Sunrise

I saw the sunrise the other morning. It was lilac and silent. Some shy, greyish, clouds passed about lazily and a bed of milky fog covered the valley. Suddenly, without warning, a sunbeam coming from behind the mountains hit me directly in the eyes. I flinched. The strength of the light was blinding. I wanted to keep my eyes open but couldn’t. I looked away, to the firmament. The stars were no longer there. The purple haze turned bluish, the grey turned orange. The light flooded the sky. It felt warm on my face. I opened the window and the freshest wind came in, uninvited. The first rays of sun, and the first air currents of the morning came and went in a second. I lingered in their memory. Nostalgia. Why didn’t they last longer? Why didn’t they give me the chance to soak in their beauty? I barely felt the day’s coming to existence with my fingertips. The morning mist faded away and I was only left with its memory. The sweetness. How delicious the moment, that second of birth, of painful beauty, of unstoppable change. I guess if it lasted longer it wouldn’t be appreciated. Maybe, only what’s caducous is precious. Only what’s finite can be beautiful. How fortunate that cosmic coincidence that made life possible on this “speck of dust floating on a sunbeam”. How lucky the eyes that are able to the admire beauty’s ephemerality and fragility. How out of our power everything is. No matter how careful we are with the crystal ball that we hold in our hands with such grip and fear, it will inevitably fall and break into a million unmendable pieces. But fret not. Not all is lost. We saw the day being born. We heard its first cry and were caressed by its gentleness. How immeasurably fortunate are we?

The sky quickly turned light blue, the city woke up. The sunrise lasted but a second. What a bittersweet second that was.

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Breve comentario sobre el frío, el viento y los opuestos 

El río corre más caudaloso esta noche. Hace no pocos minutos una deliciosa tarde verdegris trajo consigo tal vez los últimos resagos de las lluvias de invierno. Los meses anteriores el frío se posó sobre la ciudad como si se tratara de una pesada sabana que se había perdido en el viento, pero un buen día fue abandonada por la corriente y cayó víctima de la inevitable gravedad. Estos días el implacable sol ha decidido recuperar su reino sobre las montañas. Las mañanas amanecen pintadas de amarillo y azul. Veo la luz con nostalgia, porque no me significa nada sin su opuesto. Amo la luz, pero no la puedo tocar. En cambio, ya me he parado en el filo de la oscuridad y a regañadientes nos hemos hecho amigos. Hace unos 10 años, o tal vez más, un vendaval ladrón llegó y en un instante de ingenuidad, se llevó mi corazón. Lejos de aquí. Lejos de mí. Mi pecho vacío desde entonces se hipnotiza con la llegada del helado viento y reclama lo suyo. Siempre fui enamoradiza y no me arrepiento. 

La casa está vacía. Dejé la ventana abierta. No la cierres, me gusta el frío.

Intensidad

Con qué facilidad soñaba antes. Ponía un CD de música clásica, me echaba en la cama viendo al vacío, y mi mente flotaba hacia prados de trigo y cebada. No sé de dónde provenían los prados, no eran un evento recurrente de mi pasado. Hasta ese momento solo una vez me había visto corriendo en un campo, escondiéndome de mi mejor amigo y a quien con nueve años ya secretamente amaba. Tal vez era el efecto de las imágenes de películas románticas donde los personajes melancólicos divagaban por colinas cubiertas de trigo seco, sumidos en la intensidad de sus emociones.

Ahí me encontraba yo, de 14 o 15 años, caminando en prados bañados por un sol de media tarde, sintiendo las espigas con las puntas de los dedos, y dejando que el viento enrede mi pelo y acaricie mi cara con su helada mano. La profundidad de los sentimientos era tanta, ahí acostada sobre el suave edredón de mi cama adolescente, que se convertía en física la presión sobre mi pecho. Ese sueño tejido ingenuamente sobre la serenata para cuerdas en E Mayor, Op. 22, B. 52: II. Tempo di valse de Dvorak, se diluía con la realidad. La insoportablemente deliciosa nostalgia que nacía de este cruce de mundos era tan dolorosa como placentera. Echo muchísimo de menos echarme en mi cama de niña que ya no era niña, ver a la nada (todo), fundirme con la música, y sentir con toda mi sangre exaltada, la inaguantable dicha de volar por paisajes inexistentes. Las palabras se quedan cortas en comparación a la fuerza con la que sentían (¿sienten aún?) mis átomos.

