Intensidad

Con qué facilidad soñaba antes. Ponía un CD de música clásica, me echaba en la cama viendo al vacío, y mi mente flotaba hacia prados de trigo y cebada. No sé de dónde provenían los prados, no eran un evento recurrente de mi pasado. Hasta ese momento solo una vez me había visto corriendo en un campo, escondiéndome de mi mejor amigo y a quien con nueve años ya secretamente amaba. Tal vez era el efecto de las imágenes de películas románticas donde los personajes melancólicos divagaban por colinas cubiertas de trigo seco, sumidos en la intensidad de sus emociones.

Ahí me encontraba yo, de 14 o 15 años, caminando en prados bañados por un sol de media tarde, sintiendo las espigas con las puntas de los dedos, y dejando que el viento enrede mi pelo y acaricie mi cara con su helada mano. La profundidad de los sentimientos era tanta, ahí acostada sobre el suave edredón de mi cama adolescente, que se convertía en física la presión sobre mi pecho. Ese sueño tejido ingenuamente sobre la serenata para cuerdas en E Mayor, Op. 22, B. 52: II. Tempo di valse de Dvorak, se diluía con la realidad. La insoportablemente deliciosa nostalgia que nacía de este cruce de mundos era tan dolorosa como placentera. Echo muchísimo de menos echarme en mi cama de niña que ya no era niña, ver a la nada (todo), fundirme con la música, y sentir con toda mi sangre exaltada, la inaguantable dicha de volar por paisajes inexistentes. Las palabras se quedan cortas en comparación a la fuerza con la que sentían (¿sienten aún?) mis átomos.

Pienso en ello y lloro. Sin embargo, siempre fui de lágrima fácil.

The purpose of a flower

Do flowers become trees?
They shall fail.
The forest expects trees.
The flower has failed already
It’s younger self
It’s childhood dreams
It’s vision of a golden trunk,
with golden leaves.

Can a flower but stare?
There is a window
Not its window
Rather the eyes that see through it
And what it sees through it
And how it sees it all
And how no one else sees it like it does
And what it makes of what it sees.
It shall take comfort in that.

Does it do it to herself?
It does.
The flower is also the weed
The dryness
The dark
The chain
The scissor
The broken porcelain vase
The aimless arrow.

Is there a point to a flower?
To be born against all odds
To bloom.
To love the wind
To light up the garden
To feed the bees and butterflies
To wither in the blink of an eye
To survive the frost
To die overnight.

Shall it bloom in the darkness?
The void expands.
There is no garden
There is no rain
There’s too much rain
It’s cold in the shade
It burns in the sun.

Where will it live?
Let it live in a tree house
In a leaf
In a sunbeam
In a cloud
In a moor
In the abyss
By Orion’s Nebulae

Can a flower but be?
Bloom, flower.
Time is unrelenting
The forest will not wait
Bloom
Before you wither.

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Illustration by Edith Rewa

Un momento lavanda

Tengo tanto miedo que bien podría ser religiosa. Qué más personifica el miedo que la religión. Miedo a saber, miedo a no saber, a crecer, a sentarse junto al abismo, a ver la oscuridad, a saberse humano, limitado, quebradizo cual hoja seca, caduco. ¡Dios! Personaje de libro, ¿estás ahí? A veces envidio a los que creen en ti, que tienen el consuelo, el perdón y la respuesta en la punta de los dedos, sin siquiera tener que buscar, sin tener qué pensar en lo que dicen o hacen, sin tener que preocuparse por vivir cada día, cada segundo, con la intensidad más apabullante que pueda salir de sus poros. Ir por la vida esperando la muerte. Qué alivio y qué desperdicio.

Un día me cansé de aprender, de preguntar y de entender las maneras del mundo. No soporté ver la facilidad con la que se hiere, la facilidad con la que se actúa con maldad, la dificultad de las relaciones humanas, la incomprensión de la soledad. Todo me resultó intolerable y de pronto, en una milésima de segundo, algo se rompió en mi cabeza (¿corazón?). Tal vez dejé de ser niña. Desde ese momento mis días son sólo una sucesión de intentos fallidos de volver a la inocencia. Tal vez aterricé en el planeta. Siento un mareo incontrolable mientras escribo estas palabras. El teclado se mueve, cada letra cobra vida y se acerca a mis ojos con enojo y pereza. Junto a mí la taza de café vacía inunda con su aroma mi escritorio y mi pensamiento. Estoy despierta y muerta a la vez. Mareada, el hombro izquierdo tenso, el cerebro a mil por hora. STOP! Rewind? No, motherfucker! You oughta suck it just like everyone else. Be happy, you lucky bastard!

