Dos bichos raros (o un domingo de malhumor)

Encuentro que en Quito hay una falta de espacios públicos donde la gente pueda encontrarse (parques, plazas, cafés, boulevares) además de la ex plaza Foch, y una cierta zona en Cumbaya. Mi mente se pierde por completo a la hora de pensar en algún lugar chévere donde ir a tomar un café, sola o acompañada. Tal vez es culpa mía este desconocimiento en cuanto a cafeterías y bares interesantes que inviten a entrar y quedarse. Si alguien sabe de alguno chévere, tipo cucho oculto en calle desconocida, por favor pasar el dato.

He visto que llegado el domingo, como éste por ejemplo, y no hice ningún plan, me entran unas locas ganas de salir de la casa y tomarme un buen café… así que divago, ¿Dónde ir? ¿Dónde ir? Y mi mente me traiciona, porque acabo yendo al mismo lugar de siempre. Me declaro mala hierba de ese lugar. En la semana, incluso sin haberlo premeditado, de alguna manera u otra, termino en ese lugar. Tal vez ahora que empecé a trabajar tenga una oportundiad de salvarme a mí misma del tedio de la rutina y de la falta de lugares a los que salir, urbanos me refiero.

Creo que mi papá se encontraba en la misma situación dominguera que yo, así que decidimos salir a tomar un café a este, el mismo lugar de siempre. Hay dos cafeterías por ahí, además de restaurantes y demás. Yo eligo siempre ir a una ecuatoriana. Junto a este hay una competencia colombiana, y ¿porqué no apoyar el producto nacional si es un producto bueno? El ambiente en esta zona es chévere, por eso no me puedo quejar. De aspecto cuasi mediterráneo, con terraza, mesas fuera, familias tomando helados enormes con crema, chispitas de chocolate, salsa de mora, crêpes y cafés.  Cuando cae la tarde, se van los últimos rayos de sol, y se siente más fresco el viento, es un buen lugar donde estar. Pero claro, es el veintiúnico de este estilo, y mis ganas de ir allá están llegando a su límite.

He notado que aquí, y tomo este como ejemplo específico, intento huir de las peligrosas generalizaciones, más de la mitad de la gente no va por el café, o por el salir de casa y la rutina. Es más, cómo yo, terminan viniendo aquí por rutina. Mi motivación ulterior es realmente salir, escapar de los confines de mi mente, y sumirme en el sopor del café, pero la motivación de muchos de los personajes que veo pasar junto a mi es mucho más simple, que no sencilla: farandulear. Vaya. No me voy a eximir. Tiene algo de divertido el voyeurismo, en principio inocente. Ver pasar a la gente, ver sus caras, cómo van vestidos, qué hacen. Pero es una diversión totalmente vana cuyo objetivo es el de distraer la mente de la propia existencia (algún rato me explayaré más sobre este pensamiento)…. y es una diversión que en pocos minutos pierde su gracia, más aún cuando la gente que pasa parece toda cortada con la misma tijera. Lo que quiero decir es, que no por ser humano significa que tenemos que ser todos iguales. Esa es una faceta que se debería superar después la adolescencia. En fin, parecería que aquí en este medio, es lo contrario, no sólo no se supera, sino que se extiende eternamente. Bajo el lema de quiero ser diferente, lo que realmente logran es ser todos bastante parecidos, por ponerlo amablemente. Se alega diferencia, pero se teme sobre manera llamar la atención al ir vestido de autenticidad

Como papá y yo sólo queríamos salir un rato de la casa, llevamos con nosotros quehaceres: papá sus cómics, yo, mi pequeño diario. Un capuccino, una pasta de piña, un mil hojas y un jugo de mandarina después, seguimos sentados, ocupados con nuestros menesteres.