Pienso en ello y lloro. Sin embargo, siempre fui de lágrima fácil.

The purpose of a flower

Do flowers become trees?
They shall fail.
The forest expects trees.
The flower has failed already
It’s younger self
It’s childhood dreams
It’s vision of a golden trunk,
with golden leaves.

Can a flower but stare?
There is a window
Not its window
Rather the eyes that see through it
And what it sees through it
And how it sees it all
And how no one else sees it like it does
And what it makes of what it sees.
It shall take comfort in that.

Does it do it to herself?
It does.
The flower is also the weed
The dryness
The dark
The chain
The scissor
The broken porcelain vase
The aimless arrow.

Is there a point to a flower?
To be born against all odds
To bloom.
To love the wind
To light up the garden
To feed the bees and butterflies
To wither in the blink of an eye
To survive the frost
To die overnight.

Shall it bloom in the darkness?
The void expands.
There is no garden
There is no rain
There’s too much rain
It’s cold in the shade
It burns in the sun.

Where will it live?
Let it live in a tree house
In a leaf
In a sunbeam
In a cloud
In a moor
In the abyss
By Orion’s Nebulae

Can a flower but be?
Bloom, flower.
Time is unrelenting
The forest will not wait
Bloom
Before you wither.

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Illustration by Edith Rewa

Un momento lavanda

Tengo tanto miedo que bien podría ser religiosa. Qué más personifica el miedo que la religión. Miedo a saber, miedo a no saber, a crecer, a sentarse junto al abismo, a ver la oscuridad, a saberse humano, limitado, quebradizo cual hoja seca, caduco. ¡Dios! Personaje de libro, ¿estás ahí? A veces envidio a los que creen en ti, que tienen el consuelo, el perdón y la respuesta en la punta de los dedos, sin siquiera tener que buscar, sin tener qué pensar en lo que dicen o hacen, sin tener que preocuparse por vivir cada día, cada segundo, con la intensidad más apabullante que pueda salir de sus poros. Ir por la vida esperando la muerte. Qué alivio y qué desperdicio.

Un día me cansé de aprender, de preguntar y de entender las maneras del mundo. No soporté ver la facilidad con la que se hiere, la facilidad con la que se actúa con maldad, la dificultad de las relaciones humanas, la incomprensión de la soledad. Todo me resultó intolerable y de pronto, en una milésima de segundo, algo se rompió en mi cabeza (¿corazón?). Tal vez dejé de ser niña. Desde ese momento mis días son sólo una sucesión de intentos fallidos de volver a la inocencia. Tal vez aterricé en el planeta. Siento un mareo incontrolable mientras escribo estas palabras. El teclado se mueve, cada letra cobra vida y se acerca a mis ojos con enojo y pereza. Junto a mí la taza de café vacía inunda con su aroma mi escritorio y mi pensamiento. Estoy despierta y muerta a la vez. Mareada, el hombro izquierdo tenso, el cerebro a mil por hora. STOP! Rewind? No, motherfucker! You oughta suck it just like everyone else. Be happy, you lucky bastard!

Estoy en una película. En el fondo suena Nat King Cole, uno de mis amores imposibles, mi acompañante sensible, el que sabe dar la mano y ver a los ojos e hipnotizarte hasta que dejas de tener control sobre tu cuerpo. Supera mi comprensión cómo hay canciones que ahogan tanto los sentidos que uno se pierde en ellas. Conciencia, sentimientos, ideas, todo se desdibuja, humo en el aire. El dolor y el placer se suceden en igual medida, se anulan, se aman, se odian, anudan la garganta, abrazan el corazón, pegan una patada en las costillas. Qué difícil explicar con palabras lo que se siente con el estómago.

