos “pero” / Pero no hay “yo mismo”, sólo hay yo.” Hay un sentido de la paz que parece llegar a momentos en ese desamparo del “solo yo”, “pero solo yo”, el confín de mi cuerpo cercado por cadenas.
    Hay unos versos asombrosos, en mi más humilde y desentonada crítica y apreciación, pero me quedo con ese enunciado, asombroso. Gracias por compartir este poema, un fuerte abrazo!

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