Ayer domingo: Homo Plastilinus Asquerosus.

Es domingo, y al ser domingo y sin haber realizado ningún tipo de actividad, usualmente me gusta hacer honor a la Shakira cantautora que en su inicios como poeta escribió una canción en plan confesión en la que admitía que no se bañaba los domingos. Hoy hice una excepción, que en realidad hago con frecuencia (por lo tanto no es una excepción) porque no hay nada más rico que ducharse todos los días. Los que tenemos el privilegio del agua corriente, y además, agua caliente, podemos aprovechar esto. Pero cuando me encuentro en ánimos literarios me gusta crear mi personaje como uno de esos que tienen  manías que los hacen más complejos a la vez que interesantes (aunque podría estar creando el efecto totalmente contrario), y actúo como si la ducha de los domingos fuera algo ocasional y ajeno a mis pensamientos hippies y tragicómicos. Una vez se lo conté a un amigo y desde entonces me cree un ser medio sucio, medio gracioso, cuando mi intención era crear la ilusón de que la mía es una existencia poética.

Hoy domingo me duché porque no podía más con mi persona. Todo el ambiente estaba espeso y yo me estaba espesando con él cual masa grumosa. He sido una plastilina que se ha arrastrado en pijama todo el día. Homo Plastilinus Asquerosus. Sí. Hoy me sentía totalmente asquerosa. De esos días en los que no hay fuerzas para vestirse, arreglar el cuarto, hacer algo medianamente útil. Un duchazo me pareció una buena manera de espabilar.

Mi mano derecha está en arreglos temporales y tiene un letrero de “Disculpe las molestias, estamos trabajando para usted”. Cómo esta es una operación por la que he pasado antes, he vuelto a recordar que mi mano izquierda no era del todo una inútil. Más bien está siendo más funcional de lo que esperaba. Pero aún así hay cosas que sin las dos manos es muy díficil hacerlas. Por ejemplo ducharse. Después de pasar por el proceso de cubrir la mano enyesada con dos bolsas plásticas, rodeando antes el brazo con una toalla para evitar se filtre el agua y amarrándolo todo con una liguita, hay que proceder a ponerse el shampoo, enjabonarse y demás acciones duchísticas.

Lo que pasó es que me puse medio tarro de shampoo porque me lo puse directo en la cabeza y no sentía si estaba cayendo algo o no. Un lado del cuerpo es fácil enjabonarlo, otras partes son inaccesibles sin la mano derecha.  Lavarse los dientes es otra cuestión. Tengo que ponerme la pasta directo en la boca. Todo muy rudimentario. Comer con la izquierda y pedirle a mi madre que me empuje la comida con su cuchillo a mi tenedor (porque the next best thing es comer como perrito). Amarrarse el pelo es imposible, aunque ayer logré hacerme un medio nudo con un gancho. Vestirse es difícil. A veces la camiseta se queda a medio camino porque no pasa del yeso. Doblar la ropa. Ponerse crema en el brazo izquierdo. Es toda una situación pateticograciosa.

Eso fue mi domingo. Un arrastar mi existencia por toda la casa, rodeada de una nebulosa infranqueable y dejando rastros de mi masa grumosa por toda la escalera, cual Jabba the Nath.

Canción con la que me iba arrastrando ayer: Blondie – One way or another

Jabba the Nath (disculpen el dibujo con la mano izquierda)

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