Estoy en una película. En el fondo suena Nat King Cole, uno de mis amores imposibles, mi acompañante sensible, el que sabe dar la mano y ver a los ojos e hipnotizarte hasta que dejas de tener control sobre tu cuerpo. Supera mi comprensión cómo hay canciones que ahogan tanto los sentidos que uno se pierde en ellas. Conciencia, sentimientos, ideas, todo se desdibuja, humo en el aire. El dolor y el placer se suceden en igual medida, se anulan, se aman, se odian, anudan la garganta, abrazan el corazón, pegan una patada en las costillas. Qué difícil explicar con palabras lo que se siente con el estómago.

Voy a decir la verdad, ya que mentir nunca le ha hecho bien a nadie, y peor al dueño de la mentira. Mientras escribo esto lloro un poco, pero eso es bueno. Desde hace años el llorar era para mí algo exclusivo del dolor extremo. Una receta del doctor me impedía llorar o sentir euforia. Fue un salvavidas momentáneo o mejor dicho, un barco en un mar sin olas. No puedo negar que descansé hasta el punto de la idiotez. Pero este estado idiota debe terminar. Agradezco las lágrimas y el desasosiego. Agradezco la rabia y la impotencia. Agradezco todo en mi vida. No puedo tener más suerte de estar viva ahora, en este lugar, en este momento, en esta familia, en este planeta.

There mere idea of you, the longing here for you. You never know how slow the moments go till I am near to you. I see your face in every flower. Your eyes and stars above. It’s just the thought of you. the very thought of you my love.

Afuera el mundo  se viste de una tonalidad lavanda. Imparcial. Indiferente. Adolorido. Yo lo observo. Sólo eso. Sólo observo. Sola observo. Mi egoísmo me va a destruir.

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Técnica de vuelo*

PARTE 3

Después de aquel primer encuentro con la ingravidez no volví a ser la misma. Se materializó la urgencia con que sentía las ganas de vivir. Se convirtió en un romance incontrolable, furioso e imprescindible. Desde entonces, el deseo del rencuentro con el firmamento me vuelve ajena, me distrae de lo que sucede a ras de suelo, me deja noqueada. Me identifico con la música del viento, el abrazo helado de la atmósfera que congela mis manos y pies hasta el punto del dolor absoluto, el silencio de lo cuasi-sideral, la armonía de la soledad, la belleza de lo esencial, el espacio infinito, la luz y el vacío en el que me lleno, lleno, me llena.

Sin embargo, antes de dejarme llevar por completo por la emoción, debo hablar del aterrizaje. A diferencia de lo que se pueda pensar, no es algo técnico ni peligroso, si es que uno ha sabido controlar su velocidad y altura. Tan sólo hay que poner el cuerpo en posición vertical y dejar que este se pose suavemente sobre la tierra. Al principio pueden haber caídas, torceduras de pie, raspones con objetos extraños que se escapan del rango visual, pero la práctica hace al maestro, dicen, y creo que sin mayor dificultad, uno puede volverse hábil en esta actividad del despegue-vuelo-aterrizaje y aplicarla a la vida diaria como mejor le venga.

Por ejemplo, yo usualmente vuelo cuando quiero huir de una situación incómoda, cuando quiero pensar o cuando el hecho de volar puede ser de utilidad para salvar a la ciudad de un robot asesino gigante. Eso pasó una sola vez y como iban a televisar el evento me pusieron un mini capa de súper héroe de cómic. Fue un disfraz ridículo y lo odié apenas me lo puse. No sé porqué me dejé convencer de usarlo. Tal vez porque era más apremiante intentar salvar a la ciudad y no había tiempo para discutir. Aunque debo admitir que me pudo la vanidad y me fui a una peluquería itinerante a que me aplicaran un poco de maquillaje y me peinaran. Era gracioso que ante la gravedad de la situación, la ciudad había tenido tiempo de organizar la cobertura mediática de la batalla, y que los ciudadanos se habían reunido para observar, cual partido de fútbol, lo que podía potencialmente ser el final de sus días. Ahí, entre las carpas de los medios de comunicación, los foodtrucks y los baños portátiles, encontré una vagón que hacía las veces de peluquería. Le pedí a la peluquera que me hiciera un look natural, pero que me alejara de mi cotidianeidad esperpéntica. No creo que paré en la peluquería porque no sintiera la urgencia de la situación, sino porque tenía miedo de enfrentarme al robot y estaba dilatando un poco los minutos.