Voy a decir la verdad, ya que mentir nunca le ha hecho bien a nadie, y peor al dueño de la mentira. Mientras escribo esto lloro un poco, pero eso es bueno. Desde hace años el llorar era para mí algo exclusivo del dolor extremo. Una receta del doctor me impedía llorar o sentir euforia. Fue un salvavidas momentáneo o mejor dicho, un barco en un mar sin olas. No puedo negar que descansé hasta el punto de la idiotez. Pero este estado idiota debe terminar. Agradezco las lágrimas y el desasosiego. Agradezco la rabia y la impotencia. Agradezco todo en mi vida. No puedo tener más suerte de estar viva ahora, en este lugar, en este momento, en esta familia, en este planeta.

There mere idea of you, the longing here for you. You never know how slow the moments go till I am near to you. I see your face in every flower. Your eyes and stars above. It’s just the thought of you. the very thought of you my love.

Afuera el mundo  se viste de una tonalidad lavanda. Imparcial. Indiferente. Adolorido. Yo lo observo. Sólo eso. Sólo observo. Sola observo. Mi egoísmo me va a destruir.

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Técnica de vuelo*

PARTE 3

Después de aquel primer encuentro con la ingravidez no volví a ser la misma. Se materializó la urgencia con que sentía las ganas de vivir. Se convirtió en un romance incontrolable, furioso e imprescindible. Desde entonces, el deseo del rencuentro con el firmamento me vuelve ajena, me distrae de lo que sucede a ras de suelo, me deja noqueada. Me identifico con la música del viento, el abrazo helado de la atmósfera que congela mis manos y pies hasta el punto del dolor absoluto, el silencio de lo cuasi-sideral, la armonía de la soledad, la belleza de lo esencial, el espacio infinito, la luz y el vacío en el que me lleno, lleno, me llena.

Sin embargo, antes de dejarme llevar por completo por la emoción, debo hablar del aterrizaje. A diferencia de lo que se pueda pensar, no es algo técnico ni peligroso, si es que uno ha sabido controlar su velocidad y altura. Tan sólo hay que poner el cuerpo en posición vertical y dejar que este se pose suavemente sobre la tierra. Al principio pueden haber caídas, torceduras de pie, raspones con objetos extraños que se escapan del rango visual, pero la práctica hace al maestro, dicen, y creo que sin mayor dificultad, uno puede volverse hábil en esta actividad del despegue-vuelo-aterrizaje y aplicarla a la vida diaria como mejor le venga.

Por ejemplo, yo usualmente vuelo cuando quiero huir de una situación incómoda, cuando quiero pensar o cuando el hecho de volar puede ser de utilidad para salvar a la ciudad de un robot asesino gigante. Eso pasó una sola vez y como iban a televisar el evento me pusieron un mini capa de súper héroe de cómic. Fue un disfraz ridículo y lo odié apenas me lo puse. No sé porqué me dejé convencer de usarlo. Tal vez porque era más apremiante intentar salvar a la ciudad y no había tiempo para discutir. Aunque debo admitir que me pudo la vanidad y me fui a una peluquería itinerante a que me aplicaran un poco de maquillaje y me peinaran. Era gracioso que ante la gravedad de la situación, la ciudad había tenido tiempo de organizar la cobertura mediática de la batalla, y que los ciudadanos se habían reunido para observar, cual partido de fútbol, lo que podía potencialmente ser el final de sus días. Ahí, entre las carpas de los medios de comunicación, los foodtrucks y los baños portátiles, encontré una vagón que hacía las veces de peluquería. Le pedí a la peluquera que me hiciera un look natural, pero que me alejara de mi cotidianeidad esperpéntica. No creo que paré en la peluquería porque no sintiera la urgencia de la situación, sino porque tenía miedo de enfrentarme al robot y estaba dilatando un poco los minutos.