Noto que la gente que llega nos regresa a ver, no sólo casualmente, como ven al resto de personas que están por ahí deambulando. Se toman una fracción de segundo más, como si fueramos dos bichos un tanto inusuales (lo somos). Me distraigo un momento de mi escritura y veo el modus operandi que ya no me es para nada desconocido. La gente llega muy bien ataviada, todos los detalles se han considerado con sumo cuidado: pelo, reloj, joyas, zapatos de tacón, cartera, camisa, gafas… etc. Entran, rara vez solos, y regresan a ver con mirada sería y especulativa al resto de gente ahí presente. ¿Hay alguien conocido? ¿Hay alguien aqui que valga la pena saludar? ¿Hay alguien aqui que sea testigo de su entrada aparentemente triunfal? El chiste es el siguiente, ver y ser visto. Si uno va, y no hay nadie ahí que lo corrobore, supondría una especie de pequeño fracaso. 

En otros lugares, y sin generalizar, la visión de una persona leyendo o una persona escribiendo en un espacio público, un café, o tal, no es raro, sino lo contrario. No es sospechoso ni preocupante. Pero en este lugar hay un temor casi explícito de ir a un lugar público y estar sólo. No se puede estar sólo, ¿está loco acaso? Debe ser uno de esos personajes alternativos que ahora tan de moda se han puesto.

Uno podría, en efecto, ir sólo y ponerse bajo la mirada inquisitiva (del sustantivo inquisición, léase con la connotación que se prefiera) y sentir cómo las vibras negativas se dirigen hacía uno, pero eso a veces termina a uno par amargarle el café, y el café ya bastante amargo es. Sin embargo, llegado el momento, entran ganas de sentarse con una taza de café a sospesar el universo y sus extravagancias, me veo otra vez en este mismo lugar, porque no hay ningún otro de este estilo al que ir por donde vivo. Y no se me ocurre ir a la competencia, no sólo por mi repentino patriotismo (el cual en realidad no tengo), sino porque ahí, el faranduleo es más pesado, más evidente y hay más adolescentes bulliciosos que sólo asustan porque desde ya se ve que no se cuestionan ni se cuestionarán nada de lo que los rodea. Generalizé. Pido disculpas. Pero estos adolescentes son algo que temer, como el calentamiento global, la contaminación, la extinción de las especies, las arañas, etc.

Caigo en mi propia trampa. Termino generalizando, termino peleada con el domingo y termino yendo al mismo café, al que va la misma gente a ver y ser vista. Me pregunto si los voyeurs ahí me ven como los veo yo a ellos y piensan lo mismo de mí. Seguramente sí, porque pensarán que si alguien va ahí es por ese único propósito, por mucho que el mío sea sólo salir por un café. Admito que a veces me las tomo con Quito y hoy es un día de esos. No es tan malo como lo hago parecer. A veces el domingo me coge desprevenida y se convierte en un Nathalie contra el universo, o el universo contra Nathalie. Pero mis divagaciones no nacen de mi malhumor, sino de la observación antropológica de este mundillo en el que vivo. Intento ser imparcial y objetiva, pero ya vieron, a veces caigo en mi propia trampa.

El viento se enfría más y los dos bichajos decidimos que es hora de irse. El café estuvo bueno, la compañia también. Papá terminó de leer sus cómics y yo escribí algo. La gente sigue ahí. Salen unos, entran otros y la vida sigue.

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8 thoughts on “Dos bichos raros (o un domingo de malhumor)

  1. Que tal la milhoja? Me gusta la de maracuya:)
    Me gusto mucho la reflexión, sigue analisando Madre, pero sigue compartiendo con los lectores…
    Besos y abrazos

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    • hijo, gracias oye! no sabía que me leías. Siempre hace ilusión saber que una tiene lectores. Yo siempre comparto, pero lo lanzo así nomás al universo a ver si alguien lee. Gracais otra vez. Un saludito

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  2. Hola Natalie, deja los suburbios !! Yo tenía mi oficina en ese lugar cumbayamense hasta hace un año, estuve allí durante unos tres años y sentía lo mismo que tu describes en tu relato.

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  3. Me gustó pensar en la etimología de la palabra “inquisidora” (que calza perfectamente en este contexto. Mas que el “mirar y ser mirado” es el “juzgar y ser juzgado” jajaja. muy buena Nath… y felicitaciones por ese trabajo. No sabía! abrazos

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