En fin. En otras ocasiones he decidido volar cuando estoy triste o enojada, y usualmente el volar me alegra inmediatamente. Si algo puede ayudar a revertir los efectos de una depresión permanente o temporal, es volar. No sé si así como la técnica, los efectos del vuelo sean los mismos para todos, pero tampoco creo que le haga mal a nadie.

Mejor ya no sigo. Podría alargarme incluso más sobre este tema que finalmente no fue tan breve como había prometido, pero espero haber podido compartir algo de utilidad o haber invitado a alguien a buscar en sí mismo la habilidad de volar. Despegar los pies de la tierra, aunque sea brevemente, ya es terapia suficiente.

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*Sin ayuda artificial

Técnica de vuelo*

PARTE 2

Recuerdo cuando descubrí que podía volar. Fue una reacción que nació del miedo y la necesidad. Desde entonces nunca he dejado de hacerlo, aunque ahora lo hago por placer. La primera vez que volé me perseguía un grupo enfurecido de aldeanos. Debía ser el año 1500 y el mundo se veía en blanco y negro. Los aldeanos llevaban rastrillos, picos, hachas y fuego, que era lo único que brillaba con un color naranja tan colérico como sus portadores. Yo corría por una calzada de piedra, intentando ocultarme entre las casas, hasta que encontré una granja con la puerta abierta y entré para esconderme. Me oculté tras unos muebles viejos, pero enseguida oí entrar a los campesinos.

Salí corriendo nuevamente y me vieron. Me gritaban y acusaban de bruja. Yo no entendía porqué, si nunca había hecho algo que pudiera ser interpretado como brujería. Estaban cada vez más cerca y sentí que la muerte era inminente. De pronto vi hacía arriba y noté que faltaba un gran pedazo en el techo de la granja. Salté para alcanzarlo y sin darme cuenta no volví a caer al piso, sino que seguí elevándome, aunque a una velocidad tan lenta que los aldeanos ya me tocaban los pies. El momento que me volteé para ver cuán cerca estaban, vi que la muchedumbre se alejaba de mi vista rápidamente y que me elevaba cada vez más alto y más deprisa.

Ahí descubrí tres cosas. Una: que, en efecto, era bruja y nunca lo había sabido. ¿Cómo más podía explicarse que pudiera volar? Dos: que podía volar. Y tres: que si me ponía de espaldas al horizonte, o sea de espaldas hacía donde me dirigía, podía ir mucho más rápido y ganar mayor altitud. Qué alivio sentí mientras veía como el fuego que anunciaba mi muerte se hacía más chiquito y las casas del pueblo se convertían en motas de polvo.

Fue extraño darme cuenta que los aldeanos supieran antes que yo sobre mi condición de bruja. Sin embargo, no me sentí avergonzada o asustada cuando lo supe, sino feliz, y más aún cuando sentí el viento helado en mis ojos y mejillas. ¡Me iban a quemar viva! ¿Cómo puede la gente hacerle eso a otro ser humano? El miedo a lo desconocido nos acerca con extrema facilidad al animal que somos, aunque incluso los animales se dan la oportunidad de oler algo e investigarlo antes de atacarlo.

Desde esa ocasión, volar ha sido una de mis actividades favoritas. A veces el ánimo no me permite mantener un vuelo y altura constante, tan sólo consigo realizar saltos muy altos. Tan altos que puedo atravesar grandes espacios de un solo impulso. No está tan mal. El resto de veces suelo poder volar con normalidad. Me encanta el poder escapar de la ciudad, sobrevolar carros, edificios y gente, ver cómo se hacen cada vez más chiquitos. Me encanta ver los rostros anonadados de los incrédulos y a veces incluso me sorprendo de alguno que me ve volando y se mantiene impávido.

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*sin ayuda artificial

Técnica de vuelo*

PARTE 1

A través de los años he podido perfeccionar mi técnica de vuelo y experimentar con ella. Esta explicación se basa en mi experiencia personal y no es necesariamente aplicable a cualquier persona, sin embargo tal vez partes de ella se pueden poner en práctica y luego acoplarse al estilo propio. No llevo mucho tiempo volando, tal vez unos 7 u 8 años, lo cual es poco si uno considera lo rápido que pasa el tiempo. Durante esta etapa no he visto volar a muchas otras personas, sólo lo vi un par de veces. Tampoco sé si es una habilidad que todos tenemos, o que no se nos ha ocurrido que podemos tener. En todo caso, por lo pronto sola en el cielo me siento bien acompañada.