En fin. En otras ocasiones he decidido volar cuando estoy triste o enojada, y usualmente el volar me alegra inmediatamente. Si algo puede ayudar a revertir los efectos de una depresión permanente o temporal, es volar. No sé si así como la técnica, los efectos del vuelo sean los mismos para todos, pero tampoco creo que le haga mal a nadie.

Mejor ya no sigo. Podría alargarme incluso más sobre este tema que finalmente no fue tan breve como había prometido, pero espero haber podido compartir algo de utilidad o haber invitado a alguien a buscar en sí mismo la habilidad de volar. Despegar los pies de la tierra, aunque sea brevemente, ya es terapia suficiente.

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*Sin ayuda artificial

Técnica de vuelo*

PARTE 2

Recuerdo cuando descubrí que podía volar. Fue una reacción que nació del miedo y la necesidad. Desde entonces nunca he dejado de hacerlo, aunque ahora lo hago por placer. La primera vez que volé me perseguía un grupo enfurecido de aldeanos. Debía ser el año 1500 y el mundo se veía en blanco y negro. Los aldeanos llevaban rastrillos, picos, hachas y fuego, que era lo único que brillaba con un color naranja tan colérico como sus portadores. Yo corría por una calzada de piedra, intentando ocultarme entre las casas, hasta que encontré una granja con la puerta abierta y entré para esconderme. Me oculté tras unos muebles viejos, pero enseguida oí entrar a los campesinos.

Salí corriendo nuevamente y me vieron. Me gritaban y acusaban de bruja. Yo no entendía porqué, si nunca había hecho algo que pudiera ser interpretado como brujería. Estaban cada vez más cerca y sentí que la muerte era inminente. De pronto vi hacía arriba y noté que faltaba un gran pedazo en el techo de la granja. Salté para alcanzarlo y sin darme cuenta no volví a caer al piso, sino que seguí elevándome, aunque a una velocidad tan lenta que los aldeanos ya me tocaban los pies. El momento que me volteé para ver cuán cerca estaban, vi que la muchedumbre se alejaba de mi vista rápidamente y que me elevaba cada vez más alto y más deprisa.

Ahí descubrí tres cosas. Una: que, en efecto, era bruja y nunca lo había sabido. ¿Cómo más podía explicarse que pudiera volar? Dos: que podía volar. Y tres: que si me ponía de espaldas al horizonte, o sea de espaldas hacía donde me dirigía, podía ir mucho más rápido y ganar mayor altitud. Qué alivio sentí mientras veía como el fuego que anunciaba mi muerte se hacía más chiquito y las casas del pueblo se convertían en motas de polvo.

Fue extraño darme cuenta que los aldeanos supieran antes que yo sobre mi condición de bruja. Sin embargo, no me sentí avergonzada o asustada cuando lo supe, sino feliz, y más aún cuando sentí el viento helado en mis ojos y mejillas. ¡Me iban a quemar viva! ¿Cómo puede la gente hacerle eso a otro ser humano? El miedo a lo desconocido nos acerca con extrema facilidad al animal que somos, aunque incluso los animales se dan la oportunidad de oler algo e investigarlo antes de atacarlo.

Desde esa ocasión, volar ha sido una de mis actividades favoritas. A veces el ánimo no me permite mantener un vuelo y altura constante, tan sólo consigo realizar saltos muy altos. Tan altos que puedo atravesar grandes espacios de un solo impulso. No está tan mal. El resto de veces suelo poder volar con normalidad. Me encanta el poder escapar de la ciudad, sobrevolar carros, edificios y gente, ver cómo se hacen cada vez más chiquitos. Me encanta ver los rostros anonadados de los incrédulos y a veces incluso me sorprendo de alguno que me ve volando y se mantiene impávido.

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*sin ayuda artificial