A continuación relataré paso a paso mi técnica de vuelo y de esta forma intentaré compartir, lo mas escuetamente, este pequeño pedazo de conocimiento. Esto es algo que me encanta hacer y me emociona finalmente atreverme a compartirlo.

En primer lugar, para alzar el vuelo lo más importante es coger impulso. Tomo un poco de viada, no mucho, de cinco a diez metros bastan, y salto como si tuviera la intención de llegar a lo más alto que mis piernas pudieran. En ese momento, cuando los pies se despegan levemente del suelo, es cuando hay que aprovechar. Si no se actúa rápido, el proceso deberá ser repetido hasta cogerle el tino al momento exacto entre el salto y el despegue. Es un mili segundo y la manera de identificarlo es prestando atención al cuerpo. Éste se desconecta de la gravedad tan sólo ese instante, para reconectarse a ella inmediatamente después. Ese instante eres dueño de tu peso. Nada te amarra. La liviandad es palpable. Presta atención y fucking cease it!

Continúo. Para adquirir más altura recurro rápidamente al estilo de nado conocido como “sapito”. Creo que en alguna ocasión puse en práctica otro estilo, pero este es el que primero se me viene a la mente. Puede verse gracioso en un principio, pero qué más da, un par de impulsos bastan para empezar a elevarse. Después de haber conseguido cierta altura, pego los brazos al torso y junto las piernas. Esa posición recta y estirada es la más cómoda para mantener una velocidad de vuelo cómoda. Yo personalmente no extiendo un solo brazo mientras vuelo, ese estilo Superman no es lo mío. Si quiero ganar más altura dirijo el cuerpo hacía el cielo, y si quiero descender lo dirijo al suelo. Física básica.

Los objetos tienen comportamientos diferentes con respecto a la gravedad según su conformación física. La reacción natural de un cuerpo debería ser la de caer de nuevo al piso cual saco de papas, pero algo sucede el momento en que alza el vuelo y la gravedad se vuelve controlable (¿o deja de existir?). Debo recalcar que no por eso hay que confiarse. Una distracción o disminución súbita de velocidad puede ocasionar un descenso repentino y difícil de controlar. Un pequeño truco para mantener el vuelo es sostener una velocidad constante, no dejar de moverse o en este caso volar. No es tan agotador como suena. Después de un buen rato volando el ritmo cardiaco empieza a agitarse, pero es más relajante que correr y no afecta a las articulaciones. En ese sentido se parece más al nado.

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* (sin ayuda artificial)

 

Los edificios

Junto a mi edificio botaron dos casas viejas que llevaban abandonadas mucho tiempo. En realidad no eran tan viejas, seguramente de finales de los setentas. Es posible que esa década para otra persona no signifique antigüedad. Y tal vez tampoco era tanto el tiempo de abandono, calculo que unos diez años o menos. Nunca he sido buena para calcular, aunque sí divido bien la comida. Dicen que eso es señal de que seré una buena madre, quién sabe. En realidad, suelo dividir bien la comida entre los comensales sólo por el temor a quedarme sin alguna de las cosas que hay en ese momento para comer. El origen de este temor lo desconozco y posiblemente no tiene ningún fundamento, o tal vez mi hermano Johann se terminaba las cosas ricas de comer sin pensar si le quedaría o no algo al resto. Pero la división más importante es la que hago para mí misma.

Desde que tenía unos diez años (o tal vez antes, pero recuerdo con claridad ya haber estado haciendo esto a los diez) siempre comí matemáticamente, preocupándome por que cada bocado tuviera un poco de todos los elementos del plato, de tal manera que en la boca todo se mezclara equilibradamente. Sin embargo, este cálculo dependía (depende) a su vez de lo que se encuentre en el plato: nutrientes, sabor, acidez, sal, dulzor, textura, picor, sequedad, humedad y a veces incluso color. Si todos los elementos son igual de ricos, y tras el primer bocado se comprueba que quedan bien juntos, entonces la división en el plato será siempre equitativa. Si hay un elemento más rico que otro, a un sabor demasiado dominante, a veces los elementos se comen por separado, pero de modo que todos se vayan consumiendo en la misma medida. Si hay algo que supera al resto de alimentos en el plato, o sea si algo es ultra delicioso, como se dice académicamente, entonces se deja un mayor número de bocados sólo de eso para el final, para darle un regalo a los sentidos. El objetivo es que todos los elementos se terminen a la vez.

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Por lo menos, ahora que soy pseudo-adulta, ya superé algunos otros hábitos, como el de darle formas geométricas a los sánduches. Sin embargo, hay otros vicios que no creo que superaré y me da lo mismo; como comer la pizza, los tacos y las frutas con cubiertos, y coger la hamburguesa con los pulgares hacía arriba en lugar de hacía abajo.

Lo cierto es que en algún momento fui una matemática hábil y disciplinada, mi mente infantil disfrutaba intentando desentrañar los números y variables. Era satisfactorio poder entender lo aparentemente incomprensible. Pero un buen día de sol o de lluvia, todo terminó cuando en sexto curso un gemelo se cruzó en mi camino, me enamoré y las matemáticas se convirtieron en jeroglíficos indescifrables. Nunca más pude entender algo que no fuera la simple división de la comida en mi plato. Es posible que ese haya sido el momento exacto en el que perdí mi posibilidad de convertirme en la primera astronauta ecuatoriana. Puto, delicioso y miserablemente intenso primer amor de los cojones….

Continúo. Números, tiempos, edades, distancias, espacios, realidad, cantidades y prioridades no caben en mi cabeza. Son hilos de una cometa que el viento quiere llevarse y yo corro tras ella para evitar que se pierda en el espacio sideral. Corro con desesperación, pero de pronto en medio del camino veo un perrito y olvido la urgencia. Cuando alzo la mirada los hilos están lejísimos y debo echar a correr otra vez. Mis colegas humanos tienen varios hilos en la mano y manejan sus cometas con maestría o por lo menos eso aparentan. Uno que otro corre atrás de un hilo, como yo. Nos identificamos, sonreímos en son de camaradería, bajamos la mirada con nostalgia y seguimos corriendo. En el cielo observo cometas parchadas, brillantes, estiradas, arrugadas, unidas con grapas e imperdibles, agujereadas. Algunas cometas se aguantan de una ínfima hebra, otras se sostienen de trozos de hilos amarrados entre sí. ¿Es el humano el que sujeta la cometa o la cometa al humano?

Las casas viejas que botaron junto a mi edificio tenían unos lindos jardines donde vivían varios árboles altos y viejos, y en ellos, muchos pájaros. En su momento, cuando construyeron mi edificio, habrán matado árboles y pájaros, pero mi conciencia infantil me salvó de entender lo que eso significaba. El día que vino el tractor a botar los árboles los observé impotente, pensé en los pajaritos, en los gatitos que se habían adueñado de las casas vacías, en una gran flor roja que se veía enorme incluso desde nuestro quinto piso. Todos desaparecieron en un par de días, en cinco minutos. Golpes secos hicieron vibrar nuestra sólida estructura y llegué realmente a temer que fuera posible que el edificio entero se desmoronara. En realidad llevaba varios días pensando cómo salvar esos árboles y evitar quedar más sumidos en nuestro pequeño mundo de asfalto. Ese día vi llegar el tractor, pensé que quería hacer algo al respecto, pero fui a hacer una siesta y al despertar ya no quedaba ni un árbol en pie. Soy lo que pienso que quiero hacer y no hago.

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Han pasado un par de meses, las bases del nuevo edificio fueron construidas y un gran e inútil reflector se mantiene encendido a lo largo de la noche, a pesar de que no están fundiendo cemento. El reflector ilumina más que la más llena de las lunas, atraviesa las rendijas de las cortinas y es un gran estorbo visual. Como esos nuevos letreros de pantalla LED que he visto en algunos lugares de la ciudad y que no hacen más que cegar el ruidoso silencio de la noche citadina. Luz de interrogatorio.

A modo de rutina recientemente adoptada, todos los días nos acercamos a la ventana del comedor a ver los avances de la construcción. Mis padres se fascinan ante la maravilla que supone la capacidad de construir. Entiendo lo que esto dice del ser humano, pero no puedo evitar disgustarme. Echo de menos los árboles. Echo de menos a mi yo de pequeña jugando en los árboles. Echo de menos la ilusión de la niñez de jugar en los árboles. ¿Qué será de los pajaritos que vivían ahí abajo? ¿Habrán muerto de pena? ¿ Habrán buscado un nuevo hogar? Supongo que la segunda opción, sino, ¿qué sería de nosotros, hijos de Darwin?

Nuevas construcciones rodean nuestra vista. Esqueletos metálicos por cientos, cubriéndose lentamente con sus abrigos de cemento. El espacio se torna encierro, la luz ensombrece, el reflector encandila, pero por suerte, cada mañana el sol amanece por el vitral de oriente y llena, aunque sea por minutos, toda la casa